Christiana Figueres y Alberto Trejos. Hace 3 días

El país atraviesa una crisis económica y social sin precedentes. La pandemia nos sorprendió débiles productiva y fiscalmente. Las finanzas públicas fueron objeto de una reforma en el 2018 que no se implementó plenamente y que apenas alcanzaba para poner en orden los números si no pasaba nada muy grave en los primeros años… y justo ahí entró la pandemia. Tenemos un panorama político más que complicado para lograr reformas de fondo.

En ese contexto se han presentado sugerencias para salir de la crisis y reactivar la producción. Sin embargo, precisamente porque tenemos pocos recursos, poca capacidad de endeudamiento y poca paciencia, debemos asegurarnos de que las soluciones planteadas sean acertadas. No podemos ilusionarnos de nuevo y salir defraudados. No debemos enfocar nuestras energías y escasos recursos en caminos que nos lleven a puntos muertos al cabo de algunos años. No podemos darnos el lujo de gastar pólvora en zopilotes.

En días recientes, algunas voces propusieron perforar nuestros suelos en tierra firme y mar para extraer petróleo y gas, argumentando que esto generaría riqueza a corto y mediano plazo. Esta afirmación —hay que decirlo así— carece de fundamento.

Por supuesto que en el pasado la industria de los hidrocarburos generó riqueza en otros países, al menos para algunas personas. Pero nosotros creemos que arrancar con esta industria en Costa Rica y en pleno 2020 (aquí y ahora) es arrancar en falso.

1. La extracción de petróleo y gas tarda décadas en materializarse. Los eventuales dividendos llegarían para la época de declive de los hidrocarburos como negocio y fuente de energía.

Llegar a producir gas natural y petróleo conlleva varias etapas que toman tiempo, entre 10 y 15 años desde el inicio de la exploración hasta el inicio de la producción. Esto, si la exploración comprobara depósitos suficientes, lo cual no está garantizado.

La primera etapa, o exploración inicial, toma de 2 a 5 años. En Costa Rica se han realizado algunas actividades de exploración en el pasado, mas estas se limitan a indicar que existe un potencial recurso, sin determinar su cantidad y calidad. El país estaría obligado a invertir en más exploración sin siquiera tener certeza (como el nombre de esta etapa lo indica) de retornos económicos. ¿Qué vendría después?

La segunda etapa consiste en celebrar los contratos de exploración decisiva y explotación. Bajo la Ley de Hidrocarburos actual, estos contratos se deben hacer por licitación pública. Aun si suponemos que los diversos trámites y administración de las objeciones fueran expeditos —y nada en nuestra historia sugiere que lo serían— este proceso tomaría entre 3 y 6 años. A esto habría que agregarle el tiempo que consumiría crear una estructura institucional, técnica y operativa con suficiente conocimiento para sacar adelante la tarea. Así, el Estado habría tenido que desembolsar recursos cuantiosos, que hoy no tiene, máxime si decidiera participar en el proceso como un candidato más.

En este punto, habiendo pasado entre 5 y 11 años, aún no sabríamos cuánto petróleo o gas realmente hay en nuestro subsuelo. Así, se iniciaría la tercera etapa: realizar perforaciones y estudios sísmicos adicionales para hacer esta cuantificación. Si al cabo de este largo proceso todo saliera bien, el país se prepararía para ejecutar un plan sobre la forma, cantidad y diseño de los pozos para la extracción comercial. También se tendría que crear la infraestructura requerida para procesar el petróleo o gas antes de ser transportado a la refinería, a los clientes o al puerto de exportación. En Costa Rica, debido a la ausencia de infraestructura, todo esto tomaría, cuando menos, 5 años, dependiendo del tamaño de la actividad.

En resumen, estamos ante un proceso que tomaría de 10 a 16 años en materializarse. En un escenario casi utópico de increíble eficiencia, Costa Rica estaría dando los primeros pasos a la comercialización de petróleo y gas en el 2031. Así que ni reactivaríamos la economía rápidamente —como proponen algunos— ni haríamos un buen negocio a largo plazo, pues para ese entonces el consumo de petróleo y gas en todo el mundo estará en un franco y definitivo declive, como sucedió en su momento con el carbón.

2. Costos financieros y el alto riesgo de activos varados. Los activos varados son aquellos que han sido convertidos en obsoletos por cambios en la demanda, pero siguen generando costos financieros. Aunque ninguna empresa o país quiere sufrir este escenario, en el contexto mundial tenemos el coctel perfecto para que esto nos ocurra: la demanda de petróleo va de caída, sus precios son altamente volátiles, la electrificación del transporte se acelera y el uso de fuentes de energía renovable aumenta.

Al mismo tiempo, las actuales reservas mundiales de petróleo y de gas son más que suficientes para cubrir las necesidades de la humanidad durante los próximos 50 años, aun a los niveles de consumo actuales (que sabemos no se mantendrán). Hay que recordar que Estados Unidos posee una oferta abundante de gas, bajos costos de licuefacción y una proximidad geográfica que resultan en una desventaja competitiva para cualquier país de la región que se aventurara a extraer el hidrocarburo a estas alturas del partido.

Si Costa Rica quisiera trasladar este riesgo a una empresa, el panorama es igualmente gris: por el complejo escenario internacional, tendríamos que brindarle condiciones tan favorables que las pocas ganancias no llenarían las arcas del Estado, como algunos han sugerido. Las empresas petroleras están empezando a entrar en importantes crisis y sufriendo una grave escasez de capital de riesgo. Han perdido su capacidad e interés en invertir en nuevas exploraciones. Algunas están incluso diversificando su negocio. British Petroleum (BP), por ejemplo, declaró que va a dejar el 40 % de sus reservas de petróleo y gas sin explorar, e invertirá por el contrario en energías renovables para el 2040. Las razones: porque disminuye el riesgo de activos varados, les da mejores oportunidades y es lo correcto para el mundo.

3. La falacia de la creación de empleo, ni muchos ni buenos. La industria extractiva de petróleo y gas natural crea pocos empleos directos duraderos. El país además tiene poca gente preparada para los puestos mejor remunerados de esta peculiar actividad. Existiría muy poca capacidad de agregación de valor local al producto, a diferencia de otras actividades con mucho más futuro que han aumentado, sofisticado y diversificado nuestras exportaciones en los últimos años.

4. Poner en riesgo simultáneamente nuestra economía y el medioambiente. Si acaso todas las razones anteriores no fueran suficientes, es necesario decirlo con toda claridad: la explotación, transporte y refinamiento de petróleo y gas natural conllevan altos riesgos ambientales.

Esta industria no es limpia, y con frecuencia se dan severos daños cerca de la infraestructura extractiva: contaminación de aguas y barro utilizados para la extracción, derrames de petróleo y combustible, fugas de gas, productos químicos y materiales peligrosos, explosión de pozos, incendios en las instalaciones o en los alrededores. Incluso en Noruega, ejemplo que han mencionado algunas voces proextracción, ha habido derrames, sin mucha repercusión mediática, pues por lo general son contenidos antes de llegar a la costa. Noruega además no extrae petróleo en lugares tan ambientalmente estratégicos ni climáticamente frágiles, como Costa Rica.

Los fenómenos atmosféricos que nos azotan cada vez con más fuerza (tormentas, huracanes y los deslaves e inundaciones asociadas) afectan las operaciones petroleras e implican altos riesgos. El impacto del petróleo derramado en el agua ha sido investigado exhaustivamente durante las últimas dos décadas. Se ha identificado que un litro de petróleo contamina hasta un millón de litros de agua. Por último, las actividades de extracción y quema de hidrocarburos también producen los gases de efecto invernadero, responsables del cambio climático que tanto nos está afectando.

Debido al modelo de desarrollo que Costa Rica ha construido durante décadas, si eligiéramos extraer hidrocarburos estaríamos socavando nuestra propia economía y sobre todo la marca país. La gran mayoría del turismo que nos visita viene por la reputación que tenemos como paraíso natural. Una afectación fuerte en la imagen se traduce en impacto grave en el negocio. En Costa Rica, la protección de la naturaleza se materializa en una industria multimillonaria y repartidora de la riqueza. No tiene ningún sentido atentar contra este gran motor económico.

No es posible comercializar a nuestro país como un edén de bosques verdes —con mares y corales llenos de belleza— y al mismo tiempo levantar torres petroleras. No es posible asumir el liderato que nos corresponde en la lucha contra el cambio climático —problema que nos afectará a todos— y a la vez actuar inconsistente y tardíamente hacia agravar el problema. No es posible seguir posicionando nuestra agricultura, industria y servicios en actividades cada vez más valiosas y sostenibles, mientras que damos semejante salto al pasado. Lo que estaríamos sacrificando en aras de este añejo sueño petrolero es el crecimiento y desarrollo de actividades concretas, que ya existen, que ya emplean a centenares de miles de costarricenses. No es así como lograremos la reactivación.

En conclusión, los supuestos beneficios de la extracción de petróleo y de gas natural son ilusorios, si llegaran llegarían tardísimo, con poco impacto en el empleo y con un elevado riesgo de convertirse en activos varados de altísimos costos. Al mismo tiempo estaríamos atentando contra todo el sector de la economía asociada al cuidado de la naturaleza, al turismo y corriendo el riesgo de sufrir un desastre ambiental.

Más importante, para nosotros, es que al hacerlo estaríamos contradiciendo los valores en los que este país está creado. Los hidrocarburos no son un sector que lleve a un verdadero desarrollo ni a un crecimiento equitativo ni mucho menos a la sostenibilidad. Esas contradicciones se pagan en el bolsillo de los hogares, en el erario y en el alma del país.

Hoy más que nunca es necesario tomar decisiones con claridad y lucidez. El bienestar de nuestra economía y de cada costarricense depende de ello. En lugar de seguir gastando pólvora en este zopilote, deberíamos pensar en soluciones reales y viables para reactivar nuestra economía pronto y sin desvirtuar el país que de verdad somos.

Christiana Figueres: antropóloga, economista y analista. Ex secretaria ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

Alberto Trejos: economista y exministro de Comercio Exterior.