La afirmación a que me refiero tiene dos partes. Primera: “Asumo el mandato con determinación, con conocimiento y con sensibilidad; con el arrojo de ser una hija de la clase media de Costa Rica, donde el esfuerzo no es un discurso; es un requisito para superarse”.
Segunda: “Yo no vengo de apellidos esculpidos en las vitrinas del poder; vengo de un país que da oportunidades. Y soy la prueba fiel de que esas oportunidades se conquistan solo trabajando”. Nótese el presente utilizado.
Es notorio cuánto contradicen esos conceptos –los más personales de su discurso– las insistentes y confusas críticas contra una “segunda república” supuestamente perversa, y el anuncio de una “tercera” con tintes redentores. A ello se refirió Fernández al hablar de “un pasado que nos falló”, con el que “el pueblo” decidió romper. Sin duda, evidencias de fallo abundan, pero concretas y enmendables dentro del orden republicano actual. Y debemos añadir que ese “pasado” ya incluye el cuatrienio que concluyó el 8 de mayo, cuando los retrocesos se aceleraron.
Ahora, el gran reto, que trasciende la retórica, es cómo revertir la involución, para mejorar en educación, salud, seguridad, equidad, empleo formal, ambiente y desarrollo regional. Es decir, cómo potenciar las oportunidades generadas por la “segunda república” y sus instituciones –las mismas de las que la presidenta dijo ser “prueba”– para que, en lugar de caminar en reversa, avancemos en desarrollo humano integral, del que la democracia es parte.
Fernández llamó a ejercer “la madurez para reconocer lo que está bien” y “el valor y la determinación para corregir lo que está mal”. Cómo equilibrar, sin atropellos ni divisiones inducidas, ese “debe” y “haber” de nuestro Estado social de derecho, es otro reto crucial para su gobierno, la oposición y la sociedad en su conjunto.
Porque, en última instancia, lo que está de por medio es el bienestar de todos.
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.