Jacques Sagot. 13 mayo, 2018

Feuerbach, Schopenhauer, Nietzsche, Darwin, Marx y Freud son todos pensadores “del desencanto”. No somos libres: una fuerza ciega juega con nosotros y genera todas nuestras acciones (aun nuestras formas de resistencia a su empuje de sunami han sido “presupuestadas” por ella: la Voluntad).

El hombre no es el terminus ad quem de la creación: es apenas un tránsito, algo que debe ser trascendido, una etapa hacia el Übermensh. No somos ángeles caídos, sino monos a quienes se les cayó la cola. Por otra parte, somos meros productos de configuraciones materiales y de infraestructuras, tales como la economía, las relaciones de producción, la organización del trabajo: nuestra religión, arte, ideología, filosofía, mitología, valores éticos son todos subproductos de esta plataforma.

Ni siquiera podemos encontrar consuelo en el hecho de ser la única criatura racional en el planeta: nuestra “razón” está determinada por un oscuro subsuelo subconsciente que dicta lo sustantivo de nuestra conducta, que nos habita, tal un “otro”, un inquilino indeseado alojado en las reconditeces del cerebro.

Deposesión de todos nuestros títulos de gloria. Desacralización del universo. Como es natural, el mundo experimenta por estos “pervertidores de menores” una mezcla de admiración, gratitud y resentimiento. Nos violaron, nos desvirgaron. La inocencia robada. Pero esa inocencia no era imbecilidad, una especie de estado de superstición del que urgía despertarnos, no.

Estoy hablando de una inocencia lúcida, sustituida por una “lucidez” ciega. Su “pecado” consistió en retrotraer lo antiguamente juzgado trascendental a un régimen de inmanencia (todo sería, según ellos, explicable en términos biológicos, neuroquímicos, psíquicos, sociales o materiales: realidades inherentemente humanas).

Coraza. A decir verdad, nunca sentí que me hubiesen arrebatado nada. No podrían hacerlo. Los artistas tenemos inmunidad contra este tipo de “despojamientos”. Creo aún y siempre en lo trascendental, esto es en aquello que desborda al tiempo que informa la naturaleza humana (llámenlo como quieran).

La sinapsis neuronal de una zona particular del cerebro no basta para explicar la Divina comedia, o así no fuese más que un simple Ländler de Schubert. La represión sexual no basta para explicar las místicas visiones de Teresa de Ávila. La ideología de clase no basta para explicar la poesía romántica. No todas las respuestas están dentro de nosotros. Pretender tal cosa no es sino llevar a sus últimas consecuencias el viejo antropocentrismo de Protágoras (“el hombre es la medida de todas las cosas”).

El materialismo —y por él entiendo toda filosofía que se niegue a buscar respuestas en otra cosa que no sea la materia— y el “inmanentismo” no son el despuntar de una nueva era, son, antes bien, el punto exacto en que nuestro milenario narcisismo antropocéntrico se quiebra e inicia su irreversible proceso de senectud. Mala cosa, confundir el alba con el crepúsculo. ¿Puede la materia autoconocerse? Si el cerebro es una causa sui, ¿quién le gira al capitán las órdenes?

Más allá de lo humano. Me niego a aceptar que la Fantasía en do mayor Op. 17 para piano de Schumann sea únicamente el resultado del desorden bipolar o esquizoide de su autor. Música de ese nivel no proviene de lo humano, no tiene su origen en lo humano.

Siendo una actividad antonomásticamente humana, la música no procede de nosotros. Es una de las pocas certezas que medio siglo haciendo música me han deparado. ¿Musas, duendes, ángeles? Esas son tan solo figuras mitológicas que dan rostro y forma a una fuerza imponderable e innombrable que nos anima, que nos permite escribir El Quijote o dar forma al David. No puedo nombrarla porque es infinitamente superior a mí, y lo único que ante ella puedo hacer es callar y guardar silencio.

Creo que el ser humano no es mero inmanentismo, creo que tiene una dimensión trascendente en el espacio y en el tiempo, y es ella la que nos permite crear y volar. Feuerbach, Schopenhauer, Nietzsche, Darwin, Marx y Freud creyeron haber dado con la esencia de la naturaleza humana. Sus aportes son invaluables, sí, pero también parciales y limitados. Somos más, mucho más que todo lo que ellos entrevieron.

El arte —inexplicable en términos puramente materialistas— es una buena prueba de ello, pero de eso, amigos, hablaremos luego.

El autor es pianista y escritor.