Columnistas

Polígono: No mover el bote

Los actuales profetas del fin del mundo no andan tan descachalandrados como los de antaño.

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En otra época, todo el que diera un paseo por una ciudad se encontraba tarde o temprano frente a un barbudo de desaseada apariencia, cubierto con un balandrán flotante, montado en unas sandalias desgastadas y gritando a voz en cuello y en una de las tantas lenguas que han berreado las gargantas humanas, que el fin del mundo estaba cerca. Lo que no sabemos es si repugnaba más por su pinta despelotada que por la posibilidad de que su profecía resultara acertada.








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