Se tomaron su tiempo, pero altos funcionarios de la Reserva Federal de los Estados Unidos por fin han reconocido que llevan meses malinterpretando un alza de la inflación que resultó más grande y persistente de lo previsto.
Es una admisión bienvenida, sobre todo, porque es probable que durante los próximos meses subsistan niveles de inflación más elevados de lo deseable.
El desafío ahora, no solo para la Fed, sino para Estados Unidos y otras grandes economías en general, es cómo navegar las complejidades para la comunicación y ejecución de políticas que surgen como resultado del error fundamental de haber considerado que la inflación era “transitoria”.
Esa interpretación era comprensible a principios de este año. Entre marzo y mayo, en particular, había fuertes efectos de base en acción, porque durante el año anterior las medidas de cierre de la economía global tomadas en respuesta a la covid‑19 habían mantenido la inflación reprimida. Además, las autoridades esperaban que los mercados resolvieran en poco tiempo el desfase inicial entre una demanda robusta y una oferta que aún no acompañaba la apertura de la economía.
Pero a mediados del año, a algunos ya nos resultaba evidente que junto con esos factores temporales había otros problemas más permanentes.
Las empresas hablaban de interrupciones persistentes en las cadenas de suministro. Las escaseces de mano de obra se multiplicaban, y contribuían a la inflación de costos. Pocas empresas anticipaban una solución pronta a ambos problemas, y así lo manifestaban en sucesivos informes de resultados.
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En vez de revisar su pronóstico inicial de inflación a la luz de los datos, la Fed redobló la apuesta. El significado del término “transitorio” pasó de ser “algunos meses” a “algunos trimestres”, y hubo incluso funcionarios y comentaristas que adoptaron conceptos como “transitorio extendido”, “transitorio persistente” y “transitorio en etapas”, perdiendo de vista, al hacerlo, el análisis de los fenómenos transitorios.
En general, se considera transitorio aquello que es limitado en el tiempo y fácilmente reversible. En respuesta, los agentes económicos (consumidores, productores o asalariados) no ven motivos para modificar conductas, pues piensan “más allá” del fenómeno.
Sin embargo, terminando el verano en Estados Unidos se volvió evidente que en los hechos la conducta de los agentes estaba cambiando, principalmente, al continuar la inflación su ascenso sostenido (hasta el 6,2 % para el índice general de precios al consumidor de octubre y un 4,1 % para el incremento de precios de bienes y servicios de consumo personal, el indicador preferido de la Fed).
Pero como en las trampas conductuales clásicas, la Fed siguió atada a un concepto de transitoriedad, y su presidente, Jerome Powell, insistió otra vez en la última semana de noviembre en que la “inflación se reducirá considerablemente durante el año entrante”.
Muchos señalan, con razón, que la Fed no tiene herramientas para destrabar las cadenas de suministro o aumentar la participación en la fuerza laboral; no obstante, si hubiera mantenido durante más tiempo la idea de transitoriedad, corría el riesgo de desatar otro factor de futuros aumentos de precios: expectativas de inflación descontroladas.
Y eso no implicaba los dos dígitos de los setenta, sino niveles sostenidos muy superiores a lo que la economía y los mercados financieros están preparados para tolerar.
Cuanto más tarde la Fed en dar una respuesta adecuada a los fenómenos inflacionarios, mayor será el riesgo de que —por tener que pisar el freno a fondo— termine generando la pauta de inflación transitoria a la que por desgracia apostó parte de su credibilidad.
Tener la razón de este modo implica riesgo de recesión grave en la economía estadounidense, volatilidad en los mercados y efectos derrame desestabilizadores en la economía mundial.
Para los historiadores de la economía, la pauta es conocida. La Fed se da cuenta de que está corriendo a la inflación desde atrás y se apresura a endurecer la política monetaria; eso repercute en la demanda y deja en el aire a empresas que pensaban subir los precios y mantenerlos altos.
Muchos trabajadores se quedan sin empleo y la mano de obra pierde poder de negociación. Y los mercados experimentan episodios de iliquidez desestabilizadores que amenazan trasladarse a una economía que ya está en problemas.
Este escenario de riesgo es particularmente preocupante para algunos segmentos de la población más vulnerables. Tras enfrentar aumentos de precios que hicieron mella en sus presupuestos, ahora también corren riesgo de desempleo, con la pérdida de ingresos que trae aparejada. Al daño innecesario al bienestar económico se suman efectos sociopolíticos e institucionales negativos.
Por eso, es alentador que el último día de noviembre, en un vuelco radical, Powell haya declarado que es hora de “retirar” la idea de que la inflación es transitoria.
Ahora la Fed tiene que ponerlo en práctica, haciendo dos cosas lo antes posible. En primer lugar, como parte de un intento urgente de recuperar la credibilidad, que es esencial para mantener la independencia operativa y el buen funcionamiento de la orientación respecto de medidas futuras (forward guidance), debe explicar al público por qué se equivocó en su anterior análisis de la inflación y qué está haciendo para evitar errores similares en el futuro.
En segundo lugar, la reducción de las compras mensuales de activos tiene que ser mucho más rápida. Soltar el acelerador de una política de estímulo que básicamente sigue a toda máquina ayudará a reducir el riesgo de que a mediados del 2022 la Fed tenga que pisar el freno a fondo y de cualquier manera.
Mohamed A. El-Erian, presidente del Queens’ College en la Universidad de Cambridge, es profesor en la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania.
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