Alejandro Barahona. 9 abril, 2018

Después de dos rondas electorales, elegimos nuevo presidente. No fue fácil, debido a la incertidumbre, el descontento, la polarización y el populismo de quienes prometieron, nuevamente, resolver, a punta de verbo, simpatías, adhesiones y declaraciones los problemas más angustiantes que compartimos los ciudadanos.

Me refiero a la inseguridad, el desempleo y la pobreza, entre otros, todos ellos reflejo de la creciente desigualdad entre los de arriba y los de abajo, los del Valle Central y las otras regiones. Esta realidad nos acerca a nuestros vecinos latinoamericanos que, como nosotros, muestran un creciente descontento popular a raíz de las demandas ciudadanas insatisfechas, los crecientes casos de corrupción y las faltas a la probidad.

La coyuntura es compleja, requiere transformar el malestar político y la polarización sectorial en demandas democráticas

Esta elección, como la anterior, generó un clima de incertidumbre, caracterizado por el debilitamiento de los partidos políticos, que se convirtieron en maquinarias electoreras que renunciaron al liderazgo y diálogos sectoriales para construir propuestas; los gobiernos que dejaron de gobernar a partir de políticas públicas a mediano y largo plazo, basadas en los diálogos sectoriales y estudios prospectivos; una clase política que asumió un indebido pragmatismo populista, difícil de justificar ante un electorado crítico de los resultados gubernamentales; y una gestión gubernamental que cada cuatro años reduce la lista de logros y engrosa las justificaciones, evade las consecuencias de sus omisiones, aumenta los pendientes y los expedientes en el Ministerio Público.

Modernización. La coyuntura es compleja, requiere transformar el malestar político y la polarización sectorial en demandas democráticas que permitan, ante el bicentenario, modernizar y revitalizar nuestro sistema político a partir de la democracia representativa multipartidista, hacia una democracia multisectorial y participativa que reduzca el riesgo de propuestas electorales simplistas, populistas o fundamentalistas que nos condena a polarizaciones e improvisaciones que no merecemos.

Hoy, Carlos Alvarado Quesada, con su futuro equipo, la ciudadanía y los distintos sectores, tiene la oportunidad de orientar sus esfuerzos en torno a los siguientes retos: conformar un gabinete equilibrado y diverso, cuyos integrantes superen afiliaciones partidistas y cuenten con la formación y las habilidades políticas para gobernar; impulsar un foro permanente de diálogo multisectorial, pluripartidista y con enfoque regional para la construcción del desarrollo y la gobernabilidad democrática que requiere Costa Rica a las puertas de su bicentenario; consolidar la transición a una democracia participativa para lo que es fundamental el buen uso de los referendos, conforme con la Ley 8492; actualizar nuestro sistema electoral fortaleciendo la capacidad de fiscalización del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), abriendo las listas de candidaturas hasta hoy cerradas y facilitando las alianzas electorales conforme la realidad impone; y convocar una Asamblea Nacional Constituyente que los costarricenses vemos mayoritariamente con esperanza y simpatía crecientes.

Otros actores. Ahora bien, el bicentenario también supone retos a los sectores que estoy convencido comparten una visión de urgentes reformas nacionales para lograr desarrollar su potencial. Por ello, es necesaria su disposición al diálogo, negociación, acuerdo, seguimiento y evaluación, proceso al que no escapan los partidos políticos (nuevos y tradicionales) que han, y siguen demostrando, incapacidad para atraer y desarrollar liderazgos visionarios, capaces de articular las capacidades y habilidades políticas y gerenciales, orientadas a la gestión basada en resultados gubernamentales. Para ello, es imperativo que el presidente electo asuma, junto con su equipo, propuestas visionariamente razonables en el contexto del bicentenario de nuestra independencia, que potencia a Costa Rica a una Tercera República en la que las nuevas generaciones participen activamente.

El autor es politólogo e internacionalista.