Síntesis extremada de lo que a principios del siglo XIX escribió Schopenhauer a propósito del fracaso de ciertas misiones cristianas: mal le va a una iglesia si sus misioneros (o su dogma) no están a la altura de los potenciales conversos . Este fue el primer gran pensador alemán en anotar que “en la India los brahmanes [recibían] las prédicas de los misioneros europeos con una sonrisa de condescendencia o encogiéndose de hombros”, probablemente porque sentían que sus creencias eran espiritualmente más profundas y más respetuosas de la naturaleza que las del cristianismo. Observó, además, que mientras los gobiernos europeos prohibían todo ataque a sus religiones nacionales , no vacilaban en enviarles a los budistas y a los brahmanes “misioneros que atacan […] las religiones locales para hacer sitio a la suya, traída desde fuera”; y llamaba a no ver con extrañeza el que de vez en cuando en Oriente les cercenaran las cabezas a algunos de aquellos iluminados mensajeros.
En efecto, ¿cómo esperar que el creyente de una religión oriental se dejara convertir, digamos, por los predicadores de una iglesia inventada caprichosamente por un lascivo rey de Inglaterra? Dudas similares sugiere el alborozo expresado por los líderes occidentales tras el “gran paso” que, según ellos, dio la moderna “religión democrática” de Occidente con el intento electoral escenificado hace poco en Afganistán. Baten palmas porque el proceso comicial más probadamente manipulado de la historia moderna tuvo el único resultado permisible por el ocupante: la reelección de un gobernante de suyo ilegítimo, exasesor y dúctil marioneta del consorcio petrolero que desde mediados de la década de 1990 –¡mucho antes de la destrucción de las Torres Gemelas–- proponía y planeaba el inicio de una guerra dirigida específicamente a controlar el paso, por el territorio de aquel atormentado país, del petróleo de Asia central: en 1998, testificando ante una comisión del Congreso de EE. UU., un vicepresidente (Maresca) de la empresa Unocal expuso la necesidad de ocupar Afganistán con el fin ya mencionado (el texto completo de aquel “testimonio” está disponible en la Web).
Otrosí: dos auditorías de la ONU y testimonios de miembros de su misión en Kabul revelaron que parte del dinero que los países cristianos y democráticos destinaban al financiamiento de los comicios afganos sirvió para apoyar un fraude electoral, tan disuasivo que, ante la certeza de que se repetiría, el candidato opositor prefirió retirarse de la “segunda vuelta”. Todo un triunfo moral para los modernos misioneros artillados de la OTAN.