Jacques Sagot. 8 octubre, 2020

La gente tiene la tendencia a andar con la memoria de vacaciones. Es así como olvidan cosas que jamás deberían ser olvidadas, y pierden el sentido de las proporciones.

El coronavirus es una pandemia de magnitud apocalíptica, empero no es ni mucho menos el único flagelo universal que nos ha golpeado en décadas recientes.

Como ustedes saben, yo tuve que vivir muy de cerca la pandemia del sida. Era infinitamente menos contagioso que el coronavirus, pero, una vez adquirido, la prognosis era infinitamente peor. Durante los primeros años de la vesania en torno al sida, contraer la enfermedad era una sentencia de muerte absolutamente irrevocable. Como decir que 2+2 es igual a 4. Si usted tenía sida, usted estaba en la línea de esos infelices que aguardaban su turno en el patíbulo.

Raymond Radiguet, el gran escritor francés que murió a los 20 años de edad, le dijo a su amigo Jean Cocteau, mientras agonizaba en el hospital: “Seré fusilado por los ángeles de Dios en tres días: ya oí la orden. No albergues ninguna esperanza sobre mi salud”. En efecto, murió a los tres días. Porque el sida lo ejecutaba a uno en seis meses, acaso un año, y la degradación del cuerpo, su proceso de erosión a manos del insidioso virus era atrozmente lenta y absolutamente inexorable. ¿Tenés el sida? Te morís. Es lo que Aristóteles habría llamado un juicio apodíctico: “El triángulo tiene tres ángulos”.

Durante muchos años, se creyó que el sida sería algo comparable a la gran peste bubónica que entre 1343 y 1353 segó un tercio de la población europea, asiática y africana. La muerte roja de Poe no habría sido más aterradora. Cierto: los vectores de contagio eran muy particulares: sexo sin protección con una persona contaminada, compartir agujas en sesiones de consumo colectivo de drogas, recibir transfusiones sanguíneas o de cualquier tipo de hemoderivado que contuviese el virus.

Pero eso solo se estableció ya tarde en el proceso de la pandemia. Durante muchos años la gente creyó que se transmitía a través del aire, de la saliva en un beso de "piquito”, con la ponzoña de un zancudo que hubiese atacado previamente a un enfermo, con solo respirar la atmósfera de los infectados.

Fueron años de vesania, de demencia colectiva, de pánico universal. Incluso el personal médico científicamente sofisticado tomaba precauciones humillantes para el paciente por la amenaza de la enfermedad. Le dejaban a uno la bandeja con la comida en el suelo, en la puerta de la habitación. Uno tenía que ir a recogerla para alimentarse. No se cambiaban nuestras sábanas ni pijamas, no se cambiaban nuestra bacinicas, los cuartos apestaban, la soledad y el abandono de los enfermos era infinita… como estar tirado en el desierto, “a más de mil millas de toda tierra habitada” (Saint-Exupéry), clamando en mitad de la noche insondable. Hasta la luna y las estrellas parecían tener miedo de nosotros.

Larga lista. Fue la era en que la gran segadora empuñó la guadaña y se ensañó contra el trigo humano, a diestra y siniestra. Murieron los actores Rock Hudson, Anthony Perkins, Robert Reed, Denholm Elliott, Michael Jeter y Amanda Blake. Los escritores Julio Cortázar, Carol Dunlop e Isaac Asimov. Los pianistas Liberace, Jorge Bolet, Steven de Groote y Yuri Egorov. Los bailarines Alvin Ailey y Rudolf Nureyev. El patinador artístico John Cury. El rockero Freddie Mercury. El tenista Arthur Ashe. Los deportistas Tom Waddell, Jerry Smith y Glen Burke. La modelo Gia Cavangi. Los diseñadores Perry Ellis y Leigh Bowery. El filósofo Michel Foucault. Como hojas del otoño cubriendo una vereda de muerte y desolación. Arrancados a la vida. Y la lista que propongo podría abarcar varias páginas.

Al Instituto Pasteur de París debemos la identificación del virus de inmunodeficiencia humana, reconocido como tal en 1981 por este ejemplar laboratorio. Durante los primeros diez años de la pandemia, la morbilidad debido al sida era literalmente del 100 %.

