Columnistas

La desolación de los migrantes

La miseria económica suele ser una estadística, pero para quien la vive es parte de su identidad

Cuenta el filósofo italiano Primo Levi que estando en un campo de concentración, rebajado a la condición de «intocable» para los civiles a su alrededor, conoció a Lorenzo, un joven obrero que le regaló una vieja camiseta, le llevó pan todos los días durante seis meses, le escribió una carta —que Levi le dictó— y le trajo la respuesta, sin pedir ni esperar nada a cambio, pese a que se arriesgaba a ser castigado.

Sin establecer punto de comparación entre las atrocidades que algunos seres humanos son capaces de causar a otros, algo tenemos en común, y es que en los pasajes más terribles de nuestras vidas, producto de condiciones fuera de nuestro control, como la enfermedad, el abandono o la carencia económica más extrema (situaciones que muchas veces vienen juntas), una persona que nos mire buenamente y nos tienda una mano es una salida a la diferencia.

Cuando ocurre la migración forzada debida a la pobreza extrema, a la violencia política o delincuencial o a la violación de los derechos humanos, las personas bondadosas son lo único con lo que cuentan quienes solo suman desventura tras desventura a sus existencias.

Sobrevivir a diferentes tipos de violencia en los países de origen es, en casi la totalidad de las ocasiones, mantener la vida pese al hambre. Ser pobre es no tener dinero, y también tener el cuerpo triste y una vida desesperada, objeto de constante humillación. En nuestras sociedades, de cierta forma, ser pobre es no valer nada.

La pobreza es una orfandad, y la orfandad, un desamor y una desolación aniquilantes: «¡Me conocen por trabajadora! Pero yo ahora no puedo decir que voy a trabajar por motivo de que a mí se me abrió una pierna, y apenas estoy... vea cómo, apenas, apenas viviendo. Diay, ¿que qué puedo pensar yo? Que diay, que diay, que si sigue así, diay, tenemos que morirnos de... hambre, ¡diay, es que no! ¡Cómo va a ser!», me dijo, descorazonada, doña Ángela, una mujer de 85 años edad que entrevisté hace unos años en una zona rural del país, acerca de su pobreza, que la rodeaba y se le metía por dentro, estrujándola.

La miseria económica suele ser una estadística, pero para quien la vive es parte de su identidad. Por eso, no se está, sino que se es pobre. La pobreza y el sufrimiento extremos son apenas separables y provienen, diciéndolo con una excesiva generalidad, de la manera como nos hemos construido como humanidad.

Las causas de que millones de personas en el mundo sufran la escasez más atroz no radica ni en la vagabundería ni en el desperdicio de dinero, como suele pensarse para vaciar la mala conciencia a cambio de marcarlas moralmente: la persona pobre sería también una persona mala.

La penuria material no es la fotografía de un puño de gente; es como doña Ángela, quien además era analfabeta, anciana, estaba enferma y sola. Es como cada migrante que se aferra a nuestra frontera desde hace ya tiempo: de Yemen, Haití, Venezuela, Bangladés, Angola, Birmania (Myanmar), Camerún, Costa de Marfil, Cuba, Sierra Leona, Eritrea, Ghana, Mali, Nepal, Pakistán, República Dominicana, Senegal, Sri Lanka… Mujeres niñas y adultas, hombres ancianos y bebés, que intentan en este mismo instante entrar por Paso Canoas, camino a Estados Unidos, para ser devueltos, para volver a entrar, para ser devueltos otra vez.

Estas personas, a las cuales se les suspendieron sus derechos en sus países de origen, llegan y se topan con otra suspensión a causa del coronavirus: el estallido del puente humanitario que solía activarse, al menos un poco, antes de la pandemia.

Pero además, niñas, adultas y ancianas son violadas en el camino, como recordatorio de que los crímenes sexuales contra ellas no aceptan fronteras ni necesitan estatus migratorio, y que la violencia sexual contra las mujeres es uno de los insoportables universales que nos signa como cultura universal.

Toda esa gente, cuando llega a Costa Rica, trae la piel enferma de sol, sed e insectos, y carga una profunda tristeza, como hemos leído en varios reportajes.

Su camino para huir de la desesperación solo estaría colmado de más tragedias si no fuera por la clase de gente a la que debemos aferrarnos, los Lorenzos: el haitiano que tiene poca comida, pero la comparte con quien no tiene ninguna, la vecina de la frontera que da un poco de su escaso dinero, el personal de la CCSS, de la OIM y de varias ONG que les ofrecen cobijo.

Escribe Primo Levi que Lorenzo es lo único que explica que él siguiera con vida después de haber pasado por el horror total de un campo de exterminio: «No tanto por su ayuda material como por haberme recordado constantemente con su presencia, con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo fuera del nuestro, algo y alguien todavía puro y entero, no corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo; algo difícilmente definible, una remota posibilidad de bondad».

Si contemplamos con desidia el desgarro de quienes migran a golpe, terminaremos como una sociedad en la cual, como nadie hace nada contra el daño, nadie tiene mal de conciencia, y lo que debiera ser abominable se vuelve conciencia «respetable», en palabras de Hannah Arendt.

No seamos personas con conciencias respetables, esforcémonos por ser como Lorenzo.

isabelgamboabarboza@gmail.com

La autora es catedrática de la UCR.

Isabel  Gamboa Barboza

Isabel Gamboa Barboza

Doctora en estudios culturales y sociales, dedicada a la docencia universitaria y a la investigación del sufrimiento y el vínculo social, las desigualdades entre mujeres y hombres y los discursos culturales acerca de la pobreza, la salud, la enfermedad y el poder, entre otros.