Tiene algo de “sabiduría” popular que hay municipalidades mejores que otras, y alcaldes de primera, como lo fue el ahora exministro, a quien insolentes camioneros e ignorantes estudiantes serrucharon.
Algunos pasan desapercibidos, otros, voluntariamente, ponen al revés la frase popular: si no me ven, mejor; mientras pueda cobrar, como el de una ciudad costera a quien hubo que obligar a reconocer los derechos laborales de su subalterno.
En la huerta del Señor de todo hay: allí va uno que por enésima vez se lanza al mismo ruedo. Pero va otro error: centrar el juicio alrededor de toda una municipalidad en la figura de su jefe.
Pensé en todo esto mientras un muchacho me metió sobre la parrilla interrogativa por una “encuesta” de mi Municipalidad, la de Montes de Oca. Debe haberse asustado, el pobre, por la franqueza y la amplitud con que le atendí, pero es un simple deber ciudadano.
En efecto, la encuesta debería tener una contraparte: cómo perciben el alcalde y sus asistentes la modorra y la patológica pasividad de la mayoría de los ciudadanos. Lo que no cuesta, hagámoslo fiesta.
Dos caras. Parto de la etimología del vocablo: remonta a cives y civitas en latín: desde tiempos romanos, ni más ni menos, subrayan que el ciudadano lo es por su ciudad, y esta no tiene vida sin sus integrantes. Son dos caras de una misma moneda y, por ello, es redundante hablar de conciudadanos.
La realidad municipal tiene, pues, dos caras. Cito, por ejemplo, el caso de las veredas en la mencionada comunidad. Cabe también responsabilidad grande del ciudadano: resulta absolutamente incomprensible, escandaloso, que un supermercado internacional ahora con obras anunciadas dizque para su clientela, desde hace años no tenga ni la decencia de reparar la vereda de su establecimiento.
Intente usted esa negligencia en Europa y verá lo que le pasa: en una municipalidad bruselense, el alcalde acaba de anunciar a todos sus “parroquianos” que les espera una suculenta multa (de entre 50 y 125 euros) tan solo por no desmalezar cuatro briznas de hierba en su vereda: ¡Usted es responsable, además, de su estado físico, de quitar la nieve si es del caso!
Desgraciadamente, aquí la dejadez es mutua: el proyecto de una nueva vereda al sur de la avenida principal de la comunidad hasta la altura del colegio Calasanz y algo más pareció enjundioso, pero quedó a medio palo.
He visto gente haciendo malabares para no caer a la calle transitada, por la fuente; he observado a mi amigo ciego maniobrando entre los huecos, chicos y grandes, cerca del Banco Popular; me he torcido un par de veces el pie en varios trechos. ¡Vergüenza grande para la Municipalidad: terminen lo empezado!
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Conductas. Me parece muy bien la recolección de la basura; muy mal que algunos vecinos persisten en ser tan cómodos (y más) respecto de la colocación en su día y hora, decentemente cerrada y con bolsas resistentes, la basura nuestra de cada día.
¿Por qué será que varios negocios, diagonal al citado banco, aparte del escandaloso ruido, persisten en la necia necesidad de tirar cerca, en cualquier momento y forma, hasta escombros?
Buena gente la Municipalidad recoge el desastre y lo pone en bolsas celestes que pagamos todos, los que estamos al día con nuestros impuestos.
Podría, así, seguir desarrollando el asunto en términos complementarios, pero concluyo. En general, observo que la gente, el ciudadano es demasiado cómodo, hasta parasitario, pensando que “pa’eso hay barrenderos”, mientras uno fue educado en que si todos barremos nuestra vereda —ojo, y no cómodamente de adentro para fuera— toda la calle queda mejor.
El autor es educador.