Columnistas

Las democracias también mueren de cobardía

No callar es hoy más importante que nunca. Pocas cosas necrosan de forma más rápida el tejido de una sociedad democrática que la cobardía

Personas cubriendo bocas entre la multitud blanca y negra. Concepto de miedo, censura y lucha silenciosa por la verdad y la libertad en la sociedad moderna.
Empieza a crearse en el país un sombrío “exilio interior” de personas que, permaneciendo en territorio nacional, están optando por el silencio y la desconexión. (Foto ilustrativa de Sutterstock). Shutterstock
Personas cubriendo bocas entre la multitud blanca y negra. Concepto de miedo, censura y lucha silenciosa por la verdad y la libertad en la sociedad moderna.
Empieza a crearse en el país un sombrío “exilio interior” de personas que, permaneciendo en territorio nacional, están optando por el silencio y la desconexión. (Foto ilustrativa de Sutterstock). (Shutterstock/Shutterstock)

Hace 19 años, en noviembre del 2006, escribí mi primer artículo en prensa nacional. Fue en La República y lo titulé “Pusilanimidad y democracia”. Dos décadas después, mientras vemos cómo en todo el mundo las democracias mueren carcomidas desde adentro por individuos que pisotean como antiguallas hipócritas las formas republicanas de trato en la esfera pública y niegan a sus adversarios políticos su legítimo rol de representantes de sensibilidades distintas; mientras vemos cómo esos individuos, cuando gobiernan, ya no encarcelan presos políticos ni cierran medios de comunicación, pero los amedrentan, cooptan, desprestigian o asfixian económicamente para controlar las narrativas y blindarse del impacto de la facticidad..., me reafirmo en lo letal que es la pequeñez de espíritu para el sistema político que más demanda del ser humano: la democracia.

La democracia es la más elevada conquista cultural de nuestra especie, la que nos permite a los diferentes respetarnos como iguales, y convivir en paz y libertad conservando nuestra dignidad intacta. Por eso, así como hay que ser muy ignorante para creer que semejante cima es un fruto natural de la evolución humana, hay que serlo para pensar que se trata de algo irreversible, que podremos preservar sin un enorme esfuerzo. ¡De ninguna manera! La democracia está amenazada siempre. Lo está por ese impulso cainita que desde el rencor ambiciona el sometimiento y la dominación de los semejantes bajo el imperio de una voluntad que se asume superior. Y ese impulso debe enfrentarse con valor. ¡A la fiera hay que amarrarla!

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