José Ricardo Chaves. 1 diciembre, 2017

La literatura es un buen registro para seguir las cambiantes percepciones sociales (y poéticas) de lo que hoy llamamos “homosexualidad”, palabra acuñada en la segunda mitad del siglo XIX en círculos médicos y psiquiátricos, por lo que muy pronto quedó asociada con un impulso taxonómico de “rarezas del instinto”, con la sexología secular (que culminaría en el psicoanálisis) o con la criminología. Estos seguimientos históricos nos dan perspectiva para juzgar las condiciones actuales.

En los ámbitos literarios y artísticos también hubo un gran interés por estos asuntos, dado el antecedente romántico que había hecho del erotismo uno de sus tópicos centrales. Pero mientras que el romanticismo de las primeras décadas del XIX se había centrado en un erotismo heterosexual, el finisecular decidió explorar las sexualidades marginales, más allá del matrimonio burgués y el prostíbulo, a la sombra del andrógino cabrío. Claro, en este giro mucho tuvo que ver la misoginia rampante, la identidad masculina amenazada por el feminismo creciente, por lo que el artista (hombre, al fin y al cabo) se hizo eco de este malestar viril y lo incorporó en su quehacer estético.

Modernismo. En el caso de la literatura hispanoamericana, fue con el modernismo de finales del XIX y principios del XX, con Rubén Darío como figura central, cuando lo erótico adquirió un desarrollo no visto antes, debido en parte a la creciente secularización propiciada por la vida moderna que se venía imponiendo desde antes por los caminos de la legislación.

Fue así como el derecho civil napoleónico y las ideologías utilitaristas conformaron en gran medida la mentalidad de las sociedades de lengua española. Este positivismo liberal fue el equivalente de la Ilustración en el ámbito hispanoamericano, y generó un espacio secular que permitió a las letras incursionar en lo erótico sin tantas restricciones, como había sido lo usual, sobre todo de parte de las instancias religiosas.

Para la mayoría de los escritores del siglo XIX (ya fueran liberales, conservadores o indiferentes) la masculinidad no fue un punto por discutir, sino un supuesto natural, y lo que había que hacer, más bien, era proyectar esas cualidades viriles en la joven patria, tierra del padre, que requería de campesinos, militares, comerciantes… y algunos artistas y sacerdotes. Con los escritores modernistas esta percepción “natural” de la hombría comenzó a tornarse “convencional”, esto es, aprendida, adquirida.

El surgimiento del modernismo generó polémica que, más allá de aspectos literarios y estéticos, involucró también asuntos sexuales, igual que había pasado en Europa con las corrientes de fin de siglo, cuyas nuevas propuestas artísticas fueron vinculadas por sus críticos con patologías mentales y sexuales.

Por su vinculación con lo decadente y lo raro, los modernistas tuvieron que vérsela con la sombra acusatoria del afeminamiento, debido sobre todo a costumbres y ropa (el famoso dandismo), que había sido el concepto central para hablar de ciertos raros masculinos, desviantes de la norma viril.

Canalización. Quizá el modernismo literario fue una forma de canalizar una inquietud de género con respecto de la mujer, no hacerla más el centro de un universo libidinal, sino apenas una de sus posibilidades. Estableció una cierta autonomía del sujeto masculino, incluso cuando sucumbiera a los encantos de la mujer fatal. Ya el hombre no era el complemento de la mujer, sino que predominaban imágenes fragmentadas.

Aunque la categoría “homosexualidad” era conocida por psiquiatras, médicos, poetas y filósofos, solo se volvió visible para las masas, ya no nada más para las élites, por medio del escándalo. Cuando lo oculto despreciado se muestra a la multitud por el “espectáculo” a través de la prensa (de los medios en general), pese al rechazo social o legal, se sienta un precedente que no puede ser negado por más tiempo (algo parecido ocurrió en el siguiente fin de siglo, el del XX, con la epidemia del sida que, para bien y para mal, terminó de sacar definitivamente del clóset la cuestión gay).

Figuras emblemáticas. En el ámbito literario, las figuras de Rimbaud y Verlaine, por una parte, y de Wilde por otra, fueron emblemáticas de esa homosexualidad escandalosa porque se hacía visible, porque se mostraba, porque se atrevía a decir su nombre. Fueron escándalos que hablaban de hombres que abandonaban sus hogares para seguir a otro hombre, por lo que atentaban contra la familia y el matrimonio. Ambos fueron ejemplos de escándalos fundantes de visibilidad social de lo “homosexual”.

En el ámbito panhispánico, los nombres clave fueron los del colombiano Porfirio Barba Jacob, el gran “decadente” tardomodernista, quien anduvo por Centroamérica (incluida Costa Rica), México y Estados Unidos, y posteriormente, Federico García Lorca, quien terminó asesinado por los franquistas.

El autor es escritor.