El costarricense ya no sabe leer. De ello se sigue que ha desaprendido a escribir. El corolario de esta doble falencia es que ha olvidado cómo hablar.
Estos tres vectores resultan en la conclusión inevitable: tampoco sabe pensar. Porque se piensa desde la palabra, desde las estructuras lingüísticas, y cuando no hay estructuras, no hay pensamiento. Entre el pensamiento y la palabra existe una relación circular: él la produce a ella, y ella lo produce a él. Es justamente el tipo de causalidad específica que Morin, maestro del pensamiento complejo, hubiera llamado organizacional recursiva.
A nuestras autoridades educativas les horroriza el sempiterno problema de nuestros estudiantes con las matemáticas. Es la muralla contra la que cientos de miles de educandos se estrellan. Preocupante, por cuanto desnuda una limitación en nuestra capacidad para el pensamiento abstracto, y por otras razones que la vasta mayoría de la gente no sospecha: la matemática también es un lenguaje, autorreferencial como la música, y una experiencia sorprendentemente afín a la poesía.
No bromeo: creo que los teoremas de Tales y Pitágoras o las fórmulas notables son poesía pura. También pienso que la poesía es una ciencia exacta, la más exacta que jamás existiera. Se equivocan quienes la asocian únicamente con el mundo de lo irracional y lo emotivo. Así que, al colisionar con el farallón infranqueable de las matemáticas, nuestros estudiantes también se pierden de una de las modalidades más puras de experimentar la poesía.
Pero mi preocupación esencial es el problema de lectoescritura de los costarricenses. ¿Problema? No. Es una debacle, un desastre, el hundimiento de nuestra cordillera volcánica central. Ni leemos, ni escribimos, ni hablamos, ni pensamos correctamente. No es solo una cuestión de falta de léxico (eso siempre podrá solucionarlo un buen diccionario y un poquito de curiosidad del usuario), es la ilación lógica de las frases, la articulación verbal del pensamiento, el andamiaje del automatismo sujeto-predicado, de la sintaxis, la jerarquía de la palabras, los conceptos y los juicios, el decurso de la razón. Las premisas, las deducciones o inducciones, las falacias, los paralogismos, los silogismos, los elementos suprasegmentales del lenguaje, la formulación de un pensamiento coherente, inteligible, pulcramente enunciado.
Hasta el más pintado. Ya no somos capaces de eso. Ni remotamente. Lo veo en la forma de hablar de nuestros curas, ministros, maestros, diputados, locutores deportivos, animadores de farándula, periodistas, políticos, héroes deportivos, munícipes… aun en los profesores de Castellano y Literatura Española. Y lo siento en el nivel cadente, declinante, en la vertiginosa caída libre de la calidad y exactitud de la expresión de quienes, a lo largo de 32 años, me han enviado sus aplausos o censuras después de la publicación de mis artículos.
Ahí, sí, justamente ahí, he podido constatar, medir, preso de impotente horror, el aborregamiento colectivo de nuestra sociedad. Avanzamos hacia la afasia, el mutismo, el lenguaje de signos o de gruñidos, de gritos y onomatopeyas. Ya hay colonias de delfines y chimpancés que movilizan un código sígnico superior a las 500 palabras que constituyen el acervo léxico del costarricense medio. Nos hundimos a niveles subcetáceos y subsimiescos.
El costarricense tiene miedo a la palabra desconocida. Se le sale su endémico complejo de inferioridad, y se pone agresivo, suspicaz, belicoso. Cree que lo están insultando. “¿Por quién se toma este cretino, infligiéndome palabras que yo desconozco?”, es su reacción instintiva. Presuponen que yo uso “palabras de domingo” para hacer ostentación de mi sapiencia.
En primer lugar, tendrían que comprender que esas palabras no son para mí “de domingo”. Las uso también todos los otros días de la semana. Soy escritor. Soy un artesano, un albañil, un picapedrero de la palabra, no más que eso. Y si uso mi pico con tanta asiduidad es con la esperanza de encontrar una nueva piedra preciosa que añadir a mi colección léxica. El ser humano vive en una logosfera, en un mundo hecho de palabras. Las palabras son las unidades semánticas mínimas que nos permiten formular un pensamiento relativamente complejo (si fuera muy simple nos bastaría con una seña).
