
La democracia liberal atraviesa uno de sus momentos más complejos y controvertidos desde el inicio de la tercera ola de democratización, a mediados de la década de 1970.
El reciente informe 2026 del Instituto V-Dem, de la universidad sueca de Gotemburgo, que lleva como título “Unraveling the Democratic Era”, muestra –tesis con la cual coincido– que no estamos ante una recaída pasajera ni frente a una simple “fatiga democrática”: estamos ante una nueva era de autocratización.
En paralelo, el informe de Freedom House 2026 –“The Growing Shadow of Autocracy”– señala que la libertad global disminuyó por vigésimo año consecutivo en 2025. En total, 54 países registraron retrocesos en sus derechos políticos y libertades civiles, mientras que solo 35 mostraron mejoras.
En sentido contrario –para mi sorpresa y la de muchos otros analistas–, el Índice de Democracia 2025 de la Unidad de Inteligencia de The Economist, dado a conocer esta semana, plantea una conclusión distinta: tras casi una década de retrocesos, el deterioro global de la democracia habría entrado en una fase de estabilización y, por primera vez en años, los datos serían más alentadores que negativos.
Con la notable excepción de Estados Unidos, el informe indica que más del 85% de las democracias plenas y defectuosas que monitorea el Índice se mantuvieron estables o registraron mejoras. A partir de esta evidencia, sus autores formulan una pregunta central: ¿ha llegado a su fin la recesión democrática? En mi opinión, la respuesta es negativa.
Deterioro global
Lo más inquietante de este proceso no es solo su escala, sino su localización. La autocratización ya no se concentra exclusivamente en Estados periféricos o democracias de baja intensidad. Ha llegado al corazón mismo del orden liberal occidental. Según V-Dem, por primera vez en más de medio siglo, Estados Unidos ha perdido su estatus de democracia liberal.
Pero el deterioro democrático de Estados Unidos –fenómeno en el que coinciden ambos informes– no debe interpretarse como una anomalía aislada, sino como parte de una tendencia global. Según V-Dem, a fines de 2025 el mundo registraba 92 autocracias frente a 87 democracias. El dato más elocuente es demográfico: el 74% de la población mundial vive hoy en autocracias, mientras que apenas el 7% reside en democracias liberales, encabezadas por Dinamarca, Suecia, Noruega, Suiza, Estonia e Irlanda.
La evidencia apunta, asimismo, a un declive sostenido. Mientras 44 países (casi una cuarta parte del total mundial) se encuentran en procesos de autocratización, solo 18 están democratizándose. A ello se suma un cambio de peso significativo: en 2025, más personas vivían en autocracias cerradas (28%) que en democracias electorales y liberales combinadas (26%). En conjunto, estos datos reflejan que la democracia liberal no solo ha dejado de expandirse, sino que ha pasado a ser, en términos demográficos, una condición claramente minoritaria.
El informe de la Universidad de Gotemburgo permite observar no solo dónde avanza la autocratización, sino cómo lo hace. La herramienta más extendida sigue siendo la censura de medios. A ello se suma la represión creciente de la sociedad civil, presente en 30 países, y el deterioro de la calidad de las elecciones, que empeoró en 22 países durante 2025 y solo mejoró en siete.
La libertad de expresión es el componente más dañado de la democracia global: 44 países registran retrocesos y solo 11 países muestran avances. La conclusión es inequívoca. La nueva autocratización no necesita abolir las elecciones; le basta con vaciarlas de sustancia, restringir el pluralismo, intimidar a la prensa y debilitar, paso a paso, los mecanismos de división de poderes y rendición de cuentas.
Regiones
Europa no logra esquivar esta ola de desmoronamiento: siete países están afectados por procesos de autocratización: Hungría, Serbia, Grecia, Eslovaquia, Eslovenia, Italia y Rumanía (los primeros cuatro figuran entre los de mayor autocratización).
América Latina ofrece un panorama de claroscuros. De acuerdo con V-Dem, en 2025 la región se mantiene como la segunda más democrática del mundo –con cerca del 71% de su población en regímenes democráticos, pero apenas un 5% en democracias liberales–, aunque su trayectoria de largo plazo sigue siendo descendente. Tras un repunte puntual en 2023 –Brasil, República Dominicana, Guatemala y Bolivia–, la tendencia vuelve a deteriorarse, arrastrada por retrocesos de autocratización acelerada en México, Perú y Argentina. La heterogeneidad es marcada: mientras Uruguay, Costa Rica y Chile sostienen estándares elevados de calidad democrática, en el otro extremo persisten regímenes autoritarios como Cuba, Nicaragua y Venezuela, junto con la deriva de El Salvador y el colapso de Haití.
Por el contrario, The Economist ofrece una lectura más optimista y sugiere el fin de casi una década de retrocesos, con mejoras en más de la mitad de los países de Latinoamérica. Sin embargo, a mi juicio, el diagnóstico de V-Dem –de erosión democrática persistente, aunque desigual– ofrece una caracterización más precisa de la trayectoria de los últimos años y del deterioro institucional que aún predomina en la región.
Reflexión final
¿Hay espacio para un optimismo prudente? Sí, pero acotado.
Coincido con la conclusión central del informe de V-Dem: el mundo ha cruzado un umbral peligroso. La democracia ha pasado a configurarse como un régimen en disputa, presionado desde el exterior por autocracias consolidadas y erosionado desde dentro por líderes que, una vez en el poder, utilizan las propias instituciones democráticas para vaciarlas progresivamente de contenido.
Por ello, la cuestión ya no es si la democracia está en retroceso. La evidencia acumulada en los informes de V-Dem y Freedom House –pese a la lectura más optimista de The Economist, con la que discrepo– confirma que así es. La verdadera incógnita es otra: si las sociedades democráticas serán capaces de reaccionar a tiempo para defender sus instituciones, reconstruir su legitimidad y renovar un contrato social que articule libertad, representación y eficacia; o si, por el contrario, terminará imponiéndose una contraola autoritaria de mayor alcance y duración.
Ambos escenarios se mantienen abiertos. Pero su desenlace no dependerá únicamente de gobiernos o élites políticas. También dependerá –de manera decisiva– de las convicciones y la conducta de los propios ciudadanos. Porque, en última instancia, la democracia no se erosiona ni se renueva en abstracto: se sostiene –o se pierde– en la acción de quienes creen en ella y están dispuestos a defenderla: sin demócratas comprometidos, no hay democracia que perdure.
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Daniel Zovatto es director y editor de Radar Latam 360.