El concepto de buenas prácticas, en una acepción más cercana a lo que conocemos como tal, probablemente surgió a finales de los años cuarenta del siglo pasado, tras la creación de la oficina de estandarización de la Organización de las Naciones Unidas.
Tuvo auge en el mundo empresarial, especialmente en las décadas de los setenta y ochenta. La empresa Xerox, por ejemplo, invirtió cuantiosamente en investigación y desarrollo (I+D) para conocer lo que hacían mejor sus competidores y emularlo.
En su obra cumbre Estrategia competitiva: técnicas para el análisis de los sectores industriales y de la competencia, publicada a comienzos de los ochenta, el gurú de la estrategia Michael Porter escribió que, aunque era necesario conocer cómo lo hacían otra empresas, el fin no era igualarlas sino diferenciarse, es decir, determinar la “ventaja competitiva”.
Dos décadas después, Porter fue un poco más allá y afirmó que la única ventaja competitiva de las organizaciones estriba en ofrecer algo único para sus partes interesadas, porque no existe el concepto de ser el mejor, pues la expresión es muy relativa. ¿Qué es ser el mejor?
En inglés se le conoce como benchmarking, y en Estados Unidos comenzó a aplicarse en ese año y en Europa, una década después. No obstante haberse creado para el ámbito privado, la idea de las buenas prácticas ingresó al mundo de lo público, donde la situación es diferente.
En el ámbito de la educación costarricense, se sobredimensionó y acuñó la desafortunada expresión “apagón educativo”, sin un análisis retrospectivo.
Otros apagones
Los fundamentos utilizados para deducir un “apagón educativo” también serían aplicables a un apagón vial, apagón en seguridad ciudadana, apagón democrático y otros apagones más, excepto la protección del ambiente, la salud, la matriz energética, entre otros.
De acuerdo con los promotores del “apagón educativo”, en el plano interno, existe un deterioro en la infraestructura y problemas de cobertura, acceso a la tecnología y conexión. No hay docentes, se produjo un cambio del entorno, la pandemia desnudó las debilidades del sistema, etc.
La vista externa supondría ver hacia fuera y usa como referente los resultados en las pruebas PISA de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
En lo interno, todos corresponden a una evolución natural de los sistemas humanos. Si no se invierte en mantenimiento de la infraestructura, sean escuelas, estadios, estaciones espaciales o carreteras, lo natural es que se deterioren.
Si la tecnología marca la diferencia en la educación y no se invierte en ella, se origina un rezago. Si los docentes no se actualizan en prácticas pedagógicas y los contenidos no se revisan, pues claro que acaece el rezago. Es lo que en prospectiva llamamos el horizonte de la continuidad: los sistemas sociales mantienen una continuidad, pero si no se renuevan tienden a la decadencia.
Mi atención, sin embargo, no es el problema interno, sino la forma de compararnos basados en “buenas prácticas” externas y, básicamente, las pruebas PISA.
Exámenes estandarizados
Esas pruebas son un estándar internacional, es decir, el mismo examen para todos los países de la OCDE; no obstante, en el informe PISA in Focus 2022, la OCDE señaló dos hallazgos fundamentales sobre los resultados después de 20 años de estudios.
El primero fue que el nivel socioeconómico del alumnado, lo que incluye las ocupaciones y escolaridad de los progenitores y las posesiones del hogar, predice los resultados en lectura, matemáticas y ciencias en todos los países y economías participantes en la evaluación, sin excepción.
El rendimiento, por tanto, no está correlacionado con el sistema educativo, sino con las condiciones estructurales de los países o el entorno de los estudiantes.
El segundo hallazgo es que “las circunstancias individuales sobre las que el alumnado no tiene ningún control suelen afectar a la calidad de la educación que reciben y la trayectoria educativa que eligen” y “también influyen en el desarrollo de las actitudes y disposiciones del alumnado hacia el aprendizaje y pueden conformar sus expectativas futuras”.
Si se analizan a fondo las pruebas PISA, no solo por el resultado, sino también por la explicación anterior, se puede concluir que es el desarrollo de una sociedad y la creación de oportunidades lo que define el producto.
¿Cómo en un país apagado educativamente estudiantes de colegios públicos y privados, de zonas rurales y urbanas ocupan los mejores lugares en olimpiadas iberoamericanas de robótica y matemática o consiguen becas en las principales universidades del mundo? Estas excepciones deberían estudiarse para encontrar ahí las verdaderas causas y dirigir la educación hacia el futuro.
Debe mejorar mucho el sistema educativo y otras cosas más, pero no estigmatizar el sistema educativo o voltear la mirada únicamente hacia el MEP como responsable. Es un problema que trasciende el Ministerio y en vez de hacer tanto circo para pedir declarar una “emergencia nacional”, al menos yo, quedaría satisfecho con que sea una prioridad nacional.
El autor es docente en la UNA y la UCR.
