Roberto Sasso. 11 octubre

El futuro ya no es como era antes. Después de dos guerras mundiales y la amenaza de la destrucción nuclear, vino una época de esperanza y estabilidad. Hace seis décadas, el mañana era más predecible porque el mundo cambiaba lentamente.

Todos parecen hoy obsesionados con el porvenir y el entendimiento del desarrollo exponencial de las tecnologías, que además convergen entre ellas y está llevando a variadas predicciones. Algunas mejor fundadas que otras, pero casi todas interesantes, e incluso entretenidas.

Como hay más cosas sucediendo simultáneamente, y tenemos los medios para darnos cuenta de lo que pasa en cualquier lugar del planeta, sentimos que el tiempo se ha acelerado.

La manera más lucrativa de vender una visión del futuro es publicar un libro. El problema es que no se ha publicado el libro y ya necesita actualizaciones.

Adicionalmente, como cada año que pasa representa la pérdida de un porcentaje de nuestra vida, sentimos que el reloj avanza más rápido y los años duran menos. Para un niño de cinco años, el año entrante representa casi un 20 % de su vida; dura mucho. Mientras, para los baby boomers, el año entrante representa menos de un 2 %, se va en un abrir y cerrar de ojos (el secreto es no pestañear). Los adultos mayores, a diferencia de los niños, tienen claro que cada 365 días que pasan causa estragos exponenciales en el cuerpo humano.

Hace menos de cuatro años, acuñaron el término cuarta revolución industrial. Los planes, sean estratégicos o no tanto, son 4.0. Todos queremos sobrevivir y, de ser posible, prosperar en una revolución que nunca va a terminar y que va mucho más allá de la industria porque afecta todas las áreas del quehacer humano y todo rincón del planeta.

Cuando se creó el término, fueron identificadas 10 tecnologías que se están desarrollando exponencialmente y causarán serias disrupciones en la economía del planeta. A la lista ya hay que agregarle tres o cuatro más. Dentro de otros cuatro años, sin duda, será aún más larga, mucho más larga.

Precio y rendimiento. Tenemos, entonces, tecnologías cuyo precio-rendimiento ha mejorado. Un buen ejemplo son las computadoras, cuyo poder por dólar se duplica cada 18 o 24 meses: mi teléfono es una computadora 58.000 millones de veces más poderosa por dólar que la única que tenía el Ministerio de Hacienda cuando me tocó ser director de la Oficina Técnica Mecanizada, hace 41 años.

La computación sigue su ritmo vertiginoso, pero acompañada de una docena de otras tecnologías, las cuales avanzan también velozmente, muchas de ellas basadas en el poder de cómputo, como inteligencia artificial, Internet de las cosas, blockchain, impresión 3D, realidad virtual y biología digital.

Por otro lado, tenemos otras, como energía solar, baterías, edición genética, computación cuántica, ciencia de materiales y varias que no empiezo a entender.

No existe la menor duda de que las tecnologías van a cambiar el futuro y lo harán de manera muy rápida. Sobre todo, cuando comprendemos que no parece haber ningún límite en cuanto a cuáles y cómo se mezclan entre ellas para ser utilizadas en tareas insospechadas.

Investigadores de la Universidad de Stanford predicen 50.000 millones de dispositivos conectados en el planeta el año entrante y 500.000 millones diez años más tarde.

El crecimiento anual (73 %) de los sistemas de realidad virtual y realidad aumentada lleva a predecir un mercado de $750.000 millones en el 2025. La impresión 3D, de más lento crecimiento anual (29 %) llegará a un mercado de $50.000 millones en el 2025. Y esto es solo una gota de lo que está sucediendo. Para mí es bastante obvio que el futuro se ha vuelto más relevante.

Nunca antes había sido tan difícil entenderlo. Las predicciones a más de diez años suelen carecer de sentido; son batazos, tal vez educados, pero batazos al fin.

Incertidumbre. La manera insospechada como diferentes tecnologías se combinan (“convergen” es la palabra que están desgastando para describir esto) hace la prospección más compleja.

La única predicción fácil es lo que le sucederá a las sociedades que se resistan a las nuevas tecnologías, no hay ningún premio para quienes acierten esa predicción. Los luditas nunca han ganado ninguna guerra contra el progreso, y nunca lo harán.

La moda es tratar de predecir utilizando argumentos más o menos lógicos y las capacidades técnicas que estarán disponibles durante los próximos diez años. Las implicaciones económicas y políticas, en diferentes latitudes, es un asunto mucho más intrincado.

Algunas tecnologías acarrean serias implicaciones éticas y morales. Utilizar la edición genética para diseñar bebés es el ejemplo clásico, pero hay otros, como las tecnologías que extraen carbono del aire, que al parecer se están desarrollando a gran velocidad (en costo y eficacia) y serán utilizadas para socavar los esfuerzos de reducción de emisiones.

Curiosamente, la moda de predecir el futuro a partir de las capacidades técnicas tiene un trasfondo mercantilista, y ahí se derrota a sí misma. La manera más lucrativa de vender una visión del futuro es publicar un libro. Como los libros ya no hay que imprimirlos ni distribuirlos (costo marginal cercano a cero), en un mercado global las ganancias posibles son sumamente atractivas.

El problema es que no se ha publicado el libro y ya necesita actualizaciones, pues el contenido cambia tan rápido que la audiencia disminuye día tras día por falta de tiempo, no de interés.

Pronósticos a corto plazo. La moda de predecir a diez años tiene una lógica. Vaticinios a muy largo plazo suscitan menos interés, por tener menos credibilidad, y los de muy corto plazo dejan de ser predicciones prontamente, y se convierten en aciertos o errores evidentes.

Mientras la probabilidad de acertar sea mayor que cierto umbral (¿50 %?), las predicciones tenderán a abarcar plazos más cortos y se referirán no a lo que va a pasar, sino a lo que está pasando.

En latitudes donde la tercera revolución industrial no ha sido asimilada, las predicciones son bastante más fáciles, puesto que se dispone de datos de las otras latitudes que ya han pasado por ahí.

No es cierto que la humanidad nunca ha vivido tantos cambios, siempre los ha habido. La diferencia es la velocidad actual y la perspectiva de que nunca van a detenerse, o siquiera dejar de aumentar su ritmo. Esta es una revolución sin fin, o una evolución de máxima velocidad.

La necesidad de estudiar y entender el futuro está clara. Los mejores instrumentos y tecnologías para compartir el aprendizaje no son tan claros ni tan obvios. Son sujetos del mismo estudio.

El autor es ingeniero, presidente del Club de Investigación Tecnológica y organizador del TEDxPuraVida.