Columnistas

La paz que no grita: un llamado desde adentro para transformar un mundo en conflicto

Tildar de ‘malvados’ a algunos no construye puentes. El verdadero desafío es enfrentar la ignorancia, el miedo y el rencor que todos, en mayor o menor medida, llevamos dentro

Una persona toma la mano de un adulto mayor. Símbolo de paz y de encuentro.
La paz duradera no se construye con discursos beligerantes, sino con actos cotidianos de reconocimiento del otro como ser humano digno de respeto y cuidado. Cortesía Aimée Leslie
Una persona toma la mano de un adulto mayor. Símbolo de paz y de encuentro.
La paz duradera no se construye con discursos beligerantes, sino con actos cotidianos de reconocimiento del otro como ser humano digno de respeto y cuidado. (Cortesía Aimée Leslie/Cortesía Aimée Leslie)

Al iniciar un nuevo año, solemos hacer balance de lo que dejamos atrás y proyectar deseos para el futuro. Pero, más allá de las metas personales, el comienzo de un ciclo también puede ser una invitación a reflexionar sobre la condición humana en su conjunto y el lugar desde donde cada uno de nosotros contribuye (o no) a la paz que anhelamos.

Vivimos momentos en los que la violencia parece normalizada. En distintos rincones del planeta, conflictos armados persisten sin una salida clara. La guerra entre Rusia y Ucrania continúa tras años de enfrentamientos que han cobrado decenas de miles de vidas y desplazado a millones de personas, consolidándose como uno de los conflictos más devastadores de nuestro tiempo.

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