Iván Molina Jiménez. 4 septiembre

Las manifestaciones en contra de los nicaragüenses, ocurridas en días pasados en Costa Rica, han justamente alarmado a los costarricenses, dado que constituyen una ruptura importante en una sociedad que históricamente se ha caracterizado por acoger a quienes, por diversas circunstancias, han tenido que dejar sus países de origen.

Dicha tendencia favorable a la acogida de exiliados, refugiados e inmigrantes prevaleció pese a la presión ejercida, en diferentes momentos históricos y por distintas fuerzas sociales, para que las autoridades costarricenses aprobaran políticas migratorias basadas en prejuicios étnicos y raciales.

La tensión entre la acogida y el rechazo fue resultado del desfase que se desarrolló, desde finales del siglo XIX, entre una sociedad que –al democratizarse políticamente– tendía a la inclusión social y cultural de la población, y su imaginario nacionalista, tendencialmente excluyente y discriminatorio.

Las reciente agresiones en contra de los nicaragüenses evidencian que los prejuicios acumulados a lo largo de más de un siglo todavía se mantienen en algunos sectores de la población

Identidad. A finales del siglo XIX, como lo han mostrado los trabajos de diversos historiadores, la identidad nacional costarricense se construyó de espaldas al resto de Centroamérica y sobre la base de un decisivo prejuicio étnico y racial: que en contraste con sus vecinos ístmicos, Costa Rica era una sociedad blanca.

Según esta perspectiva, la historia costarricense difería de la de los otros países centroamericanos no como resultado de específicas condiciones sociales, económicas e institucionales, sino por el color de la piel de sus habitantes.

Durante la primera mitad del siglo XX, ese imaginario racista y xenófobo, reforzado por las teorías eugenésicas entonces en boga, fue asumido y defendido por destacados e influyentes intelectuales, políticos, artistas y científicos.

En tales circunstancias, no fue inusual que en los medios de comunicación de la época –especialmente en los periódicos– se dieran a conocer contenidos gráficos y textuales en contra de los indígenas, los judíos, los afrocaribeños, los chinos y los inmigrantes del resto de Centroamérica, en particular de los nicaragüenses.

Comunistas.Aunque el Partido Comunista de Costa Rica (PCCR) no se exceptuó de reproducir de vez en cuando esos prejuicios, fue la primera organización de la sociedad civil que, en la década de 1930, se manifestó abiertamente en contra de las manifestaciones racistas y xenófobas que informaban el nacionalismo costarricense.

La base de esa ruptura fue que los comunistas, en correspondencia con la visión marxista que tenían de la sociedad, enfatizaban las diferencias de clase, por lo que desde su punto de vista las divisiones de tipo étnico, racial o nacional solo servían para enmascarar la separación fundamental que había entre explotadores (patronos) y explotados (trabajadores).

Tras la polarización política que Costa Rica experimentó en la década de 1940, y luego del conflicto armado de 1948 y del inicio de la Guerra Fría que enfrentó a Estados Unidos con la Unión Soviética, los prejuicios étnicos y raciales perdieron preeminencia frente a un nuevo tipo de discriminación: ser comunista o no serlo.

Redefinición. Al convertir a los comunistas en la amenaza principal para el llamado “mundo libre”, la Guerra Fría contribuyó a que en Costa Rica se abrieran espacios para empezar a superar la dimensión xenófoba y racista del imaginario nacionalista legado por el siglo XIX, un proceso favorecido también por la creciente escolaridad de la población después de 1950.

Sin duda, uno de los indicadores principales de ese cambio fundamental fue que a partir de 1994, el 12 de octubre, que desde el siglo XIX exaltaba el descubrimiento de América por España, empezó a ser conmemorado como el Día de las Culturas, una celebración que acentúa el carácter “pluricultural y multiétnico” de Costa Rica.

El cambio en la nomenclatura no solo supuso una reivindicación de las culturas indígenas y un desafío directo a la versión española de la ocupación de América, sino también un reconocimiento al papel jugado por los inmigrantes en la –permanente– formación de la sociedad costarricense.

Avance. La creación del Día de las Culturas fue tanto más significativa cuanto que, en la década de 1980, se dio un recrudecimiento de la Guerra Fría, que tuvo a Centroamérica como uno de sus principales escenarios a escala mundial.

Debido a la crisis política y militar en que se abismó el resto del istmo, miles de salvadoreños y, sobre todo, de nicaragüenses inmigraron a Costa Rica. Aunque inicialmente este proceso reforzó los prejuicios étnicos y raciales, con algún impacto institucional, pronto esa tendencia empezó a ser resistida y combatida.

Gracias a la labor conjunta de intelectuales, artistas, científicos, políticos, instituciones como las universidades públicas, organismos internacionales y organizaciones no gubernamentales, las fuerzas democráticas de la sociedad costarricense se impusieron a las voces dominadas por los prejuicios del imaginario nacionalista (algunas de las cuales clamaban por que los inmigrantes fueran confinados en campos de concentración).

Tensión. Pese a que Costa Rica ha logrado identificar y contrarrestar considerablemente las dimensiones racistas y xenófobas que dominaban el imaginario nacionalista, persiste la tensión entre una democracia incluyente y nacionalismo excluyente.

A esa permanencia contribuyen diversos factores, como pautas publicitarias empeñadas en reproducir una y otra vez el estereotipo de la Costa Rica blanca, políticos oportunistas dispuestos a criminalizar a los inmigrantes por unos votos más y medios de comunicación que, por descuido o por interés comercial, activan, cada cierto tiempo, los prejuicios xenófobos y racistas.

Más recientemente, esa tensión se ha trasladado también a las redes sociales, donde es posible constatar el persistente enfrentamiento entre quienes defienden las tradiciones democráticas de la sociedad costarricense y quienes las adversan.

Límite. Las reciente agresiones en contra de los nicaragüenses evidencian que los prejuicios acumulados a lo largo de más de un siglo todavía se mantienen en algunos sectores de la población y pueden ser fácilmente activados mediante noticias falsas difundidas en redes sociales o informaciones irresponsables publicadas por ciertos medios de comunicación.

Sin embargo, esas mismas manifestaciones también demostraron que las fuerzas democráticas de la sociedad costarricense permanecen alerta y dispuestas al combate, ya que, de inmediato, repudiaron contundentemente el racismo y la xenofobia, y se movilizaron a favor de los nicaragüenses.

Al establecer un límite claro a lo que no puede ser permitido en Costa Rica, esas fuerzas no solo reafirmaron el compromiso permanente del país con la democracia, sino también con la civilidad y los derechos humanos.

Tal proceder evoca un fenómeno similar ocurrido en setiembre de 1934: cuando las autoridades de Costa Rica expulsaron a varias decenas de nicaragüenses por haber participado en la gran huelga bananera de ese año, que paralizó las actividades de la United Fruit Company, los trabajadores costarricenses, liderados por los comunistas, se manifestaron en contra de la deportación de sus vecinos.

El autor es historiador.