Iván Molina Jiménez. 26 agosto

El inspector de escuelas del segundo circuito escolar de Heredia, Remberto Briceño Álvarez, se propuso en 1922 crear una biblioteca circulante para el servicio de los maestros a los que supervisaba.

Su iniciativa tuvo como precedente un proyecto impulsado en 1915 por Luis Felipe González Flores, ministro de Educación Pública durante el gobierno de su hermano Alfredo González Flores (1914-1917), para que la Biblioteca Nacional tuviera una sección circulante, que permitiera a los maestros llevarse en préstamo a sus casas un máximo de dos libros al mes.

Poco se conoce sobre la acogida que tuvo la propuesta ministerial, pero es posible que sucumbiera a corto plazo después de que Alfredo González Flores fue derrocado y se inició la dictadura de Federico Tinoco Granados (1917-1919).

A casi un siglo de distancia, la biblioteca circulante impulsada por Briceño evoca una cultura educativa cada vez más distante, en la cual el libro y la lectura disponían aún de un espacio estratégico en los procesos de enseñanza.

Luego del colapso del régimen tinoquista y del retorno a la democracia, por iniciativa del pedagogo español Antonio Gámez, se formó en Puntarenas el Club de Amigos, el cual estableció una biblioteca circulante en febrero de 1920. Según Gámez, “la mayor parte de los maestros de la localidad” aprovechaban las obras que había allí y algunos eran “asiduos concurrentes”.

Financiamiento. A diferencia del proyecto de González Flores, que suponía utilizar los diversos recursos de que disponía la Biblioteca Nacional, y de la propuesta de Gámez, apoyada por un club privado, la iniciativa de Briceño, puesta en práctica a mediados de 1922, fue estrictamente personal.

El inspector empezó por solicitar la cooperación de los directores y docentes de las escuelas adscritas a su circuito, quienes acogieron su proposición “con vivo empeño”. Quizá, Briceño se valió de su posición de poder para convencerlos de que lo apoyaran; tal vez, esa participación fue predominantemente espontánea; o, a lo mejor, presión y colaboración voluntaria se combinaron en grados diversos.

Sea como fuere, a finales de julio, las escuelas involucradas en el proyecto, pertenecientes a los cantones de Barva, Santa Bárbara, Flores y San Rafael, habían recolectado la suma de ¢305 (unos ¢3 millones actualmente).

Para recaudar ese monto, catorce escuelas aportaron una contribución promedio de casi ¢21,80, recolectados mediante la realización de diversas actividades como rifas, veladas y turnos, además de algunas suscripciones.

Reglamento. Al tiempo que se recaudaban los fondos, Briceño se comunicó con el escritor, editor del célebre Repertorio Americano y exministro de Educación Pública, Joaquín García Monge, para que, en su condición de director de la Biblioteca Nacional, recomendara cuáles libros comprar.

Simultáneamente, Briceño —probablemente con la colaboración de los directores escolares— comenzó a elaborar el reglamento de la biblioteca circulante, el cual fue terminado el 7 de agosto y publicado en La Gaceta del 25 de agosto de 1922.

De acuerdo con las normas establecidas, la supervisión general de la biblioteca estaría a cargo de una junta, compuesta por los directores de las escuelas del circuito, la cual nombraría, de entre sus miembros, un consejo ejecutivo, integrado por un presidente, un vicepresidente, un secretario, un tesorero y tres vocales. La primera directiva estuvo conformada por cuatro varones y tres mujeres.

Tal consejo, que se reuniría todas las veces que fuera necesario, se encargaría de administrar la biblioteca, en particular, de continuar con la recaudación de dinero, de recibir y tramitar las solicitudes para comprar nuevas obras y de “hacer efectiva cualquier reclamación de libros perdidos o deteriorados, al maestro responsable”.

Circulación. El funcionamiento de la biblioteca se organizó en dos períodos principales. Durante los meses de vacaciones, las obras adquiridas estarían bajo el cuidado de la Escuela Pedro Murillo, de Barva, a cuyo director los maestros interesados podrían solicitar cualquier libro que desearan leer. Sin embargo, una vez iniciado el período lectivo, la biblioteca comenzaría a circular entre los diferentes cantones y permanecería en la escuela ubicada en cada cabecera cantonal por un máximo de dos meses.

Para evitar el extravío y el maltrato de los libros, se estableció un cuidadoso registro y cada una de las obras fue sellada con una inscripción que indicaba “Biblioteca Circulante del Maestro, provincia de Heredia".

Todo docente, al solicitar un libro en préstamo, estaba obligado a completar y firmar una fórmula, en la cual debía indicar el título de la obra, el nombre de su autor y las fechas de entrega y de devolución.

Al finalizar el ciclo lectivo, los directores de las escuelas ubicadas en las cabeceras cantonales remitirían, "con todos los cuidados del caso, los libros recibidos” a la persona que dirigía la escuela de Barva, quien estaba en la obligación de verificar que no hubiera pérdida ni deterioro de las obras.

Inauguración. Para incentivar una lectura efectiva, en el reglamento se dispuso que los directores de las escuelas de las cabeceras cantonales llevarían un registro de los libros disponibles y “los nombres de los maestros lectores y los de las obras leídas”, información que sería brindaba a la inspección escolar al final del año o cuando tal instancia tuviera a bien solicitarla.

Finalmente, los organizadores de la biblioteca establecieron que, en caso de que fuera inevitable clausurar el proyecto, los libros existentes se repartirían “de la manera más equitativa” posible entre las escuelas participantes.

Establecidas las normas de funcionamiento, la biblioteca circulante fue inaugurada por García Monge en la mañana del sábado 12 de agosto de 1922, en la sala magna de la Escuela Normal, ubicada en la ciudad de Heredia.

Libros. A inicios de setiembre de 1922, la biblioteca circulante estaba compuesta por 65 títulos, de los cuales 21 correspondían a temas científicos o tecnológicos, 14 a obras literarias (principalmente novelas y cuentos) y 11 a asuntos educativos y pedagógicos.

Los 19 títulos restantes se distribuían entre algunas obras de historia, geografía, filosofía, psicología, salud e higiene, y biografías de personajes célebres, como la escrita por el poeta colombiano Cornelio Hispano (1880-1962) sobre Simón Bolívar.

Como era común en la época, los escritores costarricenses tenían poco espacio en la biblioteca circulante, ya que concurrían con solo cinco títulos: Geografía patria, de Miguel Obregón; La propia, de Manuel González Zeledón; De Atenas y la filosofía, de Rómulo Tovar; y Crónicas coloniales y La miniatura, de Ricardo Fernández Guardia.

Desprovista de libros sobre asuntos políticos y religiosos, la biblioteca exhibía como una de sus obras más novedosas Einstein y el universo, texto publicado en 1921 por el astrónomo francés Charles Nordmann (1881-1940). Su rápida traducción al español contribuyó a la divulgación de la teoría de la relatividad en Hispanoamérica.

A casi un siglo de distancia, la biblioteca circulante impulsada por Briceño evoca una cultura educativa cada vez más distante, en la cual el libro y la lectura disponían aún de un espacio estratégico en los procesos de enseñanza.

El autor es historiador.