Diversos estudios han establecido una relación entre el reforzamiento del autoritarismo promovido desde los gobiernos y la normalización de la violencia como parte de los discursos de los hombres en el poder
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PorMontserrat Sagot R.
En Costa Rica se produjeron tres femicidios en menos de 24 horas. Asimismo, el pasado mes es el enero que acumula más violencia letal contra las mujeres en los últimos cinco años. Si se analizan las cifras de manera más amplia, según los datos del Observatorio de Violencia de Género del Poder Judicial, se evidencia que los femicidios han aumentado más de un 90% desde 2022 y los homicidios dolosos de mujeres, un 65%. Todas las formas de violencia han aumentado en el país a partir de 2022, incluyendo la tasa general de homicidios. Si bien las principales víctimas de los homicidios son hombres, principalmente hombres jóvenes, los homicidios de mujeres –en particular el femicidio– se han incrementado a una tasa mayor que los asesinatos de los hombres. En ese sentido, a pesar de que los hombres son las principales víctimas de homicidio en Costa Rica y a escala mundial, las mujeres soportan la carga más pesada de la victimización letal como resultado de las formas extremas de brutalidad producto de la desigualdad de género y las ideologías misóginas.
Esos aumentos tan drásticos en las tasas de violencia letal contra las mujeres solo se ven en sociedades que enfrentan crisis de gran envergadura. Por ejemplo, en Honduras, después del golpe de Estado del 2009, los homicidios de hombres aumentaron un 60%, pero los de las mujeres lo hicieron en un 246%. Lo mismo ocurrió en Ciudad Juárez, México, después de que fue tomada por las bandas criminales, y en Sudáfrica, con el endurecimiento de la represión en el apartheid. Es decir, algo profundo está cambiando en el país para que se produzca un incremento tan dramático en las tasas de violencia contra las mujeres.
Esos cambios siempre son multifactoriales, en los que concurren factores individuales, culturales y estructurales, pero se pueden mencionar algunos elementos que han sido sistemáticamente identificados como disparadores de la violencia contra las mujeres. En primer lugar, el aumento de la desigualdad que genera exclusión social y económica, precariedad, profundas rupturas en el tejido social y la pérdida del sentido de solidaridad, empatía y comunidad. Esto deja a las mujeres más empobrecidas, excluidas y dependientes de los hombres. Asimismo, las diferentes formas de desigualdad refuerzan los tradicionalismos de género, que fomentan en los hombres un sentido de posesividad sobre las mujeres, así como las masculinidades agresivas y autoritarias, frente a la ausencia de alternativas. Esto crea una fuerte tendencia para que las mujeres sean más fácilmente definidas como posesiones, trofeos, objetos de placer o mercancías, lo que abre mayores posibilidades para la explotación y la violencia.
Las diferentes formas de desigualdad refuerzan los tradicionalismos de género, que fomentan en los hombres un sentido de posesividad sobre las mujeres, así como las masculinidades agresivas y autoritarias, frente a la ausencia de alternativas. Foto: Shutterstock
El segundo elemento que ha sido identificado como propulsor de la violencia extrema es la presencia de redes criminales tomando el control de la organización social y hasta de la política. Este es un fenómeno al que Rita Segato llama la “mafialización de la sociedad.” En este caso, no es solo que las disputas entre bandas incrementan la violencia, sino que esas dinámicas también inciden en la construcción de prácticas y subjetividades donde la violencia se convierte en la norma. Los hombres se acostumbran a usar la violencia contra otros hombres y también contra las mujeres como la forma “natural” de resolver los conflictos. Empieza a prevalecer la ley del más brutal y desalmado.
Otro factor importante es el debilitamiento de las políticas de asistencia social y de la institucionalidad pública para prevenir y atender la violencia contra las mujeres. Esto construye condiciones de gran vulnerabilidad, coloca a las mujeres en situaciones sociales más riesgosas y las convierte en víctimas fáciles de los hombres violentos. El gobierno actual ha recortado todos los programas de asistencia social (becas estudiantiles, subsidios, red de cuido, etcétera), ha reducido el financiamiento de los mecanismos para prevenir y atender la violencia y los ha sustituido por los “Puntos Violeta”, cuya efectividad han sido ampliamente cuestionada por las personas expertas.
Finalmente, diversos estudios han establecido una relación entre el reforzamiento del autoritarismo promovido desde los gobiernos y la normalización de la violencia como parte de los discursos de los hombres en el poder. Esto crea un clima cultural que empodera a otros hombres y les justifica sus comportamientos violentos. Es decir, los hombres sienten que tienen hasta la venia presidencial para actuar con violencia. Así, la violencia se convierte en una forma validada, desde las más altas esferas, para reafirmar la masculinidad.
Todos los factores mencionados actúan sinérgicamente y construyen un contexto devastador en el que se naturaliza la violencia y se rompe el tabú de la crueldad.
Después del aumento desmedido de los femicidios y de todas las formas de violencia, lo más dramático son los comentarios en redes sociales culpando a las víctimas. Ese es un indicador de que está emergiendo una sociedad no solo más violenta, sino en la que la ley del más soez, el menos empático, el más vulgar y el más desalmado es la que prevalece.
Montserrat Sagot es profesora catedrática de la Escuela de Sociología de la Universidad de Costa Rica (UCR) e investigadora del Centro de Investigación en Estudios de la Mujer (CIEM) de la UCR
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