Recordé a Tucídides (“los fuertes hacen todo lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”) para subrayar que esa “ley” viene de lejos. El presidente Trump la actualizó días atrás cuando dijo al New York Times: “En el plano internacional, no reconozco más límite que mi propia moralidad.” Ese grado de poder no se lo daría ni al santísimo Papa, menos a un personaje con sus credenciales, pero la vida es la que es.
¿Entonces qué? La verdad es que, siendo tan débiles, poco podemos hacer. Sin embargo, a partir de este hecho incontrovertible, podemos arribar a conclusiones muy distintas. Todo depende de los valores que uno tenga y de cómo aprovechar los limitados márgenes de maniobra de que disponemos.
Algunos dirían que, para evitar la ira de la gran potencia, debemos decirle que sí a todo. ¿Que quieren que Costa Rica explore petróleo? Démosle. ¿Que quieren que el país restablezca el ejército para combatir las drogas? Sí, señor. Conseguirnos una bisagra bien grande, todo en nombre del pragmatismo. Pero una existencia así sería tirar al canasto nuestra identidad nacional. Otros, henchidos de enojo nacionalista, querrían envolverse en la bandera y apostarle a la carta del heroísmo antiimperialista. Habría mucha testosterona y gritos, pero cero estrategia de sobrevivencia: no tenemos con qué ni con quién.
Ninguna de estas opciones me gusta. Prefiero trabajar sobre los márgenes. Diversificar y cultivar aliados, redes de alianzas, y defender las instituciones internacionales. Ello es de cardinal importancia para sobrevivir como democracia. Ya pasará el chaparrón Trump. Persuadir a los gringos de que nuestra trayectoria es, más bien, un seguro contra la inestabilidad regional, algo que detestan. Mejorar el clima de negocios para captar más inversión internacional. Ser mejores en nuestra lucha contra el narco. En fin, necesitamos remodelar nuestra estrategia internacional.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.