Luis Mesalles. 5 junio

Tras de que la situación fiscal no era buena, la crisis económica causada por la pandemia del coronavirus SARS-CoV-2 la ha vuelto peor.

En una economía en recesión, la recaudación de impuestos cae y la demanda de recursos para atender la emergencia crece.

Se prevé que el déficit fiscal rondará el 9 % del PIB al finalizar el 2020 y el déficit primario (sin contar intereses) rondará el 4 % del PIB.

En esas circunstancias, el gobierno recurre al endeudamiento para cubrir el faltante. Pero eso no es sostenible en el tiempo. Para el 2021 y el 2022, los vencimientos de deuda son grandes.

Si los inversionistas no tienen confianza en la capacidad del gobierno para recuperar la senda de crecimiento de la economía ni de bajar el déficit significativamente, no estarán dispuestos a prestarle más plata.

Las calificadoras de riesgo nos han venido bajando la calificación porque creen que nuestro país no tiene la capacidad de tomar las decisiones necesarias para hacer el ajuste requerido para dar sostenibilidad a las finanzas públicas.

Una opción que tiene el gobierno es recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI). De hecho, se acaba de aprobar lo que denominan un crédito rápido con el Fondo.

Para ello, el gobierno se comprometió, en febrero, a tomar medidas para llegar a un superávit primario del 2 % del PIB en el 2024 y una deuda pública del 50 % en el 2034.

Claramente, las acciones ofrecidas en ese momento son insuficientes hoy. El ajuste ahora es mucho más grande y hay menos tiempo.

De ahí que, cuando el gobierno dice que entablará conversaciones con el FMI para llegar a un acuerdo stand-by, debemos saber que el ajuste que pida será mucho más fuerte que lo prometido en febrero. Vender Bicsa y Fanal ya no es suficiente. Probablemente, habrá que incluir algún pez gordo, como el INS, el BCR o Kölbi.

Los recortes de gastos tendrán que ser de verdad, y no solo detener su crecimiento. No me extrañaría que el Fondo pida aumento de impuestos para ayudar a cerrar rápido la brecha fiscal. Y, además, cambios estructurales que generen más competencia, tanto en el sector público como en el privado.

Después de tantos años de patear la bola hacia adelante, ahora, con el agua al cuello, tenemos que recurrir a alguien externo que vendrá a imponernos lo que nosotros debimos haber hecho por nuestra cuenta hace tiempo.

El autor es economista.