Eli Feinzaig. 15 julio

Discutir con Leonardo Garnier es todo un ejercicio para el desarrollo de la paciencia franciscana. Cuando cree que nadie lo verá, recurre al insulto. “Pendejos”, nos espetó en Twitter a los autores de un artículo, publicado cuando se inició la pandemia, donde propusimos —vaya herejía— que, para enfrentar el enorme y creciente hueco fiscal que se abre ante nuestros ojos en estos tiempos de crisis sanitaria, sería necesario recortar el gasto no esencial del gobierno y, posiblemente también, los salarios de los funcionarios que no están en el frente de batalla contra la covid-19.

Cuando estima que va a ser leído, como en el caso de un artículo que publicó en Internet el domingo pasado (“Cuánto se equivoca quien pretende ahorrar en educación”), utiliza una técnica más sutil, pero igual de despreciable: tergiversar lo dicho por quien él critica, para lanzarse, como el caballero de la triste figura, lanza en ristre, contra molinos de viento imaginarios.

Para que lo entienda quien fue ministro de Educación durante ocho años, no ahorraré palabras. Garnier recurre a una de las más comunes falacias argumentativas, la del hombre de paja, que consiste en modificar un argumento expresado por el rival por otro parecido, por lo general absurdo y, por ende, más fácil de rebatir, o, como en el caso que nos atañe, simplemente para hacer perder credibilidad a la otra persona.

Con ello, no solo originó un aumento en cascada, pues, al inflar la base en un 14 %, crecieron todos los pluses que se calculaban como porcentaje de dicha base, sino que, mucho peor, lo convirtió en un pago que los maestros reciben sin importar si cumplen los dichosos 200 días. Por ejemplo, si se van a una huelga de 100 días.

Telenovela. A partir de ahí, Garnier inventa una telenovela, cuyo principal objetivo es hacer creer a sus lectores que este servidor propone recortar el gasto en educación, como se evidencia desde el título de su panfletillo. Esta es una mentira.

Mencioné en aquel comentario que el salario promedio de un funcionario del MEP se duplicó en términos reales entre el 2007 y el 2014, cosa que Garnier confirma. Si lo mencioné, no fue para criticar la remuneración de los educadores sino, como dije, porque “ello no se tradujo en una mejora tangible en la educación pública”.

Permítanme decirlo con total claridad: no tengo el menor problema con remunerar digna y justamente a maestros y profesores, pero sí con el hecho de que la sociedad costarricense no haya obtenido gran cosa a cambio.

Garnier considera la mejora salarial “uno de los logros más importantes” de su gestión, pero no presenta un solo dato que sustente una mejora en la calidad de la educación ni beneficio alguno para los estudiantes. Un silencio que nos habla a gritos.

La verdad es esta: Leonardo Garnier no tiene ninguna excusa para el estancamiento de la educación en Costa Rica. Tuvo una oportunidad de oro para revolucionarla: ocho años seguidos al frente del MEP. La desperdició.

No puede argumentar que le hizo falta tiempo para completar la reforma, sin que ello se traduzca en admisión de su propia incompetencia. Pero eso es lo que hace al decir que “nadie es tan ingenuo como para creer que la calidad de la educación mejora automáticamente porque mejoremos la remuneración docente”.

Confite para los sindicatos. Ya que habla de ingenuidad, ¿cómo deberíamos calificar su decisión de otorgar mejoras salariales, esperando que los sindicatos acepten, en algún momento futuro, rigurosas evaluaciones de desempeño?

No hace falta creer en soluciones mágicas, que nadie en este debate ha defendido, para detectar en su argumento un hoyo casi tan grande como el déficit fiscal.

Garnier otorgó los más generosos aumentos salariales sin pedir nada a cambio. Los sindicatos del gremio siguen oponiéndose, hasta la fecha, a la evaluación del desempeño de los maestros.

Trece años después del inicio de la espiral salarial inflacionaria en el MEP, tampoco existe un mecanismo para determinar, antes de contratarlos, la idoneidad de los aspirantes a ocupar plazas en el Ministerio. Garnier dejó a las futuras administraciones maniatadas y sin recursos para negociar la adopción de estas y otras reformas urgentes.

Dice el exministro, como gran cosa, que actualmente se trabaja en “construir un marco nacional de cualificaciones docentes que defina las competencias que debe tener un docente en Costa Rica”.

¿Tuvieron que pasar trece años para ponerse a trabajar en definir el perfil ideal del educador? ¿Contará, después de tanto tiempo, como un “cambio automático” en la calidad de la educación, hacer lo que Garnier debió, pero ahora sin la posibilidad de prometer mejoras salariales a los docentes? ¿Serán los dirigentes gremiales tan ingenuos como Garnier para aceptar ahora estándares más rigurosos a cambio de nada?

Reitero, porque Garnier es reiterativo en su falta a la verdad y la tergiversación, que nunca he creído que a los maestros y docentes no había que mejorarles el salario en el proceso de búsqueda de la excelencia. Tampoco he dicho, como falsamente me atribuye, que los docentes ganan más de la cuenta.

Táctica goebbeliana. Como Goebbels, Garnier sabe que una mentira repetida muchas veces cala en la audiencia. Sabe, también, que es más fácil engañar a las personas que convencerlas de que han sido engañadas. Para eso es todo un maestro, y consiguió lo que buscaba: sembrar confusión en el gremio docente y llevarlo a creer que soy su enemigo.

Lo que sí he dicho, y reitero, son dos cosas. Primero, como dije en el primer párrafo, creo que en el contexto actual de profunda crisis fiscal es necesario recortar gastos y salarios en el sector público, en aquellas funciones que no están en la primera línea de contención de la covid-19. Esto, claro está, podría afectar a algunos educadores, pero no es una medida dirigida específicamente al sector.

También he dicho que, en el proceso de búsqueda de la excelencia docente, debió darse un quid pro quo. Un “toma y daca”. Dando y dando, como dicen los niños.

Garnier, el economista, debió saberlo. No porque quid pro quo sea un concepto económico —no lo es—, sino porque los economistas pasamos la vida tratando de explicar cómo se comportan los seres humanos ante diferentes estímulos y señales.

Otorgue un aumento salarial a cambio de nada, y eso es lo que obtendrá: nada a cambio. Lo que hizo Garnier fue poner la carreta delante de los bueyes, y esa carreta se quedó parqueada.

Garnier, el economista, debió saber también que un incentivo para el cumplimiento de una meta (el curso lectivo de 200 días, por ejemplo) funciona cuando se ofrece la zanahoria al final del camino. Dele la zanahoria al caballo a media carrera, y dejará de correr.

Mis maestros me enseñaron que es de bien nacidos ser agradecidos. Gracias, Leonardo, por brindarme la confirmación de la tesis que postulé en mi anterior artículo en “Página quince”: que quienes endilgan a sus oponentes el término neoliberal, lo usan como figura retórica y hombre de paja para descalificarlos, sin ningún contenido semántico real.

Le confirmo, de paso, que la imagen que me devuelve el espejo cada mañana es la de un hombre sereno, que duerme con su conciencia tranquila por hablar con la verdad.

El autor es economista.