Más posibilidades de sobrevivir tenía un condenado a la inyección letal, la silla eléctrica o la horca. Años más tarde apareció la providencial droga AZT (zidovudina), luego otros medicamentos, cocteles diversos, la población mundial comprendió, después de haber generado indecible dolor, estigmatización y aislamiento en los infectados, que la enfermedad no se contagiaba al respirar el mismo aire del infectado.

El pánico bajó de intensidad. Hoy es una dolencia que puede tratarse a largo plazo, pero la mutabilidad del virus —uno de sus rasgos más insidiosos— hace que deba cambiarse el tratamiento cada cierto tiempo, los retrovirales tienen efectos colaterales potencialmente muy fuertes y no todo el mundo logra tolerarlos. En los peores casos, los efectos secundarios de los cocteles retrovirales pueden ser tan dañinos como una quimioterapia, e incluso acarrear la muerte (acidosis láctea). Sobrevivirán los que tengan el estómago más fuerte.

A pesar de la proliferación en años recientes de fármacos contra el sida, la enfermedad sigue matando a 600.000 personas al año (cuatro décadas después de estar batiéndonos contra ella). Solo en el África subsahariana hay 23 millones de infectados. Es una batalla que estamos lejos de haber ganado. Lo que es más grave: un grado de distensión y de exceso de confianza en las medidas de seguridad que deben observarse en la administración de productos hemoderivados y de prácticas sexuales han empeorado números que apuntaban originalmente a un progreso sostenido.

Pero el sida ha estado ahí. Ya tiene 39 años de sembrar el terror y la muerte en el mundo entero. Y su oscurantista y medieval fase inicial nos marcó a muchos a hierro candente. Éramos tratados como apestados, como los restos inmundos de un viejo naufragio que viene a escorar a la costa, como alienígenas tremendamente peligrosos, como réprobos y súcubos del infierno. Eso no se olvida. No, no, no se olvida.

Vieran cuánto me gustaría poder decir lo contrario, pero sería mentir. Los médicos y enfermeras fueron brutales e inclementes. Todavía hace diez años, durante una hospitalización a la que fui sometido en París, el amigo que solía venir a visitarme se tapaba la cara con la bufanda para no respirar mi aliento. Este nivel de ignorancia no es ya aceptable en nuestros días. ¿La saliva, las lágrimas? Sí, el VIH ha sido aislado en esos fluidos, pero la persona sana tendría que beberse literalmente un galón de ellos para que la enfermedad genere una carga infecciosa.

Enfermedad maldita. La tasa de mortalidad del coronavirus en el mundo es del 4 %, en Costa Rica es un 1,4 %. Es aterrador debido a la pavorosa transmisibilidad del virus, pero está muy lejos de la sentencia de muerte que representaba el sida. Añadamos a esto que los enfermos de coronavirus no tienen que enfrentar el estigma social, el señalamiento, la impugnación terrible: “Usted se lo buscó”, o “el sida es el flagelo que Dios ha mandado a la Tierra para castigar a los homosexuales y drogadictos”, o “¿sos hemo u homo?” (significa “hemofílico” u “homosexual”).

El sida fue una enfermedad maldita, que, lejos de movilizar la solidaridad humana, generó una oleada de juicios, admoniciones, castigos sociales, ostracismos, marginalización, culpabilización, el dedo índice de Dios apuntando a los réprobos del averno, los condenados a arder en una nueva Sodoma y Gomorra. Fue atroz.

Uno de los capítulos más negros de nuestra historia como sociedad, de nuestro sistema hospitalario. Expuesta quedó nuestra proclividad al prejuicio, a la inmisericordia, al martillo de Thor fulminando con sus relámpagos a los culposos portadores del virus. La ecuación enfermedad igual corrupción moral fue absolutamente perversa, injusta, y mató espiritualmente a tantos seres humanos como el propio virus.

Ese no ha sido ni será un problema para los enfermos de la actual pandemia. No me malentiendan: creo que el país atraviesa la más grave crisis sanitaria de su historia, pero también puedo decir que ya yo fui vacunado contra este tipo de pánicos colectivos, y los veo con mayor serenidad. Me limito a refrescar en la mente del lector cosas que quedan perdidas en los laberintos de la historia y los rincones en sombra de la memoria.

El autor es pianista y escritor.