Los seres humanos no solo tenemos que hacer las paces con el hecho ya suficientemente perturbador de nuestra finitud. Debemos, además, aceptar su más angustiante subproducto: la incompletud.
Todos somos, en mayor o menor medida, la Sinfonía inconclusa de Schubert. No podremos poner punto final a nuestro último poema ni una posdata a nuestra última carta. Siempre quedarán proyectos truncos, sueños no cristalizados, anhelos no colmados.
Nuestros labios y lenguas avaras no dirán el gracias que alguien esperó durante toda una vida. O el perdón. O el te amo. O también, ¿por qué no?, el «te odio desde el magma mismo de mis entrañas». En nuestros labios quedará colgado, cual fruto maduro que nadie vendimió, un beso que tenía que ser ofrendado, una caricia, una mirada de amor o de ternura, o siquiera de simpatía.
Nos iremos cargados de empresas abortadas, de acordes disonantes no resueltos, de mentiras no rectificadas, de verdades apenas entrevistas, de disculpas no ofrecidas, de venganzas no perpetradas, de gratitudes no expresadas… ¿De qué sirve la gratitud muda, la que no es formulada verbalmente? Es como si no existiera.
Hay seres que esperan de nosotros una palabra, la palabra clave, la que quizás les devolvería la paz al alma. Y nosotros no les prodigamos ese mínimo bálsamo. Acaso fuera el más simple de los bisílabos o incluso un monosílabo. Pero la cicatería de nuestras almas es tal que ni siquiera eso fuimos capaces de regalarles.
Por atolondramiento o distracción, porque por principio presumimos que la gente estará siempre ahí, esperando la palabra providencial que solo nosotros podemos pronunciar. Pero la muerte nos embosca en cualquier momento, y descubrimos, la boca abierta, lívidos los labios, los ojos desmesuradamente abiertos, que ya el telón cayó sobre nuestra pequeña comedia terrena, y no fuimos capaces de obsequiar a ese ser querido la palabra que tanto anhelaba.
Tal vez era un «te amo»; tres sílabas, seis fonemas, pero suficiente para que la vida de una persona module de re menor (la tonalidad del Requiem de Mozart) a mi bemol mayor (la del concierto Emperador de Beethoven).

Una anécdota. El gran director de cine Alfred Hitchcock, en un raro momento de efusión lírica, le dijo a la esposa, Alma Reville, compañera durante 54 años: «¿Sabes una cosa, querida? Después de buscar obsesivamente toda mi vida a rubias enigmáticas y seductoras para mis películas (Ingrid Bergman, Grace Kelly, Tippi Hedren) me doy cuenta de que aquella a la que en realidad siempre he buscado, y siempre he amado, es a ti».
Alma bajó la cabeza y, con los ojos anegados en lágrimas, le contestó: «Lo que no entiendo es por qué hasta ahora me lo dices, Alfred». A lo que el maestro respondió: «Pero querida, ¿por crees que me llaman el rey del suspense?». Por pasada la risa inicial, calibramos la crueldad de Hitchcock, su nefasto laconismo, su constipación verbal.
En el prólogo a sus Rimas Bécquer nos ofrece un vívido, angustiosísimo testimonio del terror a la incompletud, tal cual se manifiesta en los artistas. Le cedo la palabra al poeta.
«El insomnio y la fantasía siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estéril.
»¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida con frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo como en un manto de púrpura. Mas es imposible.
»No obstante, necesito descansar; necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas henchidas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos.
»Quedad, pues, consignados aquí como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa. No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión pidiéndome, con gestos y contorsiones, que os saque a la vida de la realidad, del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse esta arpa, vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.
»Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas».
En busca del tiempo perdido. Esto lo conoció Proust, extenuándose durante noches enteras por poner fin a su colosal ciclo novelístico Á la recherche du temps perdu. Y lo logró apenas. En la última obra se siente la prisa, el sofoco, la taquicardia del artista que ya oye en la escalera los pasos de la muerte.
Esto lo sintió Schubert, que se sabía enfermo de sífilis y veía ante sí las gotas de la clepsidra nacer, engordarse, retemblar y caer por fin en el vaso del pasado irrecuperable. Durante el último año de su breve vida produjo, inclinado sobre su piano como un poseso, una gavilla de obras maestras en todos los géneros que ningún otro compositor ha sido capaz de igualar. Nadie —incluyo a los más ilustres nombres— ha producido en el lapso de un año tantas magnum opus como Schubert.
Pienso en la divina incompletud de Yolanda Oreamuno, Jorge Debravo, Alfonsina Storni, Gérard de Nerval, Guy de Maupassant, Van Gogh, Edgar Allan Poe, Hölderlin,Músorgski, Robert Desnos, Alain-Fournier… segados por la enfermedad, la guerra, la droga o el alcoholismo. ¿Y Ravel, que a las puertas de la muerte se decía «partir, partir justamente ahora, cuando tenía tanta música bella por crear»?
Y se me rompe el corazón, y me echo a llorar. Después me doy cuenta —¡pobre insensato!— de que lloro por mí, por mi propia obra hecha de jirones, vislumbres, inconexos retazos, y constato, apurando hasta la hez el principio de realidad, que la vastísima mayoría de mi opus solo podría ser publicada póstumamente.
Y me culpo por no haber trabajado más ardua, más encarnizadamente. No le perdono a Puccini que, por perder su tiempo cazando patos (su pasatiempo favorito) haya dejado inconclusa y eternamente enferma a Turandot, la más bella de sus óperas. ¿Qué creyó el bon vivant toscano? ¿Que la muerte iba a tener la consideración de esperar que pusiera la última nota de su pieza antes de prenderlo? Pssst… Viejo vagabundo e irresponsable.
Amigo, amiga, si hay en el mundo un ser a quien usted ame y no se lo haya hecho saber, vaya a hacerlo. Hoy mismo. ¿Mañana? El mañana no es más que una optimista apuesta que bien podríamos perder. Hágalo hoy, y hágalo no solo por la persona que espera su palabra salvífica, sino por usted mismo.
El autor es pianista y escritor.