Columnistas

Peligro nuclear en una esquinita de Bélgica

En mi pequeño país de origen se halla asentado el cuartel militar general de la OTAN

El artículo del 4 del presente “La estrategia nuclear y el fin de la guerra en Ucrania”, escrito por Óscar Arias y Jonathan Granoff sobre Ucrania y la estrategia nuclear, simplemente me dio escalofrío. ¿Conque mi país con algo más de la mitad de Costa Rica (eso sí, con más del doble de su población) puede entrar —por tercera vez— en el ajedrez de las potencias mundiales?

Esa diminuta tierra europea por obra y gracia de la historia, ¿llegará a ser un punto de mira y de destrucción por el neoimperialista ruso? Y nosotros aquí, ¿seguiremos jugando de avestruz? Sin ejército, mejor abramos los ojos.

Idealista belga, en 1963, con un grupo de voluntarios, me tocó ayudar a la construcción de la iglesia al este de mi tierra. Pero a raíz del artículo de marras, me entero de que allí ahora se sitúa una base militar: ya la guerra no requiere tantos humanos, entre soldados y personal auxiliar. Un botoncito basta para desatar una conflagración a gran escala.

¡Madre mía, en mi pañuelito de geografía se aloja el Belgian 10th Tactical Wing, con bombarderos F-16 Fighting Falcons! Pues aparte de otras destrezas pueden disparar bombas nucleares B61. Que son solo 20 cabecitas de esas, me parece harto suficiente. Que Dios nos coja confesados.

Waterloo no evoca solo una estación de metro en Londres, sino el campo de batalla al sur de Bruselas, en Bélgica, donde fue vencido Napoleón en 1815. Ello, en mi minipaís de origen, situado entre Alemania y Francia, ha llevado a un triste privilegio: allí se halla asentado el cuartel militar general de la OTAN, o SHAPE, iniciales de Supreme Headquarters Allied Powers Europe.

El artículo del binomio Arias-Granoff tiene el enorme pero triste mérito de subrayar que se sigue jugando con fuego. Los mayorcitos entre nosotros nos acordamos de la tan terrible como célebre crisis de los misiles en Cuba, en 1962. De repente, cerquita de aquí, la Unión Soviética y Cuba estaban por crear bases de misiles nucleares de alcance medio, apuntando a Florida y más arriba.

¿Y qué le importa a Costa Rica que en mi tierra puede haber repercusión nuclear a causa de la guerra en Ucrania? Pues a que un fueguito cualquiera rápidamente puede extenderse sin control (como se alerta al inicio del artículo en cuestión). ¿Cuál es la posición de nuestro gobierno respecto del NPT (Tratado de No Proliferación), actualmente en discusión en la ONU?

Mejor si en todas partes, de una vez, vayamos tomando en serio la también citada advertencia de Alan Cranston, senador estadounidense; aquel, olímpicamente, afirmó que “las armas nucleares no son dignas de la civilización”.

En la primera conflagración mundial, en mi esquinita de Flandes, entre otros, lucharon Hitler, y Adenauer y Churchill; pasada la segunda guerra, por todas partes por allí figuran cementerios alemanes, ingleses, canadienses, argelinos… de toda la geografía humana. Aquella nomenclatura de guerras “mundiales” para nada resulta exagerada.

En Costa Rica, mi maestro Isaac Felipe Azofeifa lo subrayó: entre nosotros, prevalece la falaz idea de “la isla que somos” (es el título de su brillante ensayo). La realidad nos desmiente: lo subrayaba Neruda: somos cintura de América.

Por eso, aquel refrán según el cual “en guerra avisada no muere soldado”. Ojo: no olvidemos que la amenaza nuclear sigue. Más claro no canta un gallo.

valembois@ice.co.cr

El autor es educador.

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