Manducar, de prosapia latina, es sinónimo de comer, lo mismo que jamar, nada latino y tomado por muchos como un regionalismo de mal gusto. De modo que tanto manduca como jama significan comida y, mientras que en la primera se nota una alusión al poder demoledor de las mandíbulas, en jama se percibe más bien la textura acústica del acto de ingurgitar alimentos ya molidos o triturados. Hace algunos años almorcé en Escazú, junto a un grupo de amigos, en un restorán cuyo nombre, en una lengua aborigen de Perú, era Karamaduka, lo que al oído de los hispanohablantes sugería la idea de “costosa alimentación” (cara manduca). Le hice la observación al administrador del establecimiento, más en son de broma que con la esperanza de que cambiara el nombre del sitio o bien abaratara la manduca hasta hacerla menos cara que la de los restoranes italianos de la localidad. Supongo que, aunque solo sea por la diferencia de altitud, no es lo mismo comer en Cartago que hacerlo en Escazú, pero también es probable que en un lugar la manduca salga más cara que en el otro y eso nos lleve a pensar que el escándalo pudo haber sido menor si las autoridades públicas que participaron en un almuerzo de gran dispendio y mayor fama lo hubieran escenificado allende Ochomogo.
Curiosamente, el tema de la manduca cara me hizo recordar, de mis lecturas juveniles, a un escritor italiano –¿Giovanni Papini?– para quien comer, jamar o manducar es obsceno porque, según él, consiste en “ingurgitar fragmentos de cadáveres de animales y vegetales”, razón por la cual un ser civilizado no debe alimentarse a la vista de otras personas, mucho menos en lugares tan concurridos como restoranes, fiestas de palacio o, agregamos, reuniones de jerarcas. Propone el autor que en una sociedad refinada el acto de comer lo debería llevar a cabo cada persona dentro de un cubículo vedado a las miradas ajenas, similar a los que se utilizan normalmente para efectuar las deposiciones naturales. Esto significa que las ingurgitaciones colectivas que hoy llamamos desayunos, almuerzos y cenas pasarían a ser tan censurables como el desenfreno de las bacanales.
Con todo, aun si en este mal gobernado planeta se impusiera tal régimen de pudibundería gastronómica, ello no sería suficiente para garantizar a todo el mundo el derecho a disfrutar de tres obscenidades gustativas diarias. Millones de personas continuarían manducando o jamando con tan poca frecuencia que más les valdría hacerlo en cubículos de paso que recibirían los nombres de manducatorios, jamatecas, taxicomedores o, como preferiría la masa, feeding closets .