
La inteligencia artificial (IA) ya está cambiando la forma en que trabajamos, producimos y aprendemos. No es una tecnología del futuro. Está aquí, transformando empresas, ocupaciones y modelos de negocio a una velocidad que pocos anticipaban.
La pregunta para Costa Rica no es si la IA llegará a nuestro mercado laboral. La pregunta es si estamos preparados para aprovechar sus beneficios y reducir sus riesgos.
La literatura internacional ofrece un mensaje claro, aunque no exento de matices. Estudios de Daron Acemoglu y Pascual Restrepo advierten de que la automatización puede sustituir ciertas tareas y aumentar las desigualdades si las economías no se adaptan oportunamente.
Otros investigadores, como David Autor, Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, destacan que la IA también complementa el trabajo humano, crea nuevas ocupaciones y puede impulsar importantes aumentos de productividad.
Los estudios de la OCDE, el BID, el Banco Mundial, la OIT y el FMI coinciden en un punto fundamental: el impacto de la IA sobre el empleo dependerá, en gran medida, de las políticas y de las capacidades que cada país desarrolle para gestionar la transición.
Para una economía pequeña y abierta como la costarricense, la IA representa una oportunidad extraordinaria. El país ya ha demostrado que puede insertarse exitosamente en actividades intensivas en conocimiento, desde los servicios empresariales y digitales hasta los dispositivos médicos y la manufactura avanzada. La IA podría fortalecer estas ventajas, generar nuevas exportaciones, mejorar la productividad y abrir espacios para emprendimientos innovadores.
Pero también existen riesgos importantes.
Muchos empleos administrativos y rutinarios serán transformados, y algunas ocupaciones podrían desaparecer. Numerosas pequeñas y medianas empresas aún no cuentan con las capacidades necesarias para incorporar estas tecnologías. Asimismo, la brecha entre quienes poseen las competencias para trabajar con la IA y quienes no las tienen podría convertirse en una nueva fuente de desigualdad económica y social.
La historia económica demuestra que las revoluciones tecnológicas no eliminan el trabajo en términos netos; lo transforman. Sin embargo, los nuevos empleos no aparecen automáticamente ni en los mismos lugares donde se pierden los anteriores. Por eso, el desafío fundamental es administrar la transición.
Aquí es donde las ideas del pensador francés Edgar Morin y del economista Ricardo Hausmann resultan especialmente valiosas.
Morin sostiene que los grandes problemas de nuestro tiempo son complejos y no pueden entenderse ni resolverse mediante enfoques fragmentados. Hausmann, por su parte, ha mostrado que el desarrollo depende de la capacidad de una sociedad para combinar conocimientos, instituciones y capacidades diversas. La prosperidad surge precisamente de la complejidad de esas interacciones.
La inteligencia artificial es un ejemplo perfecto de un problema complejo. Sus efectos sobre el empleo no dependen únicamente de la tecnología. También están determinados por la educación, la innovación, la competencia, la infraestructura digital, las capacidades empresariales, las políticas públicas y la calidad de las instituciones.
Por ello, la respuesta de Costa Rica no puede ser un conjunto de iniciativas aisladas.
Necesitamos una estrategia nacional de inteligencia artificial para el empleo, la productividad y la inclusión social. Pero, sobre todo, debemos definir quién liderará este proceso.
La experiencia internacional sugiere que las transformaciones transversales requieren un fuerte liderazgo desde el centro del gobierno. La IA afecta simultáneamente la educación, el trabajo, la producción, la ciencia, la tecnología y la protección social. Ningún ministerio posee, por sí solo, las competencias para coordinar todos estos ámbitos.
Costa Rica debería considerar la creación de un mecanismo de coordinación de alto nivel, liderado desde la Presidencia de la República o desde un Centro de Gobierno, con capacidad de convocar a las instituciones públicas, definir prioridades, monitorear avances y corregir el rumbo cuando sea necesario.
Pero el Gobierno no puede ni debe actuar solo. Las universidades y centros de investigación deben desempeñar un papel central en la formación y reconversión del talento humano. El sector privado debe acelerar la adopción responsable de la IA y colaborar en la identificación de las habilidades que demandará el mercado laboral del futuro. La sociedad civil y las organizaciones de trabajadores deben contribuir al diseño de mecanismos que permitan acompañar a las personas más vulnerables durante esta transición.
En otras palabras, la gobernanza de la inteligencia artificial debe convertirse en un esfuerzo nacional.
Costa Rica ya ha demostrado que puede enfrentar desafíos complejos cuando logra construir acuerdos entre el Estado, las empresas, la academia y la sociedad civil. Lo hizo para universalizar la educación, desarrollar su sistema de salud y construir una exitosa estrategia de inserción internacional.
La inteligencia artificial puede convertirse en una poderosa herramienta para aumentar la productividad, crear mejores empleos y elevar el bienestar de la población. Pero también puede ampliar las brechas existentes si llegamos tarde o actuamos de manera fragmentada.
La próxima gran reforma laboral de Costa Rica no se discutirá únicamente en el Congreso ni se resolverá mediante una nueva ley. Se está escribiendo todos los días en laboratorios, empresas, universidades y centros de innovación en todo el mundo.
La gran pregunta es si tendremos la capacidad de pensar y actuar con la complejidad que exige este momento histórico y construir, entre todos, un futuro en el que la inteligencia artificial amplíe las oportunidades de las personas, en lugar de reducirlas.
rmonge@academiaca.or.cr
Ricardo Monge González es el presidente de la Academia de Centroamérica.
