
Es frecuente toparse con algún artículo sobre la importancia que tiene la microbiota intestinal para la prevención y el tratamiento de enfermedades físicas y mentales.
El conjunto de bacterias, levaduras, virus, arqueas y hongos que vive en lo más profundo de nuestro intestino es único en cada persona y empieza a desarrollarse en el momento del parto. Estos seres microscópicos se concentran sobre todo en el colon, último tramo del intestino grueso.
La microbiota intestinal cumple funciones esenciales para la vida: digerir alimentos, apagar o encender determinados genes, fabricar vitaminas, entrenar nuestro sistema inmunitario para que responda adecuadamente a patógenos externos, etc.
Sin embargo, hay una función de la que hasta ahora se habla, y es la influencia en la regulación del estado de ánimo. Por fin, la ciencia da crédito al suceso milenario de que sintamos el miedo, la rabia, la expectación o la felicidad en nuestras vísceras.
El intestino y el cerebro dialogan constantemente por distintas vías. La primera ocurre a través de los sistemas circulatorio y nervioso, gracias a las sustancias que los microbios intestinales liberan a los nervios o al torrente sanguíneo, las cuales llegan hasta estructuras como la amígdala y el hipocampo, en el sistema límbico.
Una de esas sustancias es la serotonina, neurotransmisor implicado en los sentimientos de buen humor y bienestar.
La segunda vía de comunicación es el nervio vago, que funciona como un cable de transmisión entre el encéfalo, la laringe, el corazón, el hígado y los intestinos. La configuración de esta vía nerviosa explica por qué se nos hacen nudos en la garganta, se nos rompe el corazón o se nos inflama el hígado cuando experimentamos una emoción intensa determinada. También podría indicar la presencia de mariposas en el estómago.
La tercera vía se llama popularmente el segundo cerebro, y alude al sistema nervioso entérico, que está conformado por una red de neuronas en forma de malla y células gliales presentes en el tubo digestivo. La microbiota envía señales directas a este sistema, las cuales influyen, entre otras cosas, en la motilidad y las secreciones intestinales.
Para comprender mejor el cosmos intestinal, es útil pensar en la microbiota como una selva tropical exuberante y colorida, poblada de numerosas y diversas especies, que se comunican entre ellas de formas extremadamente complejas. De hecho, la manera común de nombrarla es justamente flora intestinal.
Como en cualquier otro ecosistema, la microbiota debe estar equilibrada, además de ser diversa y resiliente, entre otras cosas porque cada agente del sistema cumple una función clave, y no todos los microbios colaboran con la salud. Algunos en realidad son parásitos intestinales que sobreviven a costa nuestra.
El mapa del tesoro
Como mencioné antes, la microbiota intestinal empieza a desarrollarse en el momento del parto, sobre todo si este es vaginal, ya que el núcleo duro de bacterias lo heredamos de nuestra madre. No obstante, la lactancia materna, la alimentación y el entorno en el que nos desarrollamos incide en la salud del ecosistema microbiano.
En uno de sus números mensuales, National Geographic señala que nuestros intestinos albergan unas 1.200 especies distintas de microorganismos. Esa cantidad puede elevarse hasta los 1.600 en poblaciones con un estilo de vida más tradicional, por ejemplo, en la comunidad amazónica de los indígenas yanomami de Venezuela, quienes hasta hace poco tiempo vivieron aislados del resto del planeta.
Descubrimientos como este llevaron al Centro de Biología Celular Computacional e Integrativa de la Universidad de Trento, en Italia, a poner en marcha la elaboración de un mapa del microbioma humano con muestras fecales y de saliva de distintas poblaciones humanas del planeta.
Estas muestras, representativas además de los distintos estilos de vida, permiten trazar árboles genealógicos microbianos para determinar cuáles familias sobreviven o se extinguen, cómo se emparentan entre ellas y cuáles están relacionadas con el padecimiento o el tratamiento de enfermedades multifactoriales como el cáncer, la obesidad y la depresión crónica, entre muchas otras.
Obtener una fotografía lo más nítida posible de nuestra selva microbiana tiene una utilidad práctica clave para la medicina personalizada. En Europa y Estados Unidos se llevan a cabo los primeros tratamientos basados en trasplantes fecales para combatir infecciones por Clostridium difficile, una bacteria potencialmente mortal y resistente a los antibióticos.
Estos trasplantes contienen microbios vivos específicos, con un efecto positivo comprobado, los cuales provienen de un biobanco de heces de donantes. La transferencia al paciente se hace mediante colonoscopia o por la vía oral a través de cápsulas.
En este caso, los microorganismos intestinales cumplen la misma función que las plantas medicinales.
Microbios altruistas
En el 2024, el Instituto Europeo de Administración de Negocios (Insead), con sede en Francia, concluyó en un estudio que la microbiota intestinal también afecta nuestras decisiones sociales.
El Insead puso en marcha un experimento en el cual los participantes debían repartir una suma de dinero entre todos. Se formaron dos grupos: a uno se le administró un suplemento alimenticio con probióticos, y a otro un placebo.
Luego de varias semanas, el grupo que consumió el suplemento mostró una flora intestinal más equilibrada, así como niveles más altos de tirosina y triptófano en sangre, ambos aminoácidos precursores de la dopamina y la serotonina, respectivamente.
La dopamina y la serotonina se asocian con niveles más bajos de agresividad y mayor presencia de conductas altruistas. Esto permitió al Insead explicar por qué algunos sujetos experimentales se negaron a aceptar más cantidad de dinero cuando claramente les beneficiaba, ya que lo consideraban injusto para el resto del grupo. En psicología, esta conducta se conoce como castigo altruista.
Es probable que nuestra microbiota esté detrás del comportamiento altruista que ha exhibido gran cantidad de costarricenses en sus puestos de trabajo, en los medios de comunicación y en las redes sociales, luego de varios meses de escuchar al presidente de la República y a su equipo justificar, con arrogancia y sorna, la destrucción del bellísimo ecosistema de Gandoca-Manzanillo.
Pese a que nuestro país es un líder mundialmente reconocido en materia ambiental, el equipo de gobierno pasa por alto un pequeño gran detalle: los árboles no se comportan como individuos, sino como un colectivo. Lo que mantiene en pie a todo ecosistema es la fuerza de la unión.
Por eso, cuando escucho a las personas implicadas en esta destrucción justificar lo injustificable siento literalmente una patada en el estómago.
La autora cuenta con 15 años de experiencia internacional en las Naciones Unidas y la Unión Europea. Trabaja como consultora internacional en sostenibilidad aplicada a la industria agroalimentaria.