Columnistas

Nuestra identidad compartida

Las diferencias se basan menos en lo que pensamos y más en lo que somos, o lo que creemos que somos en determinado momento

En el 2021 celebramos 200 años de vida independiente, es decir, de ser costarricenses. Hoy somos poco más de 5 millones de personas muy diversas. A la diversidad han contribuido, entre otros factores, las múltiples razas y etnias que durante dos siglos han confluido en este pequeño territorio, la transición de una sociedad cerrada y vertical hacia una cada día más abierta y horizontal, las migraciones, la presencia de otras religiones y creencias —además de la que trajeron los españoles—, los cambios de modelo social y económico que hemos experimentado y la globalización. A pesar de la pluralidad, tenemos en común esa cosa intangible que es ser y sentirnos costarricenses.

Por eso, cuando conocemos a una persona costarricense en el extranjero, muchos sentimos como si la conociéramos de antes; se despierta una especie de lazo tribal que nos une, al menos temporalmente. Y aunque nos quejamos a rabiar de nuestros problemas, al salir de Costa Rica, la mayoría sentimos orgullo de ser costarricenses y por el buen nombre internacional del que goza el país. Cuando alguien lo alaba, se nos hincha el corazón como si cada mérito nacional fuera nuestro.

Siempre me asombra la naturaleza amalgamadora del sentimiento costarricentrista: frente al rival o al crítico, nuestras diferencias se achican y se agranda el nacionalismo. Cuando juega la Selección, femenina o masculina, millones de costarricenses sienten su nacionalidad con más fuerza que ser saprissistas, liguistas o florenses, y serían capaces de abrazar a quien esté a su lado, sin importar si es pro o antivacuna, si es de derecha o de izquierda, si quiere explotar petróleo o si es ambientalista. A miles de costarricenses la piel se nos eriza unánime cuando vemos a las hermanas Andrea y Noelia Vargas, a Nery Brenes, a Sherman Guity, conquistar una presea.

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