Lo único que queda claro de la última encuesta del CIEP-UCR es lo oscuro que está el panorama político para todas las candidaturas presidenciales y, diay sí, para el país. Para empezar, solo el 55% de la gente está decidida a ir a votar, menos que hace cuatro y ocho años a esta fecha. Aunque algunos fiebres se “entotorotarán” a última hora, muchos de los que dicen que votarán, no lo harán por razones que van desde el desencanto hasta la pereza o la protesta. O sea, ese 55% parece ser un techo esperable de participación electoral, lo que estaría en consonancia con la tendencia declinante observada en este siglo: jóvenes y viejillos votamos mucho menos que décadas atrás.
Habrá que hacer un gran esfuerzo cívico por parte del Tribunal Supremo de Elecciones y de la sociedad civil para atraer más votantes a las urnas. Nada daña más a la democracia que la baja participación ciudadana, pues la deja solita y abandonada frente a voraces grupos de poder a los que no les importa recibir pocos votos sino ganar, aunque sea uno a cero para luego hacer lo que les da la gana, pues “pa’ eso” ganaron. Instalados arriba, usan el Estado para hacer mesa gallega.
El otro dato es que, a menos de cinco meses de las elecciones, las personas estamos como loras en mosaico: mucho aspaviento y resbalándonos para cualquier lado. Seis de cada diez están indecisos (más que las veces pasadas) y, a diferencia de antes, los que dicen tener preferencia electoral, la derraman a puchitos, de manera tal que todas las candidaturas amasan poquitos adherentes. Nadie está despegado, liderando. Son apoyos magros, escuálidos… volátiles.
