Velia Govaere. 5 febrero

El relato electoral nunca logró revestirse de sustancia. Amenazas inminentes se acumulan en el horizonte, pero a pocos interesan esos dramas. La ceguera colectiva ya forma parte del infortunio que nos acecha. El mercadeo político, siempre en busca de sensaciones inmediatas, escarbó votos de pasiones distractoras. Lo esencial quedó invisible ante un votante distraído por efervescencias y fanatismos.

Necesitamos un retorno a la cordura y no hay forma de hacerlo sin entender cómo llegamos a este trance. El caso del cemento chino alimentó un primer amenazante populismo, como si la corrupción encerrara todas las disyuntivas del presente. Grave e indignante, la corrupción, sin embargo, es solo una parte de la legión de nuestras disfuncionalidades. Pero ese flagelo, entre nuestros entuertos, logró monopolizar el discurso, escondiendo el camino estructural que nos acerca al abismo.

Y como todo lo que divide, la decisión de la Corte-IDH nos polarizó en las antípodas.

Escaso consuelo podría ser saber que la corrupción es elemento común que atañe a todos. El PAC nació de su denuncia, aunque, una vez en el gobierno, descubriera en su cabeza un enjambre de medusas. Por eso no podía beneficiarse de esa primera polarización nacional y no se atrevió a enarbolar, otra vez, esa bandera.

Opinión consultiva. Cayó, entonces, la bomba de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte-IDH). El 9 de enero, Costa Rica fue notificada de su opinión consultiva sobre identidad de género e igualdad y no discriminación a parejas del mismo sexo, por solicitud del gobierno de Luis Guillermo Solís, que intentó soslayar así un apropiado debate nacional sobre ese tema.

Desatinada cortina de humo en tiempos de crisis, que nos volvió a polarizar en una materia, si bien importante, secundaria frente a los grandes desafíos nacionales.

Y como todo lo que divide, la decisión de la Corte-IDH nos polarizó en las antípodas, que estaban, hasta ese momento, en niveles marginales de intención de voto. Fabricio Alvarado, que la condena, y Carlos Alvarado, que la defiende. Cuando las encuestas sorprendieron con el ascenso de estos contrarios, Álvarez Desanti quiso subirse al vagón. Quedó, más bien, bajo los rieles. Ese París no le valió la misa.

La crisis. Tras la primera ronda, Costa Rica presenta una verdadera crisis. El sobrecogedor dilema electoral, con el que amanecimos, es elemento perturbador de evaluación negativa de Costa Rica como riesgo de inversión internacional.

No es poca cosa: un país endeudado hasta la coronilla, con menores pronósticos de crecimiento y mayores aún de agravamiento crediticio, tiene que enfrentar sin fuerzas sus desafíos más perentorios. De no hacerlo, los intereses subirán, la moneda perderá valor, la inversión social padecerá y los mercados internacionales terminarán de imponernos por las malas lo que no fuimos capaces de hacer por las buenas.

Si llegamos ahí, y no nos falta mucho, las carreteras que no pudimos construir por inútiles, no las haremos por falta de fondos. La baja calidad educativa que no pudimos remediar con inversión, menos podremos sin ella. Las bajas capacidades de nuestro sector productivo, que no supimos estimular con incentivos fiscales, tendrán más abandono con un Estado postrado ante la banca internacional. Las tarifas eléctricas, factor de competitividad nacional, solo podrán subir más aún y, entre las soluciones de la crisis, pido perdón por aludir a un tema tan delicado, siempre se tocan las pensiones y no para bien. Ni qué decir de la inversión extranjera que apenas nos sostiene, si caemos en insolvencia.

De este trance podemos salir airosos, pero ningún partido lo puede hacer por sí solo.

Estamos tocando fondo. ¿Podremos convertir esta crisis en oportunidad? Los resultados legislativos apuntan a la formación de grandes bloques que podrían facilitar consensos con respaldo de diputados a un gobierno producto de un acuerdo multipartidario. Así, sí podemos polarizarnos, de nuevo, pero de forma pertinente, entre lo esencial y lo superfluo; entre lo decisivo y lo ideológico; entre lo perentorio y lo accidental.

De este trance podemos salir airosos, pero ningún partido lo puede hacer por sí solo. Es hora de otra polarización, la de la unidad contra la división, sorteando el secuestro de sindicatos y grupos de interés, estructuralmente anclados como disparadores del gasto público.

El mercadeo seguirá buscando entusiasmos fáciles y frases pegajosas, pero huecas. Nuestra verdad, por otra parte, será difícil convertirla en una gran pasión. En el minuto más grave de polarización aleatoria, nuestra dosis dolorosa de realidad reclama raíces fundacionales de esperanza. Ese es el reto: que la sensatez de nuestros problemas reales prevalezca sobre la retórica vacía.

Pero el interés aleatorio de la población de los polos olvidados en la periferia es el impacto que ahora sufrimos por un modelo de desarrollo desigual e inacabado. Ahí, todas las brechas culturales, educativas y sociales estallaron con la desconfianza frente a discursos desarrollistas que les son ajenos en sus impactos locales. ¿Cómo revertir en dos meses esa grieta y reclamar atención a una problemática económica que les resulta cansina?

Unidad nacional. Hoy no estamos de fiesta. De ser parte de la solución, las elecciones pasaron a ser parte del problema. Pareceríamos estar condenados a cazar votos cultivando irrelevancias. No lo estamos. Existe todavía una pasión posible: la unidad nacional. El sentido de pertenencia a una cruzada unitaria solo es posible si, desde tiendas partidarias de ideologías diversas, surge un ímpetu de amor a Costa Rica, por encima de las diferencias.

El nuevo relato electoral debería estar centrado en la unidad nacional reflejada por la oferta de equipos de gobierno inclusivos y multipartidarios. Equipos creíbles y con experiencia, que respondan al qué y al cómo y al “no más de lo mismo”, en todos los temas urgentes, comenzando por los elementos estructurales de la deuda pública.

Sobre equipos y propuestas es que debe poder pronunciarse el país, no sobre retórica. El gran reto del relato electoral de la segunda ronda es romper la invisibilidad de lo pertinente.

vgovaere@gmail.com

La autora es catedrática de la UNED.