
La historia sobre el nacimiento del periodismo incluye, en el Medioevo, a los juglares, quienes iban de corte en corte relatando hechos heroicos y eran fundamentales para conocer lo acontecido en otros pueblos. Algunos poseían habilidades para desempeñarse como saltimbanquis, cantaban, recitaban y hasta tocaban instrumentos musicales; otros eran críticos de instituciones y personas, tanto que en 1395, en Francia, se les prohibió hablar del papa, del rey y de algunos “señores”, de acuerdo con el historiador, filólogo y medievalista español Ramón Menéndez Pidal en Poesía juglaresca y juglares.
Dentro de ese grupo, sin embargo, varios juglares llegaron a desempeñarse como “publicistas”, para uso y conveniencia de quienes les pagaban por ello. Dice Menéndez que ganaban estima también por influir en la opinión pública. “Había juglares que alquilaban sus alabanzas y administraban los encomios y los ultrajes”, relata Menéndez.
Era una época de analfabetismo casi total. De ahí la razón por la cual la información verdadera, la no contaminada por la falsedad de los juglares vendidos, llegó a cobrar valor para los inteligentes. Para el pobre pueblo (como hoy), ignorante no por gusto, sino debido a sus circunstancias de cuna (apuntaladas convenientemente por reyes, monarcas o emperadores), quedaban el mito, los dogmas, las creencias, la manipulación, etc.
Información en pocas manos
Las familias alemanas Fugger y Welser amasaron grandes fortunas a fuerza de obtener información (como Google, Twitter o Facebook hoy). Si los Fugger y Welser se hubieran basado en los juglares vendidos, la historia no los consideraría los primeros capitalistas, no habrían ganado ni un quinto.
Los Fugger tenían una red de corresponsales que les informaban de actividades políticas, guerreras, económicas... todo lo sabían, y esa fue la fuente para obtener hasta un 500 % de ganancia anual. En Wikipedia hay un árbol genealógico muy interesante, comienza en 1367 con el primer Fugger y termina a mediados del siglo XX. Se dedicaban a la industria textil, a la minería, al comercio inmobiliario y a una larga lista de empresas. A uno de ellos, a Jacobo, le decían el Rico.
Pero los Fugger y muchos como ellos tenían una debilidad. Lo cuenta Carlos Alvear Acevedo en el libro Breve historia del periodismo: “Dependían por entero de la sagacidad de los cabezas de familia, y como los genios no se heredan, se desmoronaban por lo general en la tercera generación después de su fundación”.
El periodismo, por tanto, nació para que la información antes explotada por gente como los Fugger llegara a oídos del común, para darles oportunidad de formarse un juicio sobre información de interés público, por ejemplo, acerca del mal uso de los impuestos, la burocracia, la corrupción, el nepotismo, etc.
Intereses particulares
El juglar vendido, en este momento, estaría interesado en “influir en la opinión pública” para favorecer a su jefe. No estaría centrado en saber si el Banco de Costa Rica se pretende vender con total transparencia o por qué la revisión técnica se entregó de una forma y luego el contrato fue cambiado. Tampoco si hubo estructuras paralelas durante la campaña electoral o si alguien fue sancionado por acoso sexual. Tampoco en que el espectro radioeléctrico sea liberado para bienestar de la totalidad de los costarricenses, ni en los malos negocios del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) o aumentos salariales en la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) o en el Instituto Nacional de Seguros (INS), ni en determinar si los impuestos pagados por ciudadanos de la Unión Europea se gastan en viajes de alcaldes, secretarias y contadores en Costa Rica.
El juglar vendido lo negaría todo y haría espectáculos públicos, como saltimbanqui, para desviar la atención debido a los intereses que representa.
Perseguidos por informar
Por eso en Nicaragua, El Salvador, China, Rusia y Turquía los medios son oficiales, no existe el periodismo independiente. Algo bueno hemos hecho los verdaderos periodistas para ser perseguidos. Algo bueno hacemos los medios independientes para ganarnos la persecución de los gobiernos. Si fuéramos como los “juglares vendidos”, los troles no harían falta.
Enhorabuena que uno de los tantos troles se quitó la máscara, allá él con su conciencia. Estamos asistiendo al conocimiento de la verdad, de la trama urdida por gente sin escrúpulos, incluidos juglares vendidos que llegan a la cima del poder.
gmora@nacion.com
La autora es editora de Opinión de La Nación.
