Carlos Ruiz Zafón escribió que, al entrar a una librería, uno aspiraba “aquel perfume a papel y magia que inexplicablemente a nadie se le había ocurrido todavía embotellar”. Yo lo descubrí más joven, cuando, en los anaqueles de “la Lehmann”, me encontraron algunos de los libros que me marcaron para siempre.
La Lehmann sobrevivió 130 años. Dos cambios de siglo, dos guerras mundiales, una guerra civil, golpes de Estado, confiscaciones, terremotos y dos regresos del cometa Halley. Lo que no sobrevivió fue el modelo de consumo que todos hemos adoptado sin demasiada culpa.
A los libros digitales les falta ese perfume que algunos llaman bibliosmia. Carecen de la seducción de abrir una página al azar para ojearlos antes de comprometerse con su lectura y colocarlos en los estantes de la biblioteca como trofeos o deudas pendientes. Pero puedo adquirirlos en segundos, el mismo día que se publican. Puedo leerlos en otro idioma con la ayuda incorporada de un traductor, y leerlos de noche sin necesidad de encender mi lamparilla.
Desde hace un par de años, gracias a Amazon, puedo comprar libros impresos, a mejor precio y entregados “gratis” en la puerta de mi casa en una semana o menos. La tentación es irresistible. Y, sin embargo, cada clic en esa página web resuena como el martillazo de un clavo en el ataúd del modelo de comercialización que la Lehmann representaba.
El mercado del libro no está desapareciendo. Nunca hubo tantos títulos disponibles ni tantas formas de llegar a ellos. Pero esa abundancia no la encontramos ya en mostradores ni libreros. No muere el libro, sino la ceremonia de su encuentro.
Lo que se pierde con la Lehmann no es solo una tienda, sino un espacio. No era una librería de anaqueles iluminados, cafetería de diseño y juguetes didácticos. Era, como unas pocas que quedan en San José, un lugar hecho exclusivamente para libros y para quienes todavía los necesitan así: físicos, lentos, sin recomendación algorítmica. Quizá ese sea el problema. Cada vez somos menos los que los necesitamos así.
Neil Gaiman decía que un pueblo no es un pueblo sin una librería. No lo decía como nostalgia, sino como advertencia.
Por tanto, el ataúd de la Lehmann no lo clavó un solo competidor, ni una sola plataforma, ni una sola generación. Lo clavamos entre todos, un clic a la vez.
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Mauricio París es abogado.
