Fernando Durán Ayanegui
Nos enteran de que los miembros de una comunidad montañesa de Turquía se comunican mediante un dialecto silbado, que consta de unos 250 vocablos y es enseñado en la escuela con tanto éxito como el alcanzado por nosotros con los cursos de inglés. Puede que aquellos campesinos gocen de algún grado de felicidad porque pueden entenderse gracias a un vocabulario reducido, aunque acústicamente muy bello. Para ellos, el imperio de la verdad debe de ser absoluto, dado que nadie lograría mentirle a un pueblo utilizando un léxico tan escaso. Si los políticos de ese lugar no trinan sus discursos, sospechamos que cultivan yucas y las venden anunciándose con silbidos, como los antiguos lecheros.
Nosotros, con otra clase de oídos y obligados a escuchar graznidos de aves de mal agüero, tenemos que envidiar a aquellos turcos de oídos virginales. Ahora bien, de creerles a los exagerados, el español cuenta oficialmente con más de un cuarto de millón de vocablos, sin contar los que inventan cada minuto para seguirnos engañando y para vendernos toda clase de artefactos estupidizantes. Ese dato dejaría en mal predicado la riqueza comunicativa del extraño dialecto turco, pero tenemos entendido que, en algunos programas de televisión en español, los animadores y sus adeptos “consumen” poco más de 300 palabras, de las cuales muchas son interjecciones carentes de significado.
Eso sí, hay que ver con qué facilidad sacralizamos los términos que los políticos tejen en sus ocurrencias aunque con el tiempo lleguen a merecer un lugar en la “galimatolalia” de quienes hablan en lenguas. Tomemos como ejemplo el adjetivo “sostenible”: cada vez que lo escuchamos estamos a punto de persignarnos ante algo que fue inventado por unos políticos europeos que, según colegimos, sabían menos de física que de falsa retórica. Cuando se mencionó por vez primera —en noruego, suponemos— el desarrollo sostenible, las aguas del mar Rojo de la política se abrieron y nadie se detuvo a pensar que, si algo tiene nuestra civilización, es que, como el universo, es totalmente entrópica, es decir, generadora de desorden. Como explicaba recientemente un divulgador catalán, por sencilla que sea toda actividad humana contribuye a dispersar la materia y a degradar la energía. Mayor entropía, más basura, más desorden.