Coleccionista. Escribo desde que era un niño de cinco años. Mis primeros cuentecillos datan de esa época. Tenía a la sazón un cuaderno en el que apuntaba cada nueva palabra que aprendía. Para mí, el vocablo desconocido era un desafío, una intolerable curiosidad y, finalmente, una valiosísima adquisición para mi colección de palabras.
Como otros niños coleccionan conchas, insectos, piedras o carritos de juguete, yo coleccionaba palabras. Jamás escribía su significado, me limitaba a anotar el nuevo vocablo, memorizar lo que quería decir y esperar la primera oportunidad posible para estrenarlo. Y si la oportunidad no se daba espontáneamente, yo la fabricaba con tal de exhibir mi bella palabra. Era mi pequeño, íntimo tesoro personal. Fue una actitud sana, estimulada con inmenso entusiasmo por mis profesores y mis padres.
Hoy, a los 57 años de edad, sigo coleccionando palabras y usándolas tan pronto me parecen pertinentes. Aprender una nueva palabra no es un hecho baladí. La nueva palabra contiene una porción, una provincia, un rostro del ser, de la totalidad, del universo, que nosotros no conocíamos. Por eso, son atesorables, expanden el horizonte de nuestra comprensión de la realidad infinita y multiforme.
Cada nueva palabra es una revelación, una epifanía, algo que debe celebrarse. Nos será desvelado un segmento del ser que se encontraba oculto, a falta de nombre. Ya lo decía Juan Ramón Jiménez: “¡Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas!... Que mi palabra sea la cosa misma, creada por mi alma nuevamente, que por mí vayan todos los que nos las conocen, a las cosas!”.
Amigos, ¿cómo no amar una palabra nueva? ¡Si nos va a permitir el acceso a una parte de la realidad que no conocíamos, ensanchará nuestro mapa del mundo interno y externo! Pero muchos costarricenses no responden de esta manera ante el vocablo desconocido. Se les sale lo que tienen de montañeses recelosos, desconfiados y sordamente agresivos. Se sienten amenazados, sacan pecho, farfullan algún insulto, orinan su territorio y se dan media vuelta. Desaprovechan la oportunidad de aprender que la vida les ofrecía y corren a protegerse bajo los chuicas de su paupérrimo lenguaje.
Devorador. De nuevo: yo soy escritor. Soy una amante de las palabras. Sí, las amo, las amo locamente, como solo he amado a la música, y de una manera en que no creo haber jamás amado a mujer alguna. Por eso, las toco, las acaricio, las sobajeo, las huelo, les hago cosquillas, las beso y me las como. Soy un ogro devorador de palabras. Además, esas palabras son los ladrillitos que, con el mortero de mi imaginación, me permiten construir mis castillos de fantasía. Soy un logófilo irredento.
La palabra retórica no goza de fama en nuestros días. Bien merece ser purgada de su mala reputación. Para los griegos del siglo de Platón, la retórica era una de las disciplinas fundamentales de la educación. Se dividía en cinco partes: inventio o heuresis: hallazgo de las ideas; dispositio o taxis: ordenación de lo que se ha hallado; elocutio o lexis: organización del discurso con elegancia; actio o pronuntiatio: preparación de los gestos y entonaciones adecuadas al discurso; y memoria o mneme: memorización del discurso.
Como bien ven, amigos, la retórica no significaba hablar “pajosamente” o hablar “muy bonito”. Nada de eso. De la mano de la belleza del discurso, tenía que ir el diestro enhebrar de las ideas, la concatenación e imbricación de los conceptos, la jerarquización de las ideas axiales y de las secundarias, la coherencia de su exposición y desarrollo.
No era únicamente una ciencia del decir hermoso, sino del decir verdadero, y finalmente del decir correcto. ¡Qué lejos estamos hoy de esta veneración de la palabra y el pensamiento, y qué bien le caería a nuestros estudiantes tomar clases de retórica: la palabra trenzada al pensamiento, el pensamiento a los pies de la palabra!
El autor es pianista y escritor.