Cavilaciones erróneas llevan a soluciones ineficientes, y cuanta mayor relevancia posee el fenómeno, más gravosas son estas; no podía ser diferente en el caso de tres de las peores crisis que recuerde Estados Unidos.
Existen razones para dudar acerca de las bondades de una política monetaria vigorosamente expansiva. Hay ocasiones cuando, en el mejor de los casos, es inane —como sugiere la trampa de la liquidez keynesiana— y en el peor es «pan para hoy y hambre para mañana», debido al efecto Cantillon, esto es, que como el dinero, necesariamente, se introduce en áreas concretas de la economía, llega a algunos sectores antes que a otros; el desenlace es una distorsión en los precios relativos.
Y fuertemente expansiva es como podrían ser calificadas las decisiones de la Reserva Federal (Fed), con las que ya subió, en el 2020, el dinero en circulación en la economía estadounidense un 25,8 % como intento por reponer la caída del 3,5 % del producto interno bruto, a consecuencia de la covid-19.

La experiencia es una aliada poderosa, y es menester acudir a ella para no olvidar las lecciones de la Gran Depresión. Para comprenderla, el monetarismo puso su lupa en las quiebras bancarias de 1928, ante las cuales la Fed no respondió otorgando dinero que relajase el pánico, mientras que la explicación keynesiana alertó sobre la pérdida de confianza en los inversionistas.
Y, si bien es cierto que ambos argumentos poseen un fondo de verdad que es preciso rescatar, no aclaran el origen del descalabre, sino que solo describen sus consecuencias.
Por un lado, y como el propio Keynes argüía, cuando no disponen de suficiente información para enfrentarse a la incertidumbre, los agentes siguen a la mayoría. De modo que el cese de las perspectivas alcistas debe haber tenido un detonante que hiciera reaccionar a los espíritus animales de la manada.
Por otro lado, antes de la desaparición de la solvencia bancaria, la autoridad emisora ya se encontraba en el límite mínimo de reservas áureas que tenía permitido como soporte para la cantidad de moneda (no respondió con medios fiduciarios porque ya había dado todos los que podía).
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Señales equivocadas. Mas la teoría Mises-hayekiana del ciclo económico tenía bastante por decir. Postulaba que cuando hay una expansión artificial del crédito no respaldada por ahorro voluntario (es decir, oferta monetaria creada ya sea por una inyección del banco central en el sistema financiero o porque se hicieran préstamos de una porción de depósitos a la vista, mediante la reserva fraccionaria) una descoordinación intertemporal tiene sitio: como la tasa de interés representa el precio de los bienes futuros en términos de bienes presentes (la valoración que los individuos tienen por el consumo pospuesto), la liquidez creada la absorbe una tasa de interés inferior que le da a los empresarios señales equivocadas.
Se piensa que los agentes tienen un deseo por bienes futuros superior al que en realidad prevalece, y eso genera incentivos para invertir en etapas productivas alejadas del consumo presente. ¿El resultado? Sobreproducción generalizada.
Este mecanismo no es otra de las antojadizas explicaciones de la crematística. La utilidad de los precios es que informan sobre lo que quieren los demandantes y, por ende, sobre lo que permite enriquecerse.
Una baja en la tasa de interés opera, como anuncio de la preferencia por bienes futuros, haciendo rentables proyectos de negocio a largo plazo al abaratar la solicitud de préstamos, disminuir los beneficios de mantener dinero en el banco, lo que conduce recursos hacia activos bursátiles que incrementan su precio y porque, bien señala Tortul que, como «las decisiones de inversión se toman considerando el valor presente descontado, la producción de bienes durables será más sensible» al choque.
Empero, cuando el cambio que acontece sobre este precio no fue producto del ahorro, al reducir el costo de oportunidad del consumo, la menor tasa de interés lo amplía insosteniblemente; esa es la «exuberancia irracional» a la que se refirió Greenspan, y así el auge da expectativas de ganancia a planes empresariales riesgosos y a todos en general (aunque no hubiera demanda para ellos). Eso presiona la demanda por crédito hasta que la tasa de interés vuelve a subir.
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Inversiones inapropiadas. Todo esto calza con las acciones de la Fed en la segunda década del siglo XX: en EE. UU., el crédito no respaldado por ahorro pasó de $33.000 millones a $47.000 millones y la oferta de dinero, de $37.000 millones a $55.000 millones.
Inicialmente, los nuevos fondos prestables pirata llevaron a los felices años 20, durante los cuales hubo un crecimiento «estable» en el consumo y uno desmesurado en el capital fijo (durante el decenio, el primero crece a una tasa del 60 % y el segundo, a una del 160 %; como puede esperarse, esta última fue la industria de mayor decaimiento durante la crisis).
Todo culmina al ver que las inversiones fueron inapropiadas y que las deudas son impagables, lo que se traduce en la suspensión de pago por los bancos (cerca de 5.000 se vieron en esta condición entre 1928 y 1932) y la caída en el precio de las acciones (el crash del 29). Luego los daños se transmitieron a todo el país: en su peor momento, el desempleo alcanzó a un cuarto de la población económicamente activa y, llegado 1932, el PIB había bajado en 27 puntos porcentuales.
Pero lo que pasó en aquel momento no es una veleidad empírica, sino una regularidad histórica que viene repitiéndose desde antes de los tiempos de la banca Medici y también se vio en la Gran Recesión: el origen, aunado a regulaciones financieras que abrían paso al envilecimiento, fue el mismo y las intenciones eran similares a las de hoy: acelerar el resarcimiento de la crisis de las puntocoms, solo que el bien durable sobre el que se especuló fueron las viviendas.
Por ahora, lo que extraña a los analistas es que la inflación solo haya sido del 1,4 %, a pesar del enorme incremento en la oferta de dólares (lo que no resulta tan arcano si se es consciente de que la demanda por dinero no es constante y que la inseguridad económica ha hecho a los estadounidenses aumentar su preferencia por liquidez). Sin embargo, aunque quienes advierten su llegada saben que la inflación trae consigo temibles adversidades, si la coyuntura se comporta como lo ha hecho siempre, vendrán problemas mucho peores de su mano.
El autor es estudiante de Economía.