
Los tribunales, incluida la Corte Suprema de Justicia, han rechazado más de 60 demandas interpuestas por la campaña y aliados del presidente Trump para acreditar irregularidades en los comicios de noviembre. En ningún caso hay prueba de anomalías significativas y en varios la elección fue presidida por funcionarios republicanos, como sucedió en Georgia.
Buena parte de las demandas declaradas sin lugar fueron resueltas por jueces conservadores, muchos nombrados a instancia de Trump, quien no desperdició oportunidad para promover la designación de jueces afines a su ideología. Los fracasos en la Corte Suprema de Justicia, donde la mayoría conservadora es de seis a tres y la mitad de sus integrantes fueron postulados por el mandatario, son especialmente reveladores de la sinrazón de las demandas y la independencia de los magistrados.
Los abogados del mandatario se han constituido en el hazmerreír de su gremio y sus «testigos» dan pie a todo tipo de burlas. Los propios jueces se han visto obligados a explicarles aspectos elementales del proceso electoral y un video muy difundido en Internet muestra a Rudy Giuliani, abogado del presidente, desesperado por frenar la incontenible cascada de sandeces de una testigo «estelar».

Pero nada alcanza a contrarrestar el peso de las teorías de la conspiración y las mentiras de las redes sociales. A la turba que asaltó el Capitolio en Washington le falta educación, inteligencia y decencia, entre muchas otras cosas, pero no sinceridad. Eso es lo más aterrador. Marcharon sobre la sede legislativa convencidos del «robo» electoral y muchos están igualmente seguros de la existencia de un círculo de pedófilos infiltrados en el aparato estatal contra quienes Trump libra una batalla tan heroica como secreta.

No escuchan razones y ese fue uno de los argumentos esgrimidos en el Senado contra la pretensión de nombrar un comité para revisar el impoluto proceso electoral. Fue Lindsey Graham, figura emblemática del Partido Republicano y estrecho aliado de Trump, quien lo invocó para explicar su oposición a la propuesta.
En el incidente hay lecciones para el mundo entero. La razón está devaluada y la sinrazón puede llevar a un intento de golpe de Estado en la república democrática más antigua del planeta. Internet desata odios irrefrenables, exacerba agravios reales o imaginarios y se coaliga con quienes se creen agraviados. El antídoto no está a la mano. Tampoco disponemos de mucho tiempo para encontrarlo.
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