Roberto Sasso. 20 diciembre, 2020

Cada día hay más aparatos «inteligentes». El abaratamiento y la miniaturización del poder de cómputo lo hizo posible.

El teléfono inteligente no es más que una computadora muy pequeña con procesador y memoria suficientes para correr distintas aplicaciones, una de la cuales utiliza la antena celular para efectuar llamadas.

Para que un artefacto sea inteligente, necesita un procesador, memoria para manejar y almacenar datos y sensores (como antenas, teclados y pantallas) que posibiliten la entrada y salida de la información.

Todo automóvil moderno viene con millones de líneas de programación en sus computadoras y con decenas de sensores para detectar, mediante la presión de las llantas, la cercanía con otros vehículos, la vibración de la suspensión, la temperatura y la presión del aceite (presumiendo que sea de la vieja escuela de combustión interna).

Las computadoras a bordo pasan constantemente recabando información gracias a lo dispositivos que detectan una determinada acción externa, la comparan con lo parámetros establecidos y cuando hallan diferencias encienden una alarma.

Si a la programación se le agrega un poco más de inteligencia, advertiría cuando el chofer intenta estacionarse, calcularía la distancia entre la acera y el auto y, consecuentemente, el ángulo en que debería cruzar. Es decir, ayudaría al conductor a realizar un estacionamiento perfecto en el primer intento.

Instrumentos y enseres

Ya no es posible adquirir un televisor que no sea inteligente. Todos son fabricados con un procesador y suficiente memoria para correr aplicaciones de contenido en directo (streaming).

El entretenimiento basado en contenido está siempre bajo el control del usuario, quien decide qué consumir y cuándo.

Los relojes de pulsera inteligentes marcan más que la hora. Los jóvenes se refieren a los antiguos relojes como monofuncionales. Los modernos cuentan los pasos que uno da durante el día y las escaleras que sube o baja y miden el ritmo cardíaco y la calidad del sueño, entre otras funciones.

Los resultados de esta enorme cantidad de información son transmitidos al teléfono inteligente, y con suerte algunos los descargarán en la computadora personal para análisis más elaborados (o más privados).

Las refrigeradoras inteligentes, además, poseen un escáner de códigos de barras para llevar la cuenta de los artículos cuando los guardamos o los sacamos, calculan el peso para determinar cuándo una caja o botella está cerca de quedarse sin contenido.

Se comunican a través de una pantalla en la puerta o conectadas a la Internet de la casa para enviar mensajes directos al supermercado con instrucciones de cuándo y dónde hacer la entrega de los productos requeridos, a fin de cumplir con los parámetros establecidos por el dueño: por ejemplo, nunca debe faltar la leche.

Una vida más amena

Millones de hogares alrededor del planeta tienen instalados dispositivos conectados a la Internet o inteligencia artificial con micrófonos y parlantes, que se comunican con los usuarios en un lenguaje casi natural y ejecutan acciones para facilidad de los seres humanos

Amazon, Google, Apple y Microsoft son algunos de los proveedores de estos artefactos. El software de inteligencia artificial suele ser bautizado con nombres femeninos, por alguna razón que desconozco.

Se supone que cuando el usuario pronuncia el nombre —por ejemplo, Alexa—, el aparato empieza a escuchar, pero no hay nada técnico que le impida estar escuchando y grabando absolutamente todo lo que decimos.

Dicha inteligencia también está disponible en los teléfonos. Siri es un ejemplo de esta. Dirigiéndose al teléfono o al aparato en la sala de la casa, uno registra un recordatorio, solicita música (en los parlantes o en otro amplificador), pregunta el estado del tiempo en algún lugar del planeta: ¿Lloverá en Cartago mañana en la tarde? El límite lo define quien lo utiliza.

Medidores

En la reunión mensual del Club de Investigación Tecnológica, recientemente tuvimos una presentación de Manrique Pérez, director de sistemas de Coopelesca.

Su presentación giró en torno a la integración de las tecnologías de operaciones con las de información. Específicamente, las de operaciones se están volviendo inteligentes y, por lo tanto, convergiendo con la tecnología de la información.

Dicho de otro modo, los aparatos industriales para controlar la producción son digitales, poseen procesador y memoria y van mucho más allá de volver la producción más eficiente, porque agregan mucho valor al cliente final.

La cooperativa instalará medidores que, además de llevar a cabo el trabajo sin intervención humana y enviar el consumo al sistema de facturación, ejecutarán muchas otras cosas.

Permitirán, por ejemplo, la energía prepagada, así, la distribuidora eliminará el riesgo crediticio y tal vez se traduzca en una rebaja en la tarifa. El cliente, aparte de un mejor precio, podría controlar el consumo.

Es posible que estos medidores alerten al cliente sobre variaciones en el patrón de consumo si alguien deja el horno encendido más de cierto número de horas, entre otras ventajas.

Con estos dispositivos, la facturación no tiene por qué ser mensual, sino adecuarse a las necesidades del cliente: semanales o quincenales, según la fecha de pago de los salarios.

Obviamente, el tiempo transcurrido desde la lectura del consumo hasta la emisión de la factura ya no se medirá en semanas ni en días, sino en minutos.

No tengo la menor duda de que los aparatos inteligentes seguirán invadiendo nuestras vidas, no todos serán del agrado general, pero creo que tendremos algunos más útiles, que harán nuestras vidas más fáciles o amenas.

También es cierto que conforme aumenta la inteligencia en nuestros dispositivos, y estos se comunican entre sí, con la llamada Internet de las cosas los riesgos aumentan, por lo menos de forma proporcional a la cantidad de aparatos y datos en circulación.

Aprender a vivir con las contantes amenazas a la ciberseguridad requerirá un cambio cultural sin precedentes. No sé si será absolutamente necesario ser paranoicos.

El autor es ingeniero.