Si en un piano tocamos enérgicamente un la, al soltar la tecla, escucharemos que en ese momento todos los las del instrumento suenan tenuemente.
Ese primer la ha puesto a los restantes en vibración. La razón de este fenómeno acústico es muy simple: la vibración de una nota es equivalente en sus octavas superiores e inferiores. Si partimos de un la de 440 hercios, su octava superior es el la de 880, la siguiente el la de 1.760 y así sucesivamente hasta rebasar el límite de los 20.000, donde los sonidos dejan de ser audibles.
La vibración se multiplica por dos. Las octavas inferiores también vibran “por simpatía”, pero dividiendo entre dos: 220, 110, 55, hasta que traspasamos el 0, con lo cual el sonido se hace inaudible (salvo para los perros y otras criaturas dotadas de una audición refinadísima).
Hacia arriba, oímos sonidos cada vez más agudos y, hacia abajo, cada vez más graves. La octava superior contiene en ella la cantidad de vibración de la inferior más una unidad entera. Y, las inferiores, la mitad de la que viene después. De manera muy hermosa, un la está representado en todos los demás las según un modelo holográfico.
Este paradigma acústico bien puede trasponerse al plano ético. Los seres humanos vibramos como cuerdas que cobran vida sin necesidad de ser pulsadas o percutidas, en virtud de su “simpatía”.
En el universo de la ética, el filósofo Henri Bergson hablaba de la “empatía imaginativa”. Esta noción consiste en la facultad humana de formarnos imágenes mentales (imagos) del sentir de nuestros semejantes. Es, por consiguiente, una función de la imaginación, y un ser avaramente dotado por natura de esta preciosa capacidad podrá difícilmente ejercerla, y, además, se convertirá en un elemento peligroso para la comunidad. Un ser sin imaginación solo puede ser despiadado e inmisericorde.
La misericordia procede de la facultad de ponernos en el lugar de los demás, de ver el mundo desde su perspectiva, de transmigrar momentáneamente a sus almas. Es lo que nos permitirá comprenderlo, entender la magnitud de su dolor y hacer las veces de socorristas.
Es un ejercicio de “migración” hacia la alteridad, hacia el otro esencial. Es el puente virtual que posibilitará el tránsito del Yo al Tú: todo un periplo, una travesía, una aventura transpersonal. Es de ella que nace la compasión (padecer con) de los budistas, la commiseratio de Spinoza, la caritas cristiana. Dos cuerdas de una lira que vibran “por simpatía”.
Ética de la solidaridad. Nuestra misión consiste en identificarnos con el dolor del otro, no en desidentificarnos de él. En asociarnos a su tormento, no en disociarnos de su suplicio. Debemos ensayar una aproximación cordial, que nos permita vivirlo “desde dentro”, desde su piel, desde su conciencia, desde su singular perspectiva humana. Solo así puede ser eficaz nuestro gesto socorrista. Hemos de aprender a compartir el dolor, como alguna vez aprendimos a compartir el pan y el vino. Dolor compartido es medio dolor; dolor solitario es doble dolor. En esto radica toda la ética de la solidaridad.
Es una manera de vivir que se practica, se ensaya, se entrena, se aprende. ¿Por qué en nuestros sistemas educativos no se enseña el amor? La idea no es tan descabellada como parece. Después de todo, el amor es un saber, el saber de los saberes, el más alto saber de que la criatura humana es capaz. Un saber para los otros, un saber sobre y para la vida. Deberíamos incluir una propedéutica del amor en nuestro currículum escolar. ¿Por qué no? Con lecturas selectísimas, ejercicios prácticos, talleres y toda suerte de mediadores pedagógicos.
Y no, no tendría que enseñarlo un cura, lo harían educadores preclaros, iluminados, imbuidos de ética y de vocación de paz, armonía, consonancia, lucidez y compasión.
No es cosa fácil ni agradable degustar el dolor de los demás. Muchos se dirán, ¿para qué hacerlo? ¿No tengo yo ya suficiente dolor en mi miserable vida? Pero lo extraordinario de este ejercicio es que apropiándonos del dolor de los demás olvidaremos el nuestro, y cuando nos reintegremos a nuestro ser, después de la “transmigración” hacia el otro, seremos más capaces de lidiar con nuestros propios monstruos.
Haciendo las veces de sanadores aprenderemos a sanarnos mejor a nosotros mismos. Todo lo que demos en este mundo volverá a nosotros centuplicado: es cierto del bien como del mal.
Propugno, sueño, vaticino una cultura de la solidaridad, de la “empatía imaginativa” de Bergson, de la compasión, de la piedad, de la misericordia (¡no de la lástima, sentimiento que degrada tanto al que lo experimenta como al que lo inspira!).
Lirismo. El poeta Paul Fort tiene unos bellos versos que me enseñaron en primer grado, en el Liceo Franco-Costarricense (la mejor institución educativa de este país).
Sugería Paul Fort que si todos los niños del mundo se dieran la mano formarían un círculo que le daría la vuelta al mundo. La noción puede parecer ingenua, pero recuerden, amigos: estábamos en primer grado, no habríamos podido comprender la ética nicomaquea de Aristóteles, la ética de Spinoza o la ética de Levinas.
El niño que fui, el niño que soy, el niño que siempre seré, persiste en creer en la viabilidad de este proyecto. Y no me descalifiquen diciéndome que yo “soy un lírico”, como si el lirismo fuese algo inherentemente erróneo. Al mundo le falta lirismo, al ser humano le falta lirismo.
El verdadero lirismo permite una comprensión privilegiada del mundo: es una forma de hiperlucidez, no de ceguera. No consiste en “decir cosas lindas”, sino, justamente, en vibrar “por simpatía”, tal las cuerdas de una lira (de ahí la etimología de la palabra lirismo, que proviene de lira).
Hegel decía que en el mundo jamás habría un hombre libre mientras en algún lugar del planeta hubiese un esclavo. Lo mismo cabe ser dicho del dolor. En ningún lugar habrá un hombre feliz mientras en otra latitud, o acaso en la casa vecina, haya un hombre que sufre.
El dolor debe ser nuestro pan universal, nuestra eucaristía laica. Evitarlo desesperadamente no hará otra cosa que arrojarnos en las garras de la neurosis (era una de las tesis axiales de Freud).
Los animales están programados por natura para evitar el dolor sistemáticamente, eso lo sabemos todos. Y, sí, nosotros somos animales, pero ¡atención!, no somos únicamente animales. ¿En qué diferiríamos de un cerdo o un dragón de Komodo si nuestro único afán vital consistiese en buscar el placer y evitar el displacer? Lo propio del ser humano es usar el dolor, convertirlo en dócil arcilla en sus manos, usufructuar del él, sublimarlo, transformarlo en belleza y amor. Tenemos ese privilegio, esa arma poderosísima: ¿Vamos a abstenernos de usarla e imitar los patrones de conducta del cocodrilo africano?
Creo en el ser humano. Creo en su poder soteriológico y salvífico. Creo en su capacidad para la empatía y en todo lo que de ella procede: solidaridad, compasión, piedad y misericordia (del latín miserere —compadecerse— y cor —corazón—). Compadecerse desde el corazón. La misericordia salvará al mundo, este apretado y precario barquichuelo en el cual intentamos seguir adelante con la gran aventura humana, sin naufragar o tener que lanzarnos al agua. Soy un hombre de fe. Lo sepa o no, todo artista lo es.
El autor es pianista y escritor.