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La muerte anunciada y garantizada de las dictaduras latinoamericanas

Pese a contar con un cómodo grado de tolerancia frente a fraudes, represión y corrupción de parte de la olvidadiza comunidad internacional, estas dictaduras caerán por implosión o por explosión, pero caerán

Daniel Ortega y Nicolás Maduro juntos durante ceremonia en Caracas
Nicolás Maduro, gobernante de Venezuela, junto a Daniel Ortega, su homólogo de Nicaragua, en Caracas, el 10 de enero de 2025, cuando Maduro asumió su tercer mandato en medio de una polémica global. FEDERICO PARRA
Daniel Ortega y Nicolás Maduro juntos durante ceremonia en Caracas
Nicolás Maduro, gobernante de Venezuela, junto a Daniel Ortega, su homólogo de Nicaragua, en Caracas, el 10 de enero de 2025, cuando Maduro asumió su tercer mandato en medio de una polémica global. (FEDERICO PARRA/AFP)

Las dictaduras del siglo veinte en América Latina se consolidaban gracias al respaldo concertado de las oligarquías, las jerarquías católicas, el ejército de cuyas filas el tirano de turno generalmente provenía, y el gobierno de Estados Unidos, todos temerosos del comunismo soviético según el credo de la Guerra Fría. Una silla de cuatro patas. No eran dictaduras con base popular, ni eran populistas, salvo la de Perón en Argentina, y se asentaban en la represión que creaba miedo y silencio, en los golpes de Estado, cuando no en los fraudes electorales, y en la corrupción rampante.

Bastaba que alguna de esas cuatro patas fallara para provocar la caída del dictador, lo que daba paso a un golpe de Estado que encabeza otro caudillo militar, o se abrían periodos más o menos democráticos, siempre esporádicos; es lo que ocurrió en 1944 en El Salvador, con el general Maximiliano Hernández Martínez, y en Guatemala con el general Jorge Ubico, cuando en plena Guerra Mundial ambos coqueteaban con el nazismo, y Estados Unidos les zafó el hombro. Cayeron por consecuencia de rebeliones militares antecedidas por las huelgas y protestas callejeras, solo que en El Salvador los militares retrógrados siguieron en el poder con el respaldo de la oligarquía, y en Guatemala se abrió el periodo de la revolución democrática con el doctor Juan José Arévalo en la presidencia, hasta que Estados Unidos, otra vez, derrocó a Jacobo Árbenz en 1954.

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