Víctor Valembois. 19 julio

¡Qué lindo este país de Jauja, donde uno observa cada cuento, como que el Teatro Nacional sería solo “una casa vieja” y que debemos morir por un comando drogado por un 7 de julio!

Con fruición, leí en estas páginas el artículo de Sami Mahroum (“Una ciberutopía posible”). No precisamente por ser experto en la materia tratada, sino porque aprendí sobre un nuevo humanismo posible.

¿Humanismo, dije? Demasiado se caracteriza mucha gente con pensar que aquello es poner el auto en reversa y quedarse con los viejos muebles que nos ofrecían Aristóteles y Platón. Otros, y son muchos, europeos o europeizados, preguntarán que cómo alguien de Dubái predica en ese sentido. Pues sí, y a mucha honra.

¡Qué diferencia con los sonámbulos que pululan en el país, soñando con descuidar nuestro máximo coliseo nacional o con morir por otro “domingo 7”! Adelante los verdaderos soñadores.

Me fascinó, además, que el autor proyectara una especie de nuevo ciclo que estaríamos —que estamos— emprendiendo, no coincidiendo con el “descubrimiento” (¿encubrimiento?) del Nuevo Mundo, sino con la sensibilización al respecto, varios lustros después: al celebrar este mes medio siglo del primer paso humano en la Luna, demasiado estamos acostumbrados a que las noticias lleguen al instante. Una cosa fue, en efecto, que se descubriera “por el oeste” unas tierras y, otra, que empezara la real concientización al respecto.

Es así como Mahroum nos retrotrae al año 1516, cuando al inglés Tomás Moro, amigo de Erasmo, le viene la idea de pensar, de manera sistemática, cómo puede ser una sociedad al otro lado del Atlántico; por cierto, durante un viaje diplomático del lado de Flandes, la actual Bélgica, donde, por instrucción del rey (¡el mismo que después lo mandaría decapitar!) andaba estrechando relaciones económicas: ¡Nada de brexit todavía, todo lo contrario!

De manera totalmente realista, cuenta al inicio de su obra sobre sus peripecias por Brujas y Bruselas. Pero, como arranca y termina Mahroum, importa más Amberes. Alude a la iglesia de Notre Dame local, más bonita, me parece, que la de París, e importante para la historia de Costa Rica: allí, en presencia de varias docenas de costarricenses, el doctor Calderón Guardia se casó con Yvonne Clays, distinguida aristócrata originaria de ese puerto, primera dama entre 1940 y 44.

Como intelectual, Moro debía, entonces, cómo no, estar al tanto de que los españoles ya estaban interrogándose sobre la condición humana de la gente por allá; a saber si él conocía de la existencia del padre Montesinos, quien inspiró a un musulmán converso: Bartolomé de las Casas. Moro no duda un momento del raciocinio de los seres al otro lado del gran charco, pero, a falta de mayor información, se puso a inventar que allí mismo, al salir de la iglesia, se topa con alguien que venía de vuelta de allí, “América”.

¡Hábil recurso que inventa Moro! Igual, el título de su creación: Utopía. Con esa palabra que ahora hasta nos suena común y corriente. Es una “mentira”, tan mítica-explicativa como la “caverna” de Platón. La primera publicación fue en Lovaina, ciudad universitaria donde enseñaba el mismo Erasmo, pero por deficiencias hubo que hacer otra en París.

Lo envidiable del ejercicio propuesto por Mahroum es que, de la misma manera que Moro se puso a armar una construcción creativa, se atreve a pensar en el futuro. El mismo investigador inventa otra palabra, “ciberutopía”, y afirma que “el principal obstáculo es el cultural”.

Entendamos por “cultura” todo lo que hace el hombre, incluidos prácticas, hábitos, anhelos y castillos en el aire. En Dubái, debe haber muchos, pero no importa, avancemos con la imaginación de Tomás Moro, quien todavía no se atrevía a soñar con inteligencia artificial, pero donde, igual, “hay una bula papal según la cual los que se ríen de nosotros quedan excomulgados”. Y, ojo: tonto no era, porque afirma que en ese otro mundo “impulsan la libertad y el cultivo de la inteligencia, en lo cual creen que se fundamenta la felicidad”.

¡Qué diferencia con los sonámbulos que pululan en el país, soñando con descuidar nuestro máximo coliseo nacional o con morir por otro “domingo 7”! Adelante los verdaderos soñadores.

El autor es educador.