La vida, que ha sido cicatera conmigo en materia de mujeres y compañeras —y lo resiento— me ha compensado con muchos y buenos amigos. De eso tengo absoluta certeza. Aún más: nunca he conocido a una persona que tenga tantos amigos como yo. Cuando me dicen que “los buenos amigos se cuentan con los dedos de una mano y quedan cuatro sobrando”, me doy cuenta de lo afortunado que he sido. Vivir sin amigos es vivir sin testigos, sin nadie que jamás certifique nuestro paso por el mundo. He pensado mucho al respecto. He aquí mis conclusiones.
Dicen que los buenos amigos se prueban en las malas. Falso. Los amigos se prueban en las malas tanto como en las buenas. Hay amigos que corren a tendernos la mano generosa cuando estamos en apuros, pero se tornan verduzcos y torvos cuando nos ponemos de pie y los superamos en estatura. Esos no sirven.
Para ser un buen amigo no son necesarios los grandes gestos épicos y salvadores. Basta con no ser secretamente envidioso.
El amigo es aquel que se compadece, pero en el sentido etimológico de la palabra: com-padecer, esto es, padecer-con. Así concebida, la compasión es saludable y necesaria para generar todo gesto solidario con el dolor del amigo. Un concepto que he reiterado mil veces, y que para mí reviste cardinal importancia.
Imaginación. La compasión es inconcebible sin la imaginación. De hecho, es el resultado de lo que Bergson llamaba “empatía imaginativa” (empátheia): la capacidad de vibrar al unísono con el otro, de transmigrar momentáneamente a su cuerpo y su alma —o, para decirlo vulgarmente, de ponerse “en su pellejo”—, de ver el mundo desde su óptica, de comprender su dolor asociándose a él, que la disociación —lo propio de los cobardes— no establecería más que distancia.
Y esta capacidad de identificación cordial es, esencialmente, una función de la imaginación. En el ámbito de las ciencias de la conducta, el primer autor que utilizó un término similar a “empatía” fue el psicólogo alemán Theodor Lipps, quien introdujo la palabra einfühlung para referirse a “la posibilidad del conocimiento interpersonal”.
El vocablo griego empátheia significa pasión (de pathos: sentimiento). Así pues, la empatía es la facultad de “sentir con el otro”. Condición de posibilidad de toda comunicación entre los seres humanos. El amigo debe ser empático, más que simpático, en la acepción corriente del término, con nosotros. Aún más: puede resultarnos antipático, y a pesar de ello ser capaz de vibrar “por empatía”: lo que hacen las cuerdas de los pianos sin necesidad de ser percutidas, bajo ciertas circunstancias acústicas.
El amigo es presencia efectiva, engagement. Si la amistad no es compromiso ético con el otro, entonces no es nada. Toda amistad es beligerante.
Protección. Los amigos son como una guardia pretoriana: están ahí para protegernos de nuestros enemigos… y de nosotros mismos.
La amistad es un proceso esencialmente pedagógico: cada amigo es profesor al tiempo que alumno del otro.
Las afinidades intelectuales no bastan para explicar ni generar la amistad, porque esta proviene de estratos mucho más hondos del alma. Gentes las hay cuya ideología comparto en todo punto y a las cuales detesto, y otras con las que no estoy de acuerdo en nada y, sin embargo, quiero entrañablemente.
Las matráfulas de los enemigos son naturales y previsibles. Están “en el orden de las cosas”. Solo el amigo puede realmente traicionar. Cuanto más cerca esté de nuestro corazón, más hondo será el dolor de la traición y más grave el peso ético de su acto.
La amistad es una elección. Libre, espontánea. También lo es la enemistad, por cierto. Hay gente que se pasa la vida tratando de ser enemiga nuestra, pero que simplemente no califica para serlo. No tiene los atestados para ello. Cada uno de nosotros se reserva el derecho de escoger a sus enemigos. No cualquier pelele puede tener el honor de serlo.
El amigo es un aliado de nuestros sueños, nuestros afanes, nuestra vida. Atención: aliado no significa muleta, socorrista o salvavidas a tiempo completo.
Hay un momento a partir del cual el consuelo sistemático del amigo comienza a ser nocivo. La amistad es lo contrario de la dependencia.
Un amigo es aquel que nos hace sentir más plenos, más serenos, más a gusto con nosotros mismos. Para esto no hacen falta las palabras. Basta a veces con el elocuente silencio de la presencia.
Incondicionalidad. Contrariamente a lo que suele decirse, la amistad no es incondicional —no debe serlo—. Cuando un amigo está autodestruyéndose o destruyendo a terceros, el compañero debe condicionar su amistad al cese del proceso. De lo contrario, no es un amigo: es un cómplice.
Como toda forma de amor, la amistad no es un estado de cosas, sino un proceso en permanente construcción. No es el puerto, es la travesía del Yo al Tú esencial. Ir llegando, no desembarcar jamás. La amistad no se mantiene by default: ¡hay que trabajar en ella: pastorearla, irrigarla, limpiarla de las malas hierbas y los abrojos!
El amigo asume responsabilidad por el otro. Como diría Lévinas, es responsable aun de la irresponsabilidad de su compañero. Carga al parecer abrumadora, ¿no es cierto? Pero en esto consiste precisamente la amistad que he llamado militante, intervencionista, proactiva. La irresponsabilidad de uno de los dos amigos delata la irresponsabilidad o la displicencia amistosa del otro.
Para la amistad existe solo una palabra: amigo. Ni camarada, ni compañero, ni correligionario, ni compinche, ni cofrade, ni cuate, ni buddy, ni copain, ni pote, ni nada.
Como toda relación humana, la amistad puede patologizarse. Siendo común la dolencia, ha de serlo también la sanación.
El tender una mano amiga no debe nunca generar una estructura vertical de poder. Una cosa es ayudar al amigo a levantarse, otra muy diferente recordárselo constantemente. No se ayuda “de arriba abajo”, se ayuda desde un punto de equilibrio, de homeostasis, llamado amor.
Hay instancias en que el deber de un amigo consiste en dejar al otro equivocarse. Aun los errores merecen respeto. Un amigo puede hacer de brújula, pero no de predicador o de gendarme moral las veinticuatro horas del día.
A la traición la engendra la deslealtad, la alimenta la inseguridad y la destruirá la justicia.
Ahí van quedando muchos amigos, rezagados a la vera del camino de la vida. Y, luego, están los otros, los que nos acompañan hasta la estación postrera. Su último acto de amor: bajarnos los párpados. Su última conversación: una íntima plegaria.
Jacques Sagot es pianista y escritor.