Algunos estamos acostumbrados a escuchar la palabra ecosistema referida a lo biológico y a la forma en que una serie de elementos de la naturaleza están interrelacionados y producen beneficios para todos.
El funcionamiento de los ecosistemas naturales tiene tal nivel de perfección y sinergia que la ruptura de uno de los enlaces o la ausencia de un elemento causa un efecto catastrófico.
A principios del siglo pasado, en el Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, sucedió un acontecimiento cuya consecuencia fue fundamental para el origen de lo que se conoce como la “dinámica de sistemas”.
Los lobos, abundantes en el parque, empezaron a acercarse mucho a los límites de este y descubrieron alimento en las granjas cercanas. Gallinas, cerdos y cabras, entre otros, oponían poca o ninguna resistencia. Pronto, aquello se convirtió en un problema público y los granjeros pidieron una acción inmediata de las autoridades.
La respuesta fue una política pública de caza del lobo. De esta forma, al cabo de unos años, se extinguieron y se resolvió el problema a los granjeros. Pero a mediados del siglo pasado, un acontecimiento insólito, y en principio considerado como aislado, empezó a presentarse en Yellowstone.
Alces, una de las comidas favoritas de los lobos, aparecían muertos en sitios del parque. La situación desconcertó un poco a guardaparques y autoridades, pues sin los lobos la causa de muerte de los alces era un misterio. La investigación profunda dio con el hallazgo más insospechado: morían de hambre.
No era lógico que sucediera porque en el parque abundan los álamos, árbol que proporciona la mayor parte del alimento a los alces. No tenía sentido. Para encontrar una explicación, el profesor estadounidense Jay Wright Forrester, especialista en sistemas y considerado fundador de la dinámica de sistemas, propuso un análisis de lo sucedido aplicando su campo de conocimiento.
Resultados extraordinarios
La respuesta a la investigación fue la creación de una dinámica de sistemas que se llamó la ecología del miedo y fue documentada por National Geographic. ¿En qué consistió y por qué la matanza de los lobos fue el acontecimiento crucial?
Aunque parezca simple, la dinámica que se interrumpió fue la siguiente: los alces solían ir en manada a una plantación de álamos y empezaban a comer. Luego de un rato o de algunos días de estar ahí, escuchaban el aullido del lobo y salían corriendo hasta otra plantación de árboles. Tiempo después, volvía el lobo y debían retirarse a otra.
Este ciclo (al infinito, según el modelo de Forrester) hacía que los álamos alcanzaran la altura precisa para que el alce se alimentara. En ausencia de lobos, los álamos crecieron hasta ser inalcanzables para los alces.
El profesor Forrester modeló está situación en 1950 y se comprendió la lógica de un equilibrio que puede ser roto en cualquier momento por una decisión humana o un acontecimiento natural, dado que la dinámica perfecta también lo torna frágil.
En adelante, la dinámica de sistemas y los análisis de sistemas tomaron mucha más fuerza como mecanismo de análisis en el mundo económico, social, cultural y ambiental.
Lo que produjo que grandes compañías como Apple, Google y Alibaba, entre otras, se hayan desmarcado de las demás es su funcionamiento ecosistémico, es decir, diversificaron los bienes y servicios por medio de una relación en red con una serie de “brazos” clave que son pequeñas empresas emergentes. De acuerdo con el portal Social Future, el 90 % del capital de Bill Gates se encuentra repartido en inversiones en 20 empresas diferentes.
Pero lo más interesante es que la mayoría de estos ecosistemas empresariales funcionan de maravilla gracias al valor que generan para ellos las startups, que por su tamaño operan con gran versatilidad en los mercados.
A diferencia de la tercerización, que se dio con fuerza en la década de los ochenta del siglo pasado, en los ecosistemas empresariales actuales no media una jerarquía, pese al poder de las grandes firmas, sino una relación de creación conjunta de valor. Algunos dicen que se deja de hablar de competencia por colaboración interesada.
Los resultados de las estrategias en red (ecosistemas) son extraordinarios para las grandes empresas y también para las novedosas startups; la pregunta es si una estrategia similar funcionaría en el ámbito público.
Ciudad gobierno
Cuando se escucha hablar en Costa Rica de una infraestructura que se llamará “ciudad gobierno”, uno encuentra una señal del futuro con una raíz profunda en el pasado. La novedad es estar juntas, el pasado es meterlas en un edificio.
Cuando se dice “concentrar instituciones para aumentar gobernabilidad y gobernanza”, se cae en el mismo error; un pie hacia el futuro, como lo es la gobernanza, pero otro anclado en el pasado, como lo es el control total por encima de las capacidades de liderazgo.
Pensemos en esfuerzos visionarios, por ejemplo, una base de datos con todos los beneficiarios del Estado, como Sinirube. ¿Imagina a cada institución manejando su propia lista de beneficiarios? Pues así era. Pero esta es solo una forma de ilustrarlo, podemos ver a las empresas públicas en actividades más allá de su industria.
El punto es que cuando hablamos de un Estado que funciona en red, dentro de un ecosistema público, no se hace referencia a incluir a todo el mundo en un solo edificio, sino a recuperar el concepto de que la integración en tiempos de la cuarta revolución industrial se hace en la red.
Pienso en otro ejemplo: las municipalidades. Creo que las posibilidades de trabajo en red o ecosistemas municipales, merced a su autonomía, son inimaginables, modelos de gobernanza que implican la participación de empresas emergentes que ofrecen a las municipalidades servicios dentro de un ecosistema.
En otras palabras, en vez de pensar en poner todos los procesos y acciones controladas dentro de una organización, se debe funcionar en ecosistemas, desarrollar nuevas actividades de creación y cocreación de valor y aprovechar colaborativamente las capacidades y versatilidad de otras organizaciones; crear la cadena de valor más diversificada y de beneficio para las personas.
El autor es doctor en Gobierno y Políticas Públicas.
