Jacques Sagot. 8 abril

Hay configuraciones arquitectónicas urbanas y paisajísticas que pueden leerse como un texto, y que de inmediato asumen una obvia valencia simbólica.

Es cosa que no ceso de comprobar cuando transito por la autopista que conecta Escazú con Villa Colón, Lindora y Santa Ana. Del lado izquierdo de la ruta (el norte), hospitales, centros comerciales, hoteles y soberbios edificios de apartamentos para magnates. Del lado derecho (el sur), el cañón del putrescente río Virilla, que transporta la bazofia de la toda la GAM (alimentado por el María Aguilar, el Torres, el Tiribí, el Ocloro), paseando su inmundicia entre precipicios de 150 metros de altura, cortados a pico.

Colgando precariamente de esas vertiginosas márgenes, los tugurios de Lomas del Río, de las últimas estribaciones de La Carpio: el equivalente costarricense de las favelas de Río de Janeiro, las villas miseria de Buenos Aires, los guasmos de Ecuador, las ciudades perdidas de México, los campamentos en Chile, los cerros en Venezuela, los llegaypón en Cuba. Todos designan lo mismo: la miseria es fecunda en nombres y origna una profusa sinonimia.

Obviamente, el río-caño-tanque séptico que es el Virilla asume un rol simbólico, es la línea que deslinda el glamur, la sobreabundancia y la ostentación de la pobreza extrema, la suciedad, la precariedad. Máximo de vida a un lado, mínimo de vida al otro.

En el norte se vive, en el sur se sobrevive. Es la evidencia urbanística y topográfica de una Costa Rica fracturada por una desigualdad social como jamás habíamos padecido. Por poco habría que parafrasear a Dickens, y hablar de una historia de dos ciudades. Nada tienen en común, salvo que ambas son producto de la incapacidad humana para materializar las eternas ideas platónicas de la equidad, la justicia social, la adecuada distribución de la riqueza.

Un paisaje como este nos expone, nos desnuda: solo podría ser obra de una criatura endémica e irremediablemente cruel, egoísta, codiciosa, territorial, excluyente e impermeable a la noción de solidaridad.

 Puente de Lindora sobre el río Virilla. Fotografía: Alejandro Gamboa Madrigal
Puente de Lindora sobre el río Virilla. Fotografía: Alejandro Gamboa Madrigal

Niños con hambre. ¿Han visto ustedes cómo pululan por las calles y esquinas de San José los niños mendicantes? Era una aberración social que creíamos haber erradicado, pero he aquí que nuevamente rebrotan las metástasis de este atroz cáncer social.

Cuando la Revolución francesa promulgó los principios de libertad e igualdad, no consideró que estos eran esencialmente aporéticos. La absoluta libertad (el anarcocapitalismo selvático) acarrearía la desigualdad y la absoluta igualdad conspiraría contra nuestras libertades individuales.

Entretanto, nadie se ocupó de la tercera proclama: fraternidad, que hubiera quizás permitido atenuar la fricción de las dos primeras. Desde que yo recorro los caminos de la patria, jamás había visto una Costa Rica tan escindida, tan polarizada, tan destrenzada por las diferencias sociales.

Resta preguntarse, ¿cuánto de ese torrencial dinero que circula por las manos de los poderosos en Costa Rica es legítimo? En noviembre del 2018, la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) del Instituto de Control de Drogas (ICD) elaboró un informe en el que determina 34 tipologías relacionadas con el delito de lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo.

Se estima que por lo menos el 20 % del dinero que manipulamos diariamente proviene del blanqueo de capitales. Toda nuestra economía reposa, así pues, sobre el pútrido humus del crimen y la ilegalidad. Naturalmente, la pandemia no puede sino haber empeorado estas cifras, al matar miles de empresas que operaban perfectamente de conformidad con la ley. En tiempos de crisis, los mafiosos proliferan, exultan y redoblan su aguzadísimo ingenio para estafar al Estado y a los ciudadanos.

Por otra parte, es curioso: yo creía que este tipo de personas a habían desaparecido de la faz del planeta, que eran fósiles sociohistóricos, que se habían extinguido después de las novelas de Jane Austen, Balzac y Dickens, pero veo que me equivocaba, ¡y de qué manera!

Me refiero a las viejas y viejos fufurufos, envarados, altivos, que le hacen ver y sentir a los que no pertenecen a su rango social la superioridad de su estamento. ¡Pero los hay, los hay, sí, y son divertidísimos! Crean una periferia de vacío alrededor de ellos, noli me tangere!, protegen su perímetro y demarcan su espacio ontológico.

Nos infligen su alcurnia, su pedigrí, su linaje, sus apellidos… ¡pobres criaturas, tristes y risibles remanentes de un sistema de valores ido, obsoleto, peor que muerto! Se envuelven de una gélida aura de superioridad, una superioridad que no atañe al talento o la belleza física, sino muy específicamente a la clase social.

Aristocracias imaginarias. Tuve amigos de este jaez que alguna vez consideré inteligentes… la opinión que me inspiraban ha cambiado. Ahora los veo como seres exinteligentes o posinteligentes. Se toman a sí mismos por realeza, en un país en el que todos, sin excepción, procedemos de alguna finca cafetalera, maicera o bananera, llena de corralones con chanchos y gallinas. Pero a ellos se les ha olvidado que los primeros hacen ño, ño y las segundas responden clo, clo.

Todavía creen en la noción de una aristocracia social, en la división entre patricios y plebeyos, señores feudales y siervos de la gleba, terratenientes y mujiks, monarquistas y sans culottes. Creen pertenecer a un ancien régime que constituye justamente lo que Foucault llama una ilusión retrospectiva: ¡En Costa Rica nunca hubo ancien régime, a lo sumo, una oligarquía de zarzuela, de vaudeville! Si supieran lo ridículos y anacrónicos que son, correrían a cambiar sus maneras… pero no lo saben.

No saben auscultar a fondo los espejos de sus casas, no saben autoleer sus almas, no saben practicar la exégesis y la hermenéutica de su propia psique. Morirán engañados, estafados por sí mismos, arrullados por la eufonía o disfonía de sus apellidos, de su heráldica, de sus blasones, de sus alicaídos escudos de armas… Triste, triste, triste.

Costa Rica está rota. Como una vieja vasija etrusca, bella todavía, pero irremediablemente estropeada. ¡Qué bien nos caería un maestro en el arte del kintsugi social! O siquiera en manipular la goma loca, el pegalotodo, ¡cualquier cosa que nos reintegre nuevamente! Ese par de funestos kilómetros, sobre la autopista hacia Villa Colón, simbolizan y encapsulan lo que Costa Rica es.

Desmienten nuestra pretensión de país de renta media, con veleidades de primer mundo. Escazú no es ya un cantón, sino un Estado separatista, una comunidad independentista completamente divorciada de la realidad social del país. El día menos pensado exigirán bandera, pabellón e himno propios, y no tendremos argumento alguno para negárselo. El oeste imantó toda la riqueza del país. Es un hecho palmario, constatable a simple vista.

Bueno, así mueren las democracias, así se agostan las libertades, así queda completamente desustanciado el concepto de fraternidad… apenas una palabra bonita por su sonoridad, por su ritmo y etimología.

No es preciso consultar el oráculo de Delfos para advertir que bajo el límpido azul de nuestro cielo fermenta ya la violencia, la revolución, el alzamiento en armas, la conflagración social. Es cuestión de tiempo.

El autor es pianista y escritor.