Ana Palacio. 21 febrero
Lavrov y Borrell el 5 de febrero en Moscú. Foto AFP
Lavrov y Borrell el 5 de febrero en Moscú. Foto AFP

MADRID– Cuando los ministros de Relaciones Exteriores de la Unión Europea se reúnan este lunes, 22 de febrero, tendrán que enfrentar las consecuencias políticas de la visita desafortunada a Moscú de Josep Borrell, el alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad.

Es de esperar que las deliberaciones catalicen el progreso tan necesario a la hora de desarrollar una política europea coherente para con Rusia.

El momento de la visita de Borrell a Moscú —la primera de un funcionario de la UE desde el 2017— fue, cuando menos, extraño. En las semanas previas a su llegada, el líder opositor ruso Alexéi Navalni había regresado a Rusia de Alemania, donde había estado recuperándose, desde agosto del año pasado, de lo que muy probablemente fue un envenenamiento ordenado por el Kremlin. Navalni ni siquiera logró salir del aeropuerto antes de ser arrestado.

Después de procedimientos judiciales apresurados y absurdos, Navalni fue sentenciado a casi tres años en una colonia penal. Esto provocó una ola de protestas —y una ola de represión por parte del Kremlin—. La policía ha detenido a miles de manifestantes, muchas veces utilizando la fuerza en exceso.

Borrell fue a Moscú de todas maneras. En su opinión, al «dejar de lado una retórica negativa», la visita sería un «buen punto de partida para un diálogo franco entre la UE y Rusia».

La lógica no es del todo errónea. Como reconoció la canciller alemana, Angela Merkel, luego del viaje, la UE tiene una «obligación diplomática» de mantener abiertos los canales de comunicación con Rusia.

Lección por las malas. Pero intentar restablecer relaciones con el Kremlin desde una posición que no sea de fuerza es una receta para el desastre. Borrell lo aprendió por las malas en una conferencia de prensa conjunta en Moscú, cuando el ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, calificó a la UE de «socio poco confiable» y acusó a los líderes de esta de mentir sobre el envenenamiento de Navalni.

Mientras Lavrov hacía su actuación —claramente destinada a los espectadores rusos—, Borrell, aparentemente sorprendido, se mantuvo en silencio. Luego, por si fuera poco, el Kremlin expulsó a tres diplomáticos europeos de Rusia por asistir, supuestamente, a las manifestaciones en apoyo a Navalni, decisión de la que Borrell se enteró mientras estaba reunido con Lavrov.

Tras su retorno a Bruselas, Borrell enfrentó duras críticas en el Parlamento Europeo, donde más de 70 representantes pidieron su renuncia por lo que calificaron de «acontecimientos humillantes».

Borrell defendió su decisión de visitar Moscú, a pesar de los «riesgos obvios», con el argumento de que quería comprobar si las autoridades rusas estaban interesadas en un intento serio de revertir el deterioro de las relaciones con la Unión Europea.

Ahora, que es evidente que no lo están, agregó Borrell, haría «propuestas concretas» para ejecutar mayores sanciones, que serán discutidas en la reunión de este 22 de febrero.

También participó en una videollamada con otros funcionarios de la UE el jefe de personal de Navalni, Leonid Vólkov, y el director ejecutivo de la Fundación Anticorrupción de Navalni, Vladímir Ashurkov, para discutir los próximos pasos.

Síntoma de problema profundo. Pero, más allá de cuáles sean esos pasos, deberían ir mucho más allá de enfrentar a Rusia por los acontecimientos de la semana pasada. Después de todo, el fiasco es simplemente un síntoma de un problema mucho más profundo: la UE carece de una visión estratégica, especialmente hacia Rusia.

Para Europa, Rusia ha sido durante mucho tiempo como una muñeca matrioska: familiar y sorprendente, simple e intrincada, reconocible e inescrutable. O, como la describió Winston Churchill de manera excelente en 1939, Rusia es «un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma». Pero, en su próxima frase menos recordada, Churchill identificó la clave para descifrarlo: el interés nacional de Rusia.

Nadie es más consciente de esto que el presidente ruso, Vladímir Putin, que ha construido su carrera política basado en convencer a los rusos de que nada defenderá mejor sus intereses que su liderazgo. Putin hace mucho tiempo viene retratando la disolución de la Unión Soviética como parte de un plan occidental destinado a minar y marginar a Rusia, hilando un relato de humillación que ignoró convenientemente los fracasos domésticos.

El relato de Putin sostiene que hacer frente a Occidente y restaurar el estatus de Rusia como una potencia mundial indispensable es esencial para corregir esta injusticia, y solo Putin tiene la capacidad para esa tarea.

Manipulación. Esta estrategia revanchista fue ejemplificada por la anexión de Crimea en el 2014, que Putin retrató como un esfuerzo por corregir errores históricos y una respuesta razonable a la expansión hacia el este de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Su nivel de aprobación se disparó 20 puntos porcentuales.

Asimismo, Putin es plenamente consciente del descalabro estratégico de Europa. Mientras Estados Unidos por lo menos merece el respeto de ser tratado como el archienemigo del Kremlin, la UE es objeto de caricaturas en los medios sumamente controlados de Rusia, como reveló el trato que le brindó Lavrov a Borrell.

Desacreditar el modelo europeo ha sido tácticamente útil para Putin, y, hasta el momento, no tuvo ningún costo. De hecho, en tanto los líderes europeos regañaban a Borrell, Alemania reafirmó su apoyo a uno de los proyectos insignia de Putin: el gasoducto Nord Stream 2, que suministrará gas directamente desde Rusia.

Para no verse superada, Europa debe espabilarse. Eso implica no solo hablar maravillas de los objetivos estratégicos compartidos, sino también tomar medidas coordinadas para llevarlos a cabo.

Quizá la desastrosa visita de Borrell a Moscú —junto con la promesa del presidente estadounidense, Joe Biden, de que los días de «dar vuelta la cara frente a las acciones agresivas de Rusia» han terminado— ofrecerá el ímpetu que Europa necesita.

Ana Palacio: exministra de Relaciones Exteriores de España y ex vicepresidenta sénior y asesora general del Banco Grupo Mundial, es profesora visitante en la Universidad de Georgetown.

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