De todos los países con los que Estados Unidos suscribió, o está a punto de suscribir, acuerdos para deportar migrantes, solo uno tiene categoría de “democracia liberal” en el índice V-Dem, que elabora la Universidad de Gotemburgo, Suecia. Quizá adivinaron: Costa Rica. El resto, según la lista actualizada al 11 de marzo por la ONG estadounidense Third Country Deportation Watch, y un informe posterior del diario New York Times, incluye una diversa y dudosa compañía.
Va desde “democracias electorales”, como Ecuador, Guatemala y Panamá, hasta “autocracias cerradas” violadoras de los derechos humanos, como Eswatini, Guinea Ecuatorial y Sudán del Sur (todas en África). En el medio están las “autocracias electorales”: regímenes autoritarios y represivos, aunque producto de elecciones, como Camerún y El Salvador.
Conclusión preliminar: Costa Rica será el mejor destino del grupo, que revela fríos criterios transaccionales de Estados Unidos. Pero asumimos un gran costo: al sumarnos, aunque sea pasivamente, a la represión migratoria, nos hicimos cómplices de posibles arbitrariedades y violaciones previas. Buen trato aquí, espero, pero tras un mal trato allá. Además, nuestro récord en soberanía y derechos humanos se debilitó. Entonces, ¿por qué aceptar? Quizá por considerar que la dependencia es tan grande y las presiones tan intensas, que no había opción. No era lo óptimo, sino lo inevitable.
Sin embargo, precisamente por nuestra buena imagen, que en algo ayuda a blanquear el proceso y la lista, teníamos algún músculo negociador. ¿Lo utilizamos bien? Si nos atenemos a lo que dice el acuerdo, no: solo incluye la expectativa de que Estados Unidos pague, vía la Organización Internacional de Migraciones, los costos de viajes y estadía.
Pero si negociamos bien, surgen algunas dudas: ¿obtuvimos algo más, no revelado? Si así fuera, ¿por qué? ¿Nos limitamos a evitar represalias u obtuvimos concesiones? Si las hay, ¿serán estatales o también personales?
En un reciente memorando, citado por el informe del Times, Marco Rubio, secretario de Estado, instruyó a sus diplomáticos sobre cómo negociar esos acuerdos. “Sin prometer nada”, pregunte a sus interlocutores “¿qué tienen en mente?”. Todo indica que aún no conocemos las respuestas completas de nuestras autoridades.
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.