Ana Palacio. 17 julio

MADRID– Tal vez la OTAN sea, como afirma su secretario general, Jens Stoltenberg, “la alianza más exitosa de la historia”, pero también puede que esté a punto de desintegrarse.

Tras unos años turbulentos de alejamiento de Estados Unidos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), durante la presidencia de Donald Trump, las recientes tensiones entre Francia y Turquía ponen al descubierto la fragilidad de la alianza.

La disputa franco-turca comenzó a mediados de junio, cuando una fragata de la armada francesa, bajo mando de la OTAN en el Mediterráneo, intentó inspeccionar un buque carguero debido a la sospecha de violación del embargo de armas de las Naciones Unidas contra Libia.

Francia sostiene que tres barcos turcos que acompañaban al carguero adoptaron una actitud “extremadamente agresiva”, al apuntar tres veces a la fragata con el radar de control de tiro (una señal de ataque inminente). Turquía negó la versión de Francia, y asegura que la fragata francesa hostigó a sus buques.

Cualesquiera sean los detalles, el hecho es que dos aliados miembros de la OTAN estuvieron muy cerca de abrir fuego en el contexto de una misión de la Organización. Marca un nivel de tensión novedoso, y podría erigirse en signo precursor del desbaratamiento de la alianza.

Según una famosa frase de Hastings Ismay, primer secretario general de la OTAN, la alianza nació para “mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo”.

Obviamente, esta dinámica cambió en las décadas siguientes, sobre todo la relación con Alemania. Pero el fundamento general para la cooperación (la percepción de una amenaza colectiva, un firme liderazgo estadounidense y un sentido de propósito compartido) se mantuvo.

Sin el liderazgo de Estados Unidos, toda la estructura corre riesgo de derrumbarse. No es coincidencia que la última vez que dos miembros de la OTAN estuvieron tan cerca de un enfrentamiento (durante la invasión turca de Chipre en 1974) fue mientras Estados Unidos estaba absorto en la guerra de Vietnam.

De hecho, el altercado entre Turquía y Francia ocurrió pocos días después de conocerse que Trump había decidido (sin consulta previa a la OTAN) retirar a miles de soldados estadounidenses de Alemania.

Aunque Alemania ya no esté en la primera línea de confrontación como durante la Guerra Fría, las fuerzas estadounidenses estacionadas allí siguen siendo un potente elemento disuasor de agresiones rusas en el flanco oriental de la OTAN.

Al reducir esas fuerzas, Trump envía un mensaje básico: la seguridad europea ya no es una alta prioridad para los Estados Unidos.

Seamos claros, el alejamiento estadounidense de Europa se aceleró bajo Trump, pero había comenzado más de una década atrás. En el 2011, cuando el predecesor de Trump, Barack Obama, proclamó el “giro hacia Asia”, el entonces secretario de Defensa de los Estados Unidos, Robert Gates, advirtió que si la OTAN no demostraba relevancia podría ocurrir que Estados Unidos perdiera el interés en ella.

En cuanto a la respuesta de la OTAN, baste con recordar que hasta diciembre pasado las declaraciones surgidas de sus cumbres ni siquiera reconocían los desafíos que plantea el ascenso de China.

Para entonces, Estados Unidos daba señales de haber perdido el interés. Ahora, bajo Trump, el desinterés ha dado un paso hacia la hostilidad cierta.

Sin el timón de Estados Unidos, los miembros de la OTAN han comenzado a tomar rumbos diferentes. El ejemplo más claro es Turquía. Antes del encontronazo con Francia, Turquía compró un sistema ruso de defensa misilística S‑400, pese a las objeciones de Estados Unidos.

También intervino descaradamente en Libia con la provisión de apoyo aéreo, armas y combatientes al Gobierno de Acuerdo Nacional, con sede en Trípoli.

El presidente turco Recep Tayyip Erdogan parece seguro de que su relación directa con Trump le evitará toda consecuencia desagradable por su conducta, y la decisión de Trump de no imponer sanciones por la compra de los misiles (salvo excluir a Turquía del programa de aviones de combate F‑35) parece darle la razón.

Pero Turquía no es el único país que empezó a actuar por cuenta propia; Francia también lo ha hecho, incluso en Libia.

Al proveer apoyo militar al general Jalifa Hafter (quien cuenta con respaldo ruso y tiene el control de Libia oriental) para el combate a las milicias islamistas, Francia ha ido en contra de sus aliados en la OTAN.

Aunque el presidente Emmanuel Macron diga que no tomó partido por Haftar en la guerra civil, no hace mucho manifestó estar de acuerdo con el planteamiento egipcio de intervención militar contra Turquía, a la que acusa de tener una “responsabilidad criminal” en el país.

Conforme aumentan las tensiones con Turquía, Francia insiste más que nunca en que es vital contar con una estrategia de la Unión Europea de seguridad y defensa (cuyo liderazgo de facto le correspondería).

Y la pérdida de apoyo popular que experimenta Macron en Francia no hace más que amplificar este sentido de urgencia.

Pero dejando a un lado motivaciones políticas, Macron diagnosticó en voz alta lo que pocos han admitido: la “muerte cerebral” de la Alianza debido a lo incierto del compromiso de Trump con la defensa de los aliados de Estados Unidos.

Puesto que el alejamiento estadounidense de la OTAN comenzó mucho antes de Trump, hay pocos motivos para creer que esta tendencia se revertirá (aunque puede frenarse si Trump pierde la elección de noviembre).

Si Europa, en particular la Unión Europea, no empieza a verse a sí misma como una potencia geopolítica y se hace cargo de su propia seguridad, los europeos, según Macron, ya no tendrán el control de su destino.

El pasado diciembre, la OTAN celebró 70 años de ser garante de paz, estabilidad y prosperidad a ambos lados del Atlántico. Pero las fisuras dentro de la Alianza plantean serias dudas respecto a su 75.º aniversario. El momento para que Europa refuerce sus defensas y capacidades es ahora.

Ana Palacio: fue ministra de Asuntos Exteriores de España y vicepresidenta sénior y consejera jurídica general del Grupo Banco Mundial; actualmente es profesora visitante en la Universidad de Georgetown.

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