Por: Sergio Ramírez.   13 enero

Hace cuarenta años, una mañana del 10 de enero de 1978, el periodista Pedro Joaquín Chamorro fue asesinado por sicarios de la dictadura de la familia Somoza. Iba solo, ajeno como era a guardaespaldas, al volante de su propio vehículo, cuando los asesinos a sueldo lo emboscaron en un paraje desolado de las ruinas de Managua, devastada por el terremoto de 1972, y le dispararon con una escopeta y llenaron su cuerpo de perdigones.

Una frase suya lo define como pocas: “Cada quien es dueño de su propio miedo”. Recibía constantemente amenazas de muerte porque en sus editoriales del diario La Prensa, que dirigía, se mostraba inflexible con el sistema somocista que a lo largo de casi medio siglo había desmantelado las instituciones y sometido al país a la violencia represiva, la abyección, el fraude electoral y la corrupción que ejercida desde arriba carcomía el andamiaje social.

Pero no eran denuncias huecas, sino que llevaban los nombres y apellidos de quienes a la sombra del Estado lucraban con negocios inmorales, la familia reinante a la cabeza, pues no había letra del alfabeto donde los Somoza no tuvieran empresas privilegiadas: desde el arroz de la A, a la Z de zapatos, pasando por la X que correspondía a negocios desconocidos.

En la letra S se hallaba el más infame de todos, el de la sangre, que Pedro Joaquín no cesaba de denunciar. La compañía Plasmaféresis, de la que Anastasio Somoza Debayle era socio mayoritario, compraba la sangre a los menesterosos para exportar el plasma a los mercados extranjeros. Lo manejaba un personaje de origen cubano llamado Pedro Ramos, quien huyó de Nicaragua hacia Miami al consumarse el asesinato.

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La conciencia del país. Dueño de su miedo, con el que supo vivir hasta su muerte, nunca se detuvo y se convirtió así en la conciencia del país en tiempos de desidia, temor y silencio, de conformismo y desánimo. Y su muerte atroz fue capaz de acabar con el silencio y el temor. Cada quien supo a partir de entonces que también era dueño de su propio miedo, y que era necesario tomar conciencia del miedo para acabar con el miedo.

Fue el principio del fin de la dictadura. Miles acompañaron su ataúd desde la morgue hasta su casa, miles más lo siguieron hasta el cementerio, y la indignación popular se desbordó en las calles cuando era velado en las instalaciones de La Prensa en la carretera norte. Y llena de ese furor que acabaría destronando a la dictadura, la gente incendió Plasmaféresis y otros negocios de la familia en las vecindades. Una ola de fuego que ya nadie detendría.

Esto de haber sido en vida la conciencia del país, y el detonante de la insurrección popular con su muerte, es algo que la historia oficial le escatima con absurda mezquindad. Es cierto que en el 2012 la Asamblea Nacional lo declaró por unanimidad héroe nacional; pero en el cerrado santoral de la lucha revolucionaria, Pedro Joaquín no figura. La mano del poder lo ha excluido.

Para el relato oficial sigue siendo una figura complementaria aceptada con reticencia, porque no proviene de las filas partidarias; y colocarlo en el lugar central que de verdad tiene en el desencadenamiento de la insurrección nacional que empezó con su asesinato, significaría alterar el discurso publicitario que asigna papeles de acuerdo con los intereses de quienes hoy tienen el poder político.

De ese mismo santoral han sido excluidos, o colocados también en papeles complementarios, dirigentes guerrilleros de las mismas filas sandinistas porque han caído en desgracia una vez convertidos en adversarios, no pocos de ellos calificados de traidores.

Verdadera historia. Esta exclusión de una figura tan cimera como la de Pedro Joaquín demuestra, también, que campea una filosofía de fondo en la historia oficial, elaborada desde arriba, a la hora de explicar la revolución.

La verdad es que se trató de una gesta nacional en la que concurrieron nicaragüenses de muy diferentes tendencias, empezando por las tres en las que estuvo dividido el propio sandinismo hasta pocos meses antes de la caía de los Somoza, marxistas de diferentes signos y acentos, con concepciones diferentes de la lucha, lo cual fue, en resumidas cuentas, un asunto de cúpulas intelectuales.

Pero ya a campo abierto, en la calle y en las áreas rurales, en las universidades, en los centros de trabajo, quienes juntaron esfuerzos, con las armas o sin ellas, para poner fin a la dictadura, formaban un amplio y complejo mosaico ideológico en el que había marxistas, cristianos de la teología de la liberación y también cristianos tradicionales; socialistas, socialdemócratas, liberales, conservadores, socialcristianos y otros muchos que solo ansiaban vivir en un país libre y diferente. Conforme esa base se integró el primer gobierno de la revolución.

Claro que se necesitaban cambios profundos, y que la revolución no era solo un trámite para seguir en lo mismo de antes. La consigna que guió la lucha armada hasta el final, de rechazar el somocismo sin Somoza, siempre fue justa e imprescindible.

Y no hay duda de que el primero que habría respaldado esta determinación es el propio Pedro Joaquín, quien toda su vida se supo colocar en una posición frontal y abierta contra el somocismo, tanto que llegó a tomar las armas veinte años atrás cuando vio todos los caminos democráticos cerrados; sufrió cárcel y exilio, y nunca dejó, a riesgo constante de su vida, de ser el opositor por excelencia de la dictadura, desnudando sus vicios y atrocidades.

Quienes piensan que habría querido un cambio a medias, se equivocan. Pero quienes piensan que ese cambio pasaba por negar la democracia, y por establecer una sola ideología desde el poder, también se equivocan. Siempre habría sido un fiscal implacable del ejercicio de las libertades públicas y de la institucionalidad democrática.

Si tantas veces le escuchamos decir que cada quien era dueño de su propio miedo, también nunca se cansó de repetir que Nicaragua volvería a ser república. Y esa es una tarea aún pendiente.

El autor es escritor.