Esto figurará en los anales de América Latina y podría ser tema de una brillante tesis de licenciatura: después de darle un consejo, el gobernante de una república le dijo al futuro mandamás de otra: “Vea, si usted me hace caso, no tendrá que conformarse con ocupar en el Pequeño Larousse tan solo dos renglones”.
Bien recibido, el consejo fue puesto en práctica, pero nunca se supo si fue así tan solo porque alguien quería ocupar, no dos, sino tres líneas en el famoso diccionario.
Se entiende que consejos, halagos y recriminaciones entre iguales en poder o prestigio sean síntomas de civilización. Sin embargo, otro cantar serán los consejos que van del débil al poderoso, del tonto al sabio, o viceversa.
Por ello, debemos tomar con un grano de sal los versos finales del poema “No os volváis”, de Günter Grass: “No escriba cartas/ que las cartas acaban en el archivo. // Quien escribe cartas// suscribe// lo que de él quedará un día”.
“No escriba” es un consejo cuyo significado dependerá de quién lo dé: un crítico autorizado, un editor ignorante, un escritor fracasado, el gerente de una empresa, un dirigente político o el director de la oficina de censura.
Italo Calvino fue durante cuarenta años lector de planta de la Editorial Eunadi, la más importante en la historia cultural de Italia, y si en uno de sus dictámenes le decía “no escriba” a un aspirante a literato, en alguna ciudad o aldea italiana nacía un exitoso ingeniero, comandante de policía, capitán de navío, conductor de autobús, astrofísico o predicador de plazoleta. Porque ya se sabe, cuando Júpiter habla el buey se calla.
En los corrillos literarios del Valle Central alcanza rango épico una tertulia en la que participaron varios escritores y en la cual, según se ha divulgado, el envanecido autor de unos opúsculos desnutridos levantó la cresta para decir: “No, a mí no me hablen de ese tal Jorge Luis Borges, que ni a premio nobel pudo llegar”.
En la transcripción más conocida de aquel episodio se consigna que uno de los contertulios se sintió incómodo e intentó matizar el dislate con esta réplica: “Bueno, por lo menos tenés que admitir que el argentino Jorge Luis Borges fue algo así como un Lionel Messi de la literatura”. ¿Se percataría el detractor de Borges de que de aquel modo quedó ascendido a juntabolas literario?
El autor es químico.