Luego de anunciar que el presidente Alvarado sí traerá “el cambio”, Ottón Solís sentenció: “El anterior mandatario, en vez de escoger ser el primer presidente de la nueva política, escogió ser el último presidente de la política tradicional”. No me interesa escribir sobre la justicia de esa condena ni sobre la razonabilidad de ese entusiasmo.
Lo interesante, para mí, es esa polaridad viejo/nuevo que estructura la frase. Vieja (o tradicional) y nueva política, para ser exactos. Y para eso, para ser exactos, más vale que nos tomemos en serio las palabras y las expresiones que con ellas se construyen, y que hurguemos cuanto sea necesario en su sentido.
Esta polaridad presupone, como puede apreciarse en la misma cita, la idea de cambio. Cambio que, tratándose del ejercicio del poder político, por su componente temporal y generacional, implica relevo, y por su potencialidad transformadora, fuerza revolucionaria.
Un par de ejemplos bastan para ilustrarlo. Víctor Ramírez, en la transmisión de canal 7 durante el traspaso de poderes Chinchilla–Solís, hace cuatro años, afirmaba: “Hoy empieza el siglo XXI de la política costarricense”. Marcela Guerrero, explicando por qué publicitaría un WhatsApp de Celso Gamboa, argumentaba: “El 4 de abril (sic) lo que nosotros tuvimos es (sic) una revolución cultural”. Insisto, no importa aquí cuándo deba fecharse el inicio del tiempo nuevo ni, claro, qué grado de connivencia tolera entre curules y estrados. Lo relevante es la idea de novedad y superación, por oposición, del pasado.
Progreso. El mito de fondo, evidentemente, no es el del paraíso perdido, sino el del progreso. Nótese que ni siquiera es necesario justificarlo: lo nuevo, per se, es mejor que lo viejo. Y en política, pues lo mismo. El “pasado” (que siempre es el presente que se sueña estar a punto de dejar atrás) agobia, abruma, apesta. No tanto por esto o por aquello, sino, básicamente, porque no satisface. Ni puede hacerlo.
El descontento, decía Ortega, es lo propio del ser humano, “el único ser que echa de menos lo que nunca ha tenido (…) un como dolor que sentimos en miembros que no tenemos. Y el conjunto de lo que echamos de menos sin haberlo tenido nunca es lo que llamamos felicidad (…) esa extraña condición que hace del hombre el único ser infeliz precisamente porque necesita ser feliz (…) porque necesita ser lo que no es”.
Asumir lo anterior no es fácil y toma tiempo. Lo “natural”, en cambio, sea uno adolescente o mayor sin haber madurado, es lo que Nietzsche identificó como la búsqueda de un causante responsable que posibilite el alivio del desahogo: “Yo sufro, alguien tiene que ser culpable”. Ese alguien, por razones que debemos ahorrarnos para no perdernos, son, antes que cualquiera, los padres y los políticos.
Y si la confrontación política adquiere un clivaje generacional, peor. La vieja política es la política de los viejos que nos gobiernan. Fue el caso del político español Pablo Iglesias y su partido Podemos, fundado en marzo del 2014. Un discurso demoledor contra la “vieja política”, identificada con la generación de la transición a la democracia, a la que urgía “echar de las instituciones” para implantar la “nueva política” que, claro, es la de ellos. Hasta ahora, eso sí, lo único nuevo es el chalet de 600.000 euros que se compraron Iglesias y su pareja en la sierra de Madrid.
Hace cien años. El encuadre, sin embargo, no se lo inventaron en Podemos. Cien años antes, en marzo de 1914, en el Teatro de la Comedia en Madrid, Ortega, de 30 años, dictó la conferencia “Vieja y nueva política”, en la cual, hablando en nombre de su generación, notificaba a la del 98 y al régimen de la Restauración, su caducidad.
La dureza del juicio antisistema y la desmesura de los insultos de Iglesias contra quienes llevan gobernando España desde los ochenta, no son nada comparadas con las de este primer Ortega: la España vieja de la vieja política es un “inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie solo por el equilibrio material de su mole (…) que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida”.
En consecuencia, anima a su generación, la nueva, a repudiar a la vieja, “sus cadavéricos rasgos, obligarla a ocupar su sepulcro” y “si se obstina en no morir definitivamente, yo os diría (…) que nuestra bandera tendría que ser esta: la muerte de la Restauración. Hay que matar bien a los muertos”. Y es, entre otros, a su tío, a su papá y a Unamuno, a quienes espeta esta diatriba.
En nuestro terruño, lo mismo. Manuel Solís (La institucionalidad ajena) hace un agudo análisis de las publicaciones en Surco, en los años 40, de la muchachada del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales: “Describían a los políticos-padres como una fauna parlante, como personas vacías cuyas bocas eran cloacas putrefactas. Los padres producían asco y náusea”. Un conflicto edípico excitado por el fervor refundacionista del profeta obsesionado con la idea del gran diluvio que purifica la tierra, dejándola lista para ser repoblada a partir de su simiente santa.
De eso va, precisamente, el bautismo, de sumergirse para que muera lo viejo y surja lo nuevo. O, en la transparente metáfora de don Ottón, “don Luis Guillermo apenas tocó con los dedos la piscina ética del PAC, mientras que Carlos se bañó y se baña en esas aguas”.
Ejemplos. La verdad es que sobran los ejemplos de este enmarcado discursivo por estos días. Uno incluso titulado así, “Vieja política y nueva política”, por Fernando Berrocal en la prensa nacional y en el que afirma que don Carlos está obligado a “sentar las bases de la nueva política”, pues “la ciudadanía está harta de la vieja política”.
La verdad es que el cuento de la nueva política es como el de la nueva izquierda, de la que se hablaba ya en los años 50. Vez tras vez se hacía la declaración de intenciones de articular “una nueva izquierda” porque la anterior, que también era nueva, resultaba que ya nacía vieja. Miren, la política es como es porque sus actores son seres humanos. Una nueva política requeriría de un “hombre nuevo” y ese, ya se sabe, está por estos días ocupado reprimiendo a las juventudes nicaragüenses.
Me quedo, mejor, con el título de otro artículo, este de Ernesto Rivera: “Trabajar y concretar, el llamado de la época”. ¡Eso, por Dios! Tenemos que hacer. Y tenemos que hacer una cosa. Los costarricenses tenemos una asombrosa capacidad para distraernos y desenfocar el debate público de aquello que realmente importa. Tendemos a rodear la raíz de los problemas para tropezarnos en sus más insignificantes ramificaciones. Entre nosotros sobran, además, los cruzados monotemáticos para los que su causa (noble y justa, nadie lo niega) justifica incendiar el mundo, así como los guardianes de esencias, dispuestos siempre a bloquear lo posible por su obsesión con lo ideal.
Dejemos de lado las tonteras de la nueva política y las revoluciones de algodón de azúcar y concentrémonos en lo importante. Es hora de asumir la actitud del arquero que tensa el arco, tensa sus músculos y clava su mirada en un objetivo único como si en este se le fuera la vida. Porque, de hecho, se nos va.
La administración Alvarado Quesada tiene un reto de formidable complejidad por delante y se llama déficit fiscal. Es el principal problema del país por la sencilla razón de que es el que tiene la virtualidad de afectar de manera más lesiva al mayor número de costarricenses. Todo lo demás es secundario y desde una ética de la responsabilidad política es válido postergarlo en favor de este objetivo fundamental.
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Resolverlo conlleva acción política pura y dura, es decir, repartir sufrimientos y cargas. En los ingresos y en el gasto. Ganarse la rabia de los que solo quieren derechos sin deberes y también de los idealistas y de los tecnócratas, cuyo exquisito paladar rechaza todo acuerdo que no se avenga a sus principios o a su técnica. Y escoger soluciones subóptimas y, olvídenlo, no consensuadas con todo el mundo.
La naturaleza de la política es la negociación, sí, pero también la imposición. Sí, la imposición también. Y sí, con el uso de la fuerza legítima del Estado de ser necesario. Si bajo el liderazgo de don Carlos, como sociedad, logramos esto, solo esto, esto que no pudimos bajo el de don Abel, don Óscar, doña Laura y don Luis Guillermo, esta y futuras generaciones le estaremos agradecidos.
El autor es abogado.