Columnistas

La tragedia del cambio climático

Si existe una manera en que los científicos pueden llegar a la gente y sus líderes, la clave no reside en cambiar el contenido del mensaje, sino su forma

NUEVA YORK– «¡Cuán terrible es ser sabio cuando la sabiduría no reporta provecho a quien la tiene!» se lamenta el profeta ciego Tiresias en el Edipo rey, de Sófocles.

Edipo lo había convocado para que le revelara la fuente de la pestilencia y el desastre ecológico que hacían estragos en Tebas, pero Tiresias sabía que el rey rechazaría la verdad. Los climatólogos y epidemiólogos se sentirán identificados.

Al igual que Tiresias, los científicos modernos saben qué rumbo sigue el planeta y por qué. No lo descubrieron a través de profecías, sino de innumerables experimentos «doble ciegos», pruebas aleatorizadas y rigurosas revisiones de pares.

Su evidencia es irrefutable y el consenso entre ellos, abrumador, pero su augurio secular parece incapaz de superar la obstinada indiferencia de los políticos y el público. La sabiduría no les reporta provecho porque son muy pocos quienes los escuchan.

Si existe una manera en que los científicos pueden llegar a la gente y sus líderes, la clave no reside en cambiar el contenido del mensaje, sino su forma.

El idioma de la ciencia fue diseñado para ser desapasionado. Por el contrario, las múltiples crisis que enfrenta el planeta son urgentes e intensas, y en las decisiones colectivas e individuales que las impulsan hay esenciales componentes emocionales y éticos en juego.

Una virulenta pandemia acabó con las vidas de tres millones de personas, la tierra está en trance de una sexta extinción masiva y los problemas van camino a aumentar.

Necesitamos un idioma que transmita la gravedad y complejidad de la tragedia mundial que vivimos, y los antiguos griegos nos lo proporcionan.

Sus tragedias son historias de quienes aprenden demasiado tarde (habitualmente, por unos pocos milisegundos). Su personajes persiguen obstinadamente lo que creen correcto sin llegar a comprender las fuerzas que enfrentan: la suerte, el destino, los hábitos, los gobiernos, los dioses... el tiempo. Para cuando llegan a entenderlo, ya cometieron involuntariamente un error irreversible y devastador.

Sabiduría literaria. Durante siglos las tragedias griegas fueron consideradas como expresiones pesimistas de una sociedad fatalista que ilustran la inutilidad de luchar contra el destino, pero es posible que para los griegos el efecto de esas historias haya resultado antintuitivo. Como mostraban a la gente cuán limitada y efímera era su capacidad de determinar su propio futuro, las tragedias desalentaron la apatía.

Poner de relieve lo devastador del autoengaño puede alentar la conciencia y proporcionar el lenguaje para describir experiencias difíciles y aumentar la capacidad de actuar.

Se cree que Edipo rey se estrenó en la primavera de 429 a. C., es decir, entre la primera y segunda ola de una plaga que mató a casi un tercio de la población ateniense. Es probable que —en una comunidad que estaba tanto procesando ese trauma compartido como cuestionando el grado en que las pérdidas eran inevitables— una historia de liderazgo arrogante y ceguera voluntaria resonara.

Pero no solo los antiguos atenienses fueron inspirados por las tragedias griegas. Durante la última década dirigí más de 1.000 representaciones de obras de Sófocles y sus contemporáneos en lugares, en apariencia, improbables (como refugios para personas sin techo, hospitales, prisiones, bases militares, centros de reinserción social, centros para la tercera edad y parques públicos en todo el mundo).

Durante las discusiones posteriores a la representación, los miembros de la audiencia fueron capaces de expresar los desafíos que habían enfrentado y los sacrificios que habían hecho. Por ejemplo, después de presentar escenas de Áyax y Filoctetes, de Sófocles —dos antiguas tragedias que tuvieron lugar durante la guerra de Troya—, ante una audiencia de 400 soldados del cuerpo de marina estadounidense, esos guerreros modernos habitualmente estoicos pudieron expresar las luchas morales, emocionales y espirituales que atravesaron después de regresar de la guerra.

Decir en voz alta lo que alguna vez fue inexpresable suele ser, en sí mismo, un alivio, pero darle un nombre al problema también es el primer paso para enfrentarlo. Muchos miembros de la audiencia me dijeron más tarde que habían podido actuar en favor de sus propias vidas, por ejemplo, participando en un programa de rehabilitación de drogas.

Advertencias. Así como el lenguaje de la tragedia desata el cambio personal, también promueve el cambio sistémico. «La gente está sufriendo», dijo Greta Thunberg a los líderes mundiales, con la voz sorda por la emoción, en la Cumbre sobre la Acción Climática 2019 de las Naciones Unidas.

«La gente está muriendo. Colapsan ecosistemas enteros. Estamos al comienzo de una extinción masiva y de lo único que se puede hablar es de dinero y cuentos de hadas sobre crecimiento económico eterno. ¡¿Cómo se atreven?!».

Pudo ser el discurso de una tragedia griega, la advertencia de un profeta desesperado y furioso, alguien que sabe, como todos, que se avecina el desastre y tenemos poquísimo tiempo para evitarlo.

Thunberg y muchos de los activistas climáticos que la acompañan saben que el idioma de la tragedia es la única forma de expresar el cataclismo que enfrentamos. Pero, como sabe Thunberg por experiencia, es fácil desestimar a los jóvenes, considerándolos extremadamente sensibles y melodramáticos.

Por eso, los adultos —especialmente los científicos y líderes mundiales— debemos unirnos con urgencia al coro de jóvenes y hablar en el lenguaje de la tragedia.

Los científicos pueden creer que todo aquello que no sean declaraciones en tono cuidadoso y medido socavará la legitimidad de sus hallazgos, pero los humanos somos seres emocionales y estamos enfrentando una crisis existencial.

El lenguaje de la tragedia es la mejor opción que tenemos —y, posiblemente, la última— para que el mundo abra los ojos antes de que sea demasiado tarde.

Bryan Doerries es director artístico de Theater of War Productions y autor de «The Theater of War: What Ancient Greek Tragedies Can Teach Us Today» («Teatro de guerra: qué podemos aprender hoy de las tragedias griegas»).

© Project Syndicate 1995–